Tara Aghdashloo, escritora y directora iraní, lleva despierta desde las 3:45 de la madrugada cuando hablamos. Para ella no es algo inusual: dormir se volvió cada vez más difícil desde que estallaron protestas masivas en todo Irán, como respuesta al colapso económico y a lo que muchos consideran un régimen profundamente represivo.
Está conectada todo el tiempo, recibiendo mensajes a cualquier hora y expuesta a múltiples fuentes de noticias. El descanso llega en fragmentos. Activista y ex periodista, comparte actualizaciones sobre la escalada de protestas y la represión del régimen contra los manifestantes, intenta responder a la mayor cantidad de personas posible y después trata —muchas veces sin éxito— de descansar.
Cuando hablamos, cerca del mediodía, Tara lleva despierta más de siete horas. Ya recibió el mensaje de una amiga que le cuenta que su prima —o tal vez una amiga de una amiga, los detalles se confunden cuando un trauma se superpone con otro— habría sido golpeada hasta la muerte junto a un hermano en Isfahán, frente a su madre. Isfahán, una ciudad histórica tan rica en belleza y cultura que fue apodada “la mitad del mundo”, contrasta de manera brutal con la violencia que hoy atraviesa sus calles. Está a casi 5.000 kilómetros de Londres, donde Tara vive desde hace años, pero como a muchos iraníes, la distancia entre su hogar actual y su tierra natal se le vuelve irrelevante.

Los teléfonos de los iraníes se transformaron en canales de duelo, indignación, miedo y esperanza.
“Lo que está pasando en Irán me afecta profundamente en mi vida cotidiana”, dice *Yasmin, una ejecutiva de PR británico-iraní de veintipico de años que vive en Londres y usa un seudónimo por temor a represalias. “Siento una conexión emocional irrompible con el país”.
Como Tara y Yasmin, Mouna Esmaeilzadeh, médica y emprendedora iraní que hoy vive en Suecia, también carga con el peso constante e incesante del miedo digital. Cada notificación, mensaje o alerta de noticias trae consigo tanto la esperanza de una conexión —la confirmación tan esperada de que sus seres queridos están a salvo— como el temor a lo peor. Una vez más, los teléfonos de los iraníes funcionan como conductos de dolor, rabia, miedo y esperanza.
“Vivimos en un estado permanente de latigazo emocional, como en una montaña rusa que va de la esperanza a la desesperación”, agrega Mouna. Como neurocientífica, es plenamente consciente de que su cerebro —al igual que el de millones de personas más (las estimaciones actuales sitúan a la diáspora iraní entre 4 y 5 millones)— está funcionando al límite. En condiciones normales, limitaría su exposición a las redes sociales, pero estos no son tiempos normales. Dice que siente la obligación de mirar y compartir las realidades brutales que se desarrollan frente a sus ojos.

Mouna Esmaeilzadeh nació en Irán en 1980 y huyó a Suecia a los tres años, apenas sobreviviendo al dramático viaje como refugiada.
“Cada vez que abro una red social me encuentro con imágenes y videos que llegan desde Irán. Nunca intentaría separarlo de mí: es parte de mi identidad. Cuando sé que la gente allá está sufriendo, a mí también me duele”, explica *Roxana, una creativa de 39 años que vive en Austria.
Arghavan Salles, cirujana, profesora de Stanford y una de las principales referentes en la defensa de la equidad de género y la diversidad, también convive a diario con una enorme culpa. “Ver videos de médicos pidiendo ayuda, diciendo que necesitan más especialistas, me genera ganas de ir inmediatamente. Pero por el activismo que hice en el pasado —en particular por el movimiento Mujer, Vida, Libertad que comenzó en 2022—, probablemente sería encarcelada apenas llegue”.
Tara, que se mudó a Canadá con su familia a principios de los 2000 —aunque la mayoría de ellos sigue en Irán—, también vive en el exilio. No ve a su abuela desde 2022 y no tuvo contacto con su mamá desde hace más de una semana debido a los apagones de comunicación. Intenta consolarse recordando que, durante la guerra de los 12 días, cuando hablaba con su familia, siempre estaban juntos armando un rompecabezas. “La gente en Irán es muy fuerte”, me dice. Es una idea que escuché repetirse muchas veces, de distintas formas, pero con el mismo mensaje: somos un pueblo resiliente —amoroso, con humor y sentido de comunidad— incluso cuando la vigilancia y la opresión intentan separarnos. La esperanza de Tara de que su familia esté “haciendo cosas lindas juntas para acompañarse” trae un pequeño alivio.

Otra fuente —que prefirió no dar su nombre— pudo hablar con su madre por primera vez desde el apagón gracias a un desconocido en internet, cuyo familiar en Irán todavía tenía acceso a la red. “De teléfono a teléfono, hablamos y escuché su voz. Yo lloraba sin querer que se diera cuenta, y ella trataba de decirme que estaba todo bien”.
Para la diáspora iraní, el miedo y la incertidumbre se ven agravados por la represión digital que ocurre dentro del país. Como explica Bahar Ghandehari, directora de Incidencia del Center for Human Rights in Iran, “para muchos iraníes, especialmente los jóvenes que crecieron en la era digital, los espacios online son un medio central de expresión personal y de conexión con el mundo exterior, donde conocen libertades y derechos que les son negados en su propio país”. Sin embargo, esos mismos espacios están fuertemente vigilados: mujeres que cantan, bailan o comparten contenido sin el hiyab obligatorio, y ciudadanos comunes que critican al Estado en redes sociales, corren riesgo de ser arrestados, multados o de que sus cuentas sean cerradas.
Ghandehari advierte además que las autoridades implementaron una “internet nacional” que aísla a Irán de la web global, mientras que la vigilancia basada en inteligencia artificial y el reconocimiento facial se usan cada vez más para identificar manifestantes. Para las mujeres de la diáspora, estos apagones y represiones digitales generan una incertidumbre constante y asfixiante. Cada llamada o mensaje interrumpido recuerda la vulnerabilidad de sus seres queridos y los límites de la libertad de los que no pueden escapar.
Incluso fuera de Irán, las presiones no cesan. Muchas mujeres británico-iraníes cuentan que se sienten obligadas a autocensurarse, cuestionando lo que publican, comparten o incluso a lo que le dan “me gusta”. “La seguridad siempre es un factor”, dice *Yasmin, que tiene su Instagram en privado y suele “limpiar” su cuenta para eliminar perfiles desconocidos, “por si están vinculados al régimen”. Aun así, asegura que no puede quedarse callada. “Hay un verso del poeta persa Saadi que hoy se siente especialmente vigente. En inglés se traduce así: ‘Si no tenés compasión por el dolor humano, no merecés llamarte humano’”.
La autocensura empieza a una edad temprana para las niñas iraníes. Tara, que era apenas una alumna de primaria en los primeros años posteriores a la guerra, recuerda a docentes tratando de poner en aprietos a los chicos con preguntas como: “¿Alguno de sus padres tiene alcohol en casa?”. Al igual que *Roxana, creció sabiendo que ciertas conversaciones no debían repetirse. “Incluso en Londres, a veces estamos en un restaurante y escucho a alguien hablar en persa, y mi reacción inmediata es pensar: ‘Dios mío, ¿dije algo que no debería haber dicho?’”.

Las redes sociales, que alguna vez fueron un salvavidas hacia la cultura, la comunidad y la protesta, pueden convertirse en una fuente de ansiedad cuando las mujeres de la diáspora intentan encontrar el equilibrio entre expresar solidaridad y exponerse a la vigilancia o al rechazo. Para muchas, ese cálculo constante se suma como una carga pesada en la vida cotidiana, moldeando la forma en que hablan, comparten y se mueven, tanto online como offline.
Muchas de las personas que hacen el mayor esfuerzo por informar y generar conciencia sobre lo que ocurre en Irán son mujeres. Y eso implica una carga enorme.
“Hay algo físico en todo esto”, explica Tara. “Sacás tu cuerpo al mundo normal de acá, vas a la panadería y alguien está charlando por teléfono como si nada. Se siente irreal. A veces me enojo. Pienso: ¿cómo pueden no preocuparse? ¿Por qué no están todos gritando y llorando? Obviamente no deberían —tienen sus propias vidas—, pero igual te llenás de bronca. Esta semana estuve muy enojada. Estoy enojada con todo el mundo”.

También se enoja con amigos no iraníes que intentan empatizar, pero se equivocan en la lectura política. La impotencia de la situación vuelve urgentes incluso las conversaciones más pequeñas con personas cercanas. Convencer o informar a una sola persona puede sentirse como la única manera de marcar una diferencia en el día. “Fui periodista profesional y ahora me encuentro a las tres de la mañana discutiendo en los comentarios de alguna maldita página con un ‘angel XO85’ de Arizona sobre fascismo”, dice Tara, consciente de que lo que la mantiene scrolleando, discutiendo y publicando es la necesidad urgente de corregir versiones y contar la realidad de Irán a quienes nunca la vivieron. “Siento una responsabilidad personal de hacer todo lo posible para que la verdad se vea y se entienda”, coincide *Yasmin.
Tara entiende por qué muchas personas británico-iraníes no confrontan al régimen de la misma manera que ella, pero por su formación, su dominio del idioma y su educación —además de su profundo vínculo y amor por su país— siente que hablar es un deber. “Es lo mínimo que puedo hacer, pero a un costo altísimo”. Arghavan señala que muchas de las voces más visibles de la diáspora iraní son mujeres. “Eso significa que gran parte del trabajo pesado de educar y concientizar sobre lo que pasa en Irán recae en mujeres”. Una carga enorme. “No solo hay que estar informadas, sino también poder explicarlo de una manera clara y útil para la gente de Irán”. Describe la tensión entre la necesidad de dar testimonio y el riesgo de quedar desbordadas como “un costo psicológico enorme”, aunque aclara rápidamente que esa lucha no se compara con lo que viven quienes están dentro del país.
Antes de volver a Irán el verano pasado, *Roxana borró todas sus publicaciones críticas con el régimen, por miedo a que le negaran la entrada —o algo peor—. Aun así, asegura que el tema es demasiado importante como para callar, incluso aunque sueñe con volver algún día. “Tal vez en ese momento ya no tenga que preocuparme, porque estaré regresando a un Irán libre”, se pregunta. Arghavan comparte esa esperanza: no sabe si será en 2026 o dentro de varios años, pero está convencida de que el pueblo iraní será libre. “Y cuando eso pase, vamos a hacer las mehmoonies más grandes y mejores que alguien haya visto jamás”.
Este artículo se publicó originalmente en MC UK.
at redacción Marie Claire
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