sábado 8 de agosto de 2020

SOCIEDAD | 08-07-2020 15:24

Plasma: Viaje al interior de una investigación histórica para la ciencia argentina

¿Podrá ser el plasma de pacientes recuperados de COVID-19 la clave para salvar miles y millones de vidas? Acompañamos (distancia mediante) a la doctora e investigadora Romina Libster para repasar con ella las claves, rutinas, historias y luchas detrás de un estudio excepcional, cuyos resultados podrían estar listos el próximo mes.

De los parques y edificios de Nashville, Tennessee, la capital mundial de la música country, a los canales algo secretos de “la Venecia francesa”, la soñada ciudad de Annecy, y de ahí a los diversos rincones de su híper aislado departamento de Palermo, en Buenos Aires.

Los escenarios de la historia de Romina Libster (41) van apareciendo en forma de flashes como si fueran antiguas diapositivas que cambian el fondo, pero mantienen inalterada su “esencia”. Y la de ella es la de una incesante vida dedicada a la medicina, la prevención, la ciencia y el saber.

Claro que ahora está de moda reivindicar a los profesionales de la salud, y está muy bien que así sea, pero ojalá sirva ésta y otras tantas historias para recordarnos que esos testimonios de entrega no son anécdotas del momento y que detrás de ellos se encolumnan años y años de preparación y estudio y una férrea voluntad de servicio.  

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Cuando la esperanza se hace ciencia
La investigación comenzó en la fundación que fundó Fernando Polack.

Un diploma con honores de la Facultad de Medicina (UBA) y una especialización pediátrica podrían ser señalados como el comienzo de la historia de Romina, aunque, claro, siempre hay puntos previos, hitos anteriores. Pero allá vamos, al año 2004, cuando Romina realizaba su residencia pediátrica en el Hospital Pedro Elizalde (ex Casa Cuna) del barrio de Constitución y se topó con una inicial epifanía.

“Yo sabía que quería ser pediatra, pero la investigación siempre me había interesado y llamado la atención. Da la casualidad que ese hospital tenía como norma que los aspirantes realicen un trabajo de investigación durante cada año de la residencia. Y la experiencia me encantó, al punto de sentir: ‘esto es lo que quiero hacer’”, recuerda Romina y cuenta que gracias a ese marcado interés, el propio director de la residencia, Fernando Ferrero (uno de sus primeros mentores) le acercó una búsqueda laboral en la incipiente Fundación Infant, creada por un argentino que ya era eminencia en investigación pediátrica, el Dr. Fernando Polack.

La conexión entre ambos fue instantánea y Romina accedió así a su primera beca de investigación en lo que sería su metier: las enfermedades respiratorias graves.

“En ese momento trabajábamos mucho con el virus de la bronquiolitis, pero al toque de mi experiencia allí, en 2009, comenzamos a ver los signos de lo que sería una importante pandemia, la de la gripe A H1N1, conocida también como ‘gripe porcina’. En marzo de ese año empezaron a surgir los primeros casos, yo aún trabajaba en guardias pediátricas y no podía entender la cantidad de pacientes que llegaban con cuadros febriles gripales, mucho más grandes y graves que lo habitual", cuenta.

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"Y ahí nomás -agrega- junto a la red de residentes que teníamos en la Fundación, nos propusimos con Fernando conocer cómo se comportaba ese virus en los chicos. Fue una investigación contra reloj y maratónica realmente, visitamos hospitales de todo el conurbano y en seis meses pudimos mapear al virus y a sus grupos de riesgo entre lo más chicos. Lo publicamos en revistas científicas y otros países usaron esa información para elaborar luego estrategias de vacunación cuando la vacuna estuvo lista al año siguiente. Y eso replicamos nosotros, y ahí nuestros resultados de mapeos (en los mismos hospitales de antes) fueron contundentes: en 2010, con el 96% de los grupos de riesgo vacunados, hubo cero casos de pacientes internados versus 251 del año anterior”, resume y vuelve a emocionarse por ese poder de impacto.

Cuando la esperanza se hace ciencia
La donación de plasma es el puntapié del estudio que involucra a hospitales públicos y privados de la ciudad y provincia de Buenos Aires.

Sí, a Romina no hace falta que le expliquen la importancia de las vacunas, la conoce de sobra, por convicción y estudio y por un incesante trabajo en territorio que debería llegar a todos los rincones de esa inexplicable red de movimientos anti vacunas que crecieron tanto en los últimos años.

Es por eso, quizá, que eligió este tema para su primera charla TED, allá por 2014 y ante un inmenso auditorio (el más grande hasta la fecha de todas las charlas TED del mundo) de jóvenes en Tecnópolis. La charla se tituló Inmunidad colectiva (un concepto hoy muy en boga), está disponible y subtitulada en Youtube y tiene muchos pasajes contundentes, desde el relato de una de sus primeras pacientes fallecidas (una beba de un mes) hasta la constatación empírica de que “después del agua potable, las vacunas son la intervención sanitaria que más ha logrado disminuir la mortalidad en el mundo, incluso más que los antibióticos”.

“Me gustó la idea de usar ese concepto como título porque a diferencia de ‘inmunidad de rebaño’, que supone una actitud algo pasiva, la inmunidad colectiva requiere una posición activa, una toma de decisión respecto a ‘me cuido para mí y también para los demás’”, explica.

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Su decisión de dedicarse justamente a la investigación de vacunas ya estaba tomada y es por eso que durante esos años se embarcó en un largo derrotero internacional que incluyó la Universidad de Vanderbilt, en Nashville, Tennessee (donde trabajó codo a codo con la mujer que más sabe de vacunas en todo el mundo, la norteamericana Katherine Edwards), la Universidad de Washington, en Seattle (donde realizó una especialización en estadísticas y modelados de enfermedades infecciosas) y un codiciado internado en la Fundación Mérieux de Francia (en su espectacular sede/castillo de Annecy).

Por supuesto que las ofertas de trabajo, de todo tipo, nacionalidad y color, comenzaron a aflorar, pero ahí una nueva certeza definió su camino: “Me atrapó la idea de volver a casa y de generar acá algo similar a lo que había visto afuera”.

Y así volvió a su primer amor, la Fundación Infant con la que nunca dejó de colaborar y que hoy la tiene como responsable de sus servicios de investigación en vacunas y como parte fundamental del nuevo estudio de plasma de cara a la actual pandemia de covid-19.

Cuando la esperanza se hace ciencia
Gonzalo Pérez Marc, otro de los líderes del equipo, y una selfie que refleja el trabajo en pandemia.

Para entender este proyecto, algunos conceptos básicos:

Mientras no exista vacuna (y en esa “carrera” están embarcados los principales laboratorios y organismos sanitarios del mundo) hay una alternativa que puede ser muy efectiva: la utilización de anticuerpos “prestados” (no generados por el propio organismo en cuestión) para frenar la propagación del virus y convertirlo, por ejemplo, en un simple resfrío. Para ello, el plasma de pacientes recuperados, ese líquido viscoso por donde “navegan” los anticuerpos en la sangre, se vuelve un activo esencial, un potencial “salvador de vidas” serial.

Se trata, por ahora, de una hipótesis científica, con muchos fundamentos detrás, y sobre todo, con un increíble equipo de gente dispuesto a validarla.

“Empezamos a armar el estudio con un grupo reducido de gente, pero enseguida lo comenzamos a compartir con hospitales, fundaciones, instituciones y a todos les parecía una idea súper poderosa e importante y que nadie estaba haciendo algo así. Y en pocos días, esas cinco personas (entre las que se encuentran colegas como Gonzalo Pérez Marc, Diego Wappner, Silvina Coviello y Alejandra Bianchi) se transformaron en 20, luego en 100 y hoy somos más de 500 personas, entre profesionales de la salud y voluntarios, involucrados en las diferentes áreas del estudio. Es uno de los proyectos más ambiciosos de la historia científica argentina”, cuenta Romina y no hace falta ser muy perspicaz para imaginar el impacto directo que tuvo esa dinámica en su propia vida.

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Otra imagen elocuente: Romina, Fernando Polack y el distanciamiento social. 

Ella se ríe y comenta: “Hace más de 100 días que trabajo de corrido, duermo muy poquitas horas y casi no distingo una jornada de la otra, no sé qué es un fin de semana, mucho menos un feriado”, cuenta desde el otro lado de la pantalla y en medio de un estricto aislamiento también provocado por este trabajo. La aparición de un caso cercano de coronavirus (algo típico de la vida en hospitales) hizo que todo el equipo central esté trabajando ahora de manera remota.

El estudio engloba a hospitales públicos y clínicas privadas tanto de la ciudad como del Conurbano, organizaciones e instituciones médicas del país y el exterior y a los gobiernos de Ciudad y Provincia de Buenos Aires. Y también a muchos donantes silenciosos que ayudaron a armar, en tiempo récord, una estructura logística increíble: capacitaciones masivas por Zoom, campañas de donación y de extracción de plasma, diagnósticos exprés, transportes en velocidad de material biológico por toda el área metropolitana de la ciudad y un titánico procesamiento de datos y resultados. 

“El entusiasmo que se ha generado en torno a esto, uniendo esfera pública, privada y voluntariado es algo que realmente nunca vi. Al menos no a esta escala”, señala Romina a la vez que calcula que los primeros resultados concluyentes estarán disponibles durante el próximo mes de agosto.  

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Meticuloso en cada uno de sus procesos, el estudio fue diseñado para cumplir a la perfección con los más altos estándares científicos y es por eso que todos los testeos deben ser multicéntricos (realizados en hospitales públicos y privados de diversas zonas), aleatorizados (un sistema electrónico al azar define a quién se le administra el plasma y a quién no) y a doble ciego.

“Esto significa -explica Romina- que ni el paciente ni el médico deben saber quién está recibiendo el plasma y quién el placebo, eliminando así todo tipo de sesgos. Nuestro objetivo es claro: buscamos generar la mayor y mejor evidencia posible para demostrar si el plasma funciona o no como barrea ante la enfermedad. Creemos que sí y que cuanto antes el plasma sea administrado más posibilidades de bloquear un cuadro grave habrá, pero todo eso hay que demostrarlo científicamente. En eso estamos”, comenta con una contagiosa mezcla de esperanza y rigurosidad.

 

Cuando la esperanza se hace ciencia
Trabajando desde su casa, donde debió confinarse por casos de coronavirus cercanos. 

Consultada sobre si aparecieron en todo este proceso los miedos al contagio, Romina replica rápidamente: “Sí, claro que aparecieron. Si bien a esta altura sabemos que la mayoría de los casos de covid-19 son leves, en el fondo nadie sabe a qué número de la estadística pertenece. Por eso son vitales y muy necesarias todas las medidas de prevención sanitaria. Además, ahí vuelve a condensarse esa idea que te comentaba antes de lo colectivo, me cuido por mí, pero también por todos”.

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