En una ciudad que avanza con inercia, donde cada recorrido parece empujar hacia el siguiente, todavía existen espacios que invitan a habitar otro ritmo. No desde el impacto inmediato, sino desde una calma construida en capas. Muyé, en pleno corazón de Recoleta, propone justamente eso: una experiencia que no se consume, se transita.
La casona centenaria que hoy da vida al proyecto conserva una historia que atraviesa generaciones. Fue construida por Julia Pellegrini y durante décadas funcionó como residencia familiar de la familia del ex presidente Carlos Pellegrini. Su último habitante, Tomás Vallée Meyer, permaneció allí hasta los 101 años. Esa permanencia no es un dato anecdótico, sino una huella que define el espíritu del lugar. La transformación en restaurante no borra esa memoria, la activa.
Fernando Bertuol, fundador de Muyé, encontró en esa historia el punto de partida. La elección de la casa no respondió únicamente a su valor arquitectónico, sino a la posibilidad de recuperar un espacio cargado de sentido. “Sentí que este proyecto también era una forma de homenajearlo”, cuenta en referencia a Vallée Meyer, quien hizo de la casa su mundo.
La puesta en valor implicó más de un año de trabajo y una premisa clara: actualizar sin desdibujar. La intervención fue integral. Se renovaron instalaciones esenciales para adecuar los espacios a su nuevo uso, pero también se preservaron piezas que hoy funcionan como anclajes narrativos. Un espejo histórico, ilustraciones originales de Recoleta y detalles que no solo sobreviven, sino que aportan profundidad a la experiencia.
“Buscamos que la gente llegue acelerada y se vaya de la casa mucho más liviana”.
Aquí, la arquitectura no es escenario, es protagonista. Cada ambiente conserva una identidad propia y, al mismo tiempo, se integra en un recorrido coherente. La decoración acompaña desde la sutileza. No busca imponerse, sino sostener. Materiales nobles, texturas cálidas y una paleta contenida permiten que los elementos originales respiren. Hay una intención clara de no sobrecargar, de dejar espacio para que la casa se exprese.
La luz natural ocupa un rol central. Durante el día, se filtra desde el patio interno y transforma cada ambiente con variaciones constantes. Esa dinámica genera una experiencia cambiante, donde el paso de las horas se vuelve perceptible. La madera, la piedra y la presencia vegetal suman densidad sensorial, construyendo una atmósfera que remite a lo orgánico, a lo vivido.
El jardín se presenta como el núcleo del proyecto. No como complemento, sino como punto de convergencia. Diseñado como un oasis dentro del entramado urbano, funciona como extensión del salón y como espacio de pausa. La fuente original introduce un sonido persistente que modifica la percepción del tiempo. Allí, la velocidad se diluye. “Queríamos que la gente llegue acelerada y se vaya más liviana”, explica Bertuol, sintetizando la intención que atraviesa todo el concepto.
El recorrido del visitante está pensado como una transición progresiva. El ingreso ofrece un primer contacto con una arquitectura más actual, donde la cocina a la vista marca apertura y transparencia. A medida que se avanza, emergen los elementos originales de la casa. Pisos, aberturas y proporciones conducen hacia el patio, donde la experiencia alcanza su punto más expresivo.
En ese contexto, la propuesta gastronómica se integra sin fricción. La carta se apoya en productos frescos y de estación, con una mirada que prioriza lo esencial. No hay artificio, sino una búsqueda por lo genuino. Aparecen, además, guiños a la tradición brasileña del fundador, que se incorporan de manera sutil, ampliando el relato sin romper su coherencia. “Los productos frescos son el corazón de todo lo que hacemos”, señala.
En tiempos donde el lujo se redefine lejos de la ostentación, Muyé plantea una lectura distinta. No hay acumulación ni exceso. La experiencia se construye desde la armonía entre cada elemento que compone el espacio. La belleza aparece en los detalles, en lo que permanece, en aquello que no necesita ser subrayado.
Más que un restaurante, Muyé funciona como un dispositivo de experiencia. Un lugar donde la arquitectura, la historia y la sensibilidad contemporánea conviven para generar algo que excede lo tangible. En una ciudad que rara vez se detiene, propone una pausa. Y en ese gesto, silencioso pero contundente, encuentra su singularidad.
at Federico Velenski
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