Hay personas que desde chicas ya saben qué quieren ser —o al menos eso creen—, pero ¿qué pasa cuando no es así? Cuando lo que te apasiona pulsa, pero todavía no logra tomar forma ni hacerse palpable. O cuando el camino parece venir marcado por lo que otros consideran que es lo mejor para vos. A veces, lo que estaba más cerca no aparecía como una opción posible, ni siquiera como una elección. Hasta que, con el tiempo, empieza a pedir su lugar. “Soy Flora Lemes. Mujer sastre que cose a mano la belleza de otras mujeres”.
Esta frase no es solo el comienzo de su manifiesto: es la forma en que respira, siente y habita el oficio. Durante toda la charla lleva puesto un dedal: joya, herramienta y amuleto. El objeto que condensó una intuición y la volvió camino. Cuando se lo entregaron, un susurro advertía que no iba a ser fácil. Pero lo importante nunca fue eso, sino qué iba a hacer ella con ese dedal. La sastrería vino a ponerle nombre a algo que Flora ya estaba buscando, incluso antes de tener las palabras exactas para explicarlo. Antes, también, de entender que esa iba a ser una elección capaz de cambiarle la vida. “Los oficios se aprenden de mano a mano”, dice. Y en ese gesto —en esa transmisión paciente, íntima— encontró no solo una forma minuciosa de trabajar, sino su gran pasión.
-Antes de dedicarte a la sastrería, ¿qué escenas o recuerdos de tu historia personal ya anunciaban tu vínculo con el oficio?
-Nací en Orán, al norte de Salta, y soy la segunda de cuatro hermanas en una familia tradicional, donde había un mandato claro: estudiar, recibirse y elegir una carrera “con futuro”. En mi casa, mi abuela y mi mamá cosían todo. Así que aprenderlo era algo natural; yo reformaba y hacía mi ropa adaptándola a mi cuerpo. Cuando terminé el secundario, mi papá me anotó en Relaciones Públicas, la carrera que estudiaba una prima. Todo ya venía pautado.
Llegué a Buenos Aires en 2005 y me adapté muy rápido: estaba fascinada con la oferta cultural, y me anotaba en todos los cursos y actividades que podía. Pero la carrera no me gustaba y, a siete materias de terminar, la dejé -me rebelé, siempre fui rebelde-, se ríe. Yo pensaba “¿algo más tiene que haber?”. Lo que seguía era trabajar, y mis primeros empleos no me duraban demasiado. Siempre llevaba puesto algo hecho por mí, porque obviamente me vine con mi máquina de coser Singer, y mis amigas me decían que tenía que estudiar algo vinculado al diseño. Pero, aunque coser formaba parte de mi vida desde siempre, todavía no lo veía como una profesión.
-¿En qué momento la sastrería apareció como una revelación y empezó a tomar forma como un camino posible?
-Yo no sabía que existía la universidad pública. Cuando lo descubrí, me anoté en Diseño Textil y fue una epifanía: me enamoré de la FADU. Sentía, por primera vez, que estaba en el lugar correcto. Todo me absorbía, todo me interesaba; quería aprenderlo todo. Un día encontré en la cartelera de la facultad que dictaban un seminario de sastrería artesanal y me anoté. Yo quería aprender la técnica, entender cómo lograr que lo que hacía quedara impecable. Esa necesidad —muy ligada a mi propio perfeccionismo— me llevó a querer profundizar cada vez más. El seminario me voló la cabeza, pero no sabía bien por dónde seguir. En ese momento me pasan el contacto de Natalio Argento —maestro sastre ítalo-argentino, referente de la sastrería artesanal—.
Empecé a tomar clases con él y estudié durante seis años en su atelier, en grupos muy chicos, sumando cada vez más horas de estudio. Natalio es el ser más noble que me crucé en el oficio. Hasta que un día me dijo que ya era momento de dejar ese lugar para otras personas que querían aprender y me sugirió salir a trabajar como pompier —sastre especializado en arreglos de prendas ya confeccionadas—. De algún modo me estaba impulsando a poner el cuerpo y confiar en mí. Ahí entendí que algo estaba cambiando.
-¿Cómo fue ese recorrido, desde salir a trabajar por primera vez dentro del oficio hasta que apareció la idea de tu marca?
-Después de esa charla con Natalio, me armé unas tarjetas personales. Me puse mi smoking con un short —el primer y único traje artesanal que tenía hecho por mí— y fui dejándolas en todas las sastrerías. No me llamó ninguna. Sí, en cambio, me llamaron marcas de indumentaria reconocidas que venden trajes industriales de hombre. Empecé a trabajar haciendo ajustes en los locales y lo tomé como una escuela: aprendía todo el tiempo. Después llegó la pandemia y también una separación. Yo venía trabajando bien y pude ahorrar lo suficiente para independizarme. Alquilé un departamento que usé como estudio, abrí un Instagram y empecé a hacer arreglos de todo tipo —desde cambiar cierres hasta cortinas—.
Estaba en modo “sí a todo”. Fue un momento muy duro: no tenía ingresos fijos, estaba preocupada y no me sentía del todo armada, pero a pesar de todo había algo que ya tenía claro: quería dedicarme a la sastrería. Yo ya sabía hacer esto, y sabía hacerlo bien. En 2022 tomé la decisión definitiva de dedicarme cien por ciento a la sastrería artesanal femenina.
-¿Y cómo fue hacerte tu lugar en un rubro mayormente masculino?
-Siempre tuve convicciones fuertes y supe plantarme. Mi trabajo evolucionaba y se veía por sí solo, y aunque era un mundo mayormente masculino, me hice respetar: no me banco el “no” sin fundamentos. Desde el principio, quise que mi marca lleve mi nombre; eso me generaba la presión de saber que esto tenía que salir bien, que yo sabía hacerlo y que tenía que funcionar. Mi primera clienta me pidió dos chaquetas, pero los proveedores no me querían dar los catálogos porque no confiaban en mí: era mujer y joven. Me sinceré y le conté que estaba empezando y que no tenía experiencia haciendo prendas para otros, pero que le iban a quedar perfectas. Natalio me prestó un catálogo, elegimos una tela divina, y, reconozco, tenía miedo hasta de cortarla; ella quedó feliz… y yo también. Yo el miedo no lo veo como algo malo; sino como un vector de cambio que te mueve. Esa experiencia fue mi carta de presentación para mi oficio y mi marca.
-¿Qué aprendiste de este oficio desde que empezaste tus clases hasta hoy, tanto en tu vínculo con las mujeres como a nivel personal?
-En un punto, ambas cosas están vinculadas. Cuando llega una mujer, lo primero que hago es hablar con ella: no solo sobre lo que quiere, sino para entender quién es y cómo es su vida. Son charlas de 3 a 4 horas antes de que me cuente para qué vino. La sastrería artesanal no tiene que ver solo con medidas, sino con cómo se mueve, su postura y cómo se desenvuelve. Se necesita generar un espacio de confianza, porque después trabajamos muy cerca. Muchas mujeres llegan con exigencias sobre su cuerpo; algunas buscan cubrir ciertas zonas. A veces les aconsejo pasar tiempo desnudas frente al espejo, para que puedan valorar su cuerpo antes de vestirse.
A medida que avanzan las pruebas, comienzan a mirarse de otra forma; para mí, eso es maravilloso. Es un privilegio que me elijan y me permitan ser parte de un momento tan importante. El proceso puede durar hasta dos meses. Trabajar con las manos requiere paciencia. La sastrería me enseñó a mirar con otros ojos, especialmente a las mujeres, que muchas veces intentamos meternos en moldes. Me enseñó a escuchar más y a indagar qué buscan. Vestir un traje hecho a mano es darle importancia a ese momento, y eso me conecta con la gente y conmigo misma.
at Gaby Ratner
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