Pierpaolo Piccioli llega a Balenciaga con el peso de una herencia doble: la de la maison que fundó buena parte del vocabulario de la alta moda del siglo XX y la de veinte años construyendo uno de los capítulos más amados y discutidos de la couture contemporánea en Valentino.
Su debut, presentado en los jardines de la Cité internationale universitaire de París, no busca imponerse, sino algo más difícil y más honesto: establecer un diálogo entre dos sensibilidades que se reconocen sin anularse.

El debut de Pierpaolo Piccioli en la primera colección de Haute Couture bajo su dirección creativa para Balenciaga habla en voz baja. No por falta de ambición, sino por exceso de conciencia. Piccioli sabe exactamente dónde está parado. Sabe lo que significa el nombre que lleva a la pasarela. Y sabe, sobre todo, que la única manera de honrar a Cristóbal Balenciaga no es imitarlo, sino comprenderlo lo suficiente como para poder completarlo y actualizarlo.
La Cité internationale universitaire y su pasarela circular son ya una declaración: no el Grand Palais, no una locación pensada para dominar los feeds, sino el contexto justo para una colección que no tiene nada que demostrar en términos de escenografía porque tiene mucho para decir en términos de propuesta.

El encuentro entre la formación de Piccioli —una couture clásica, construida sobre décadas de trabajo sartorial en Valentino, donde siempre dio lo mejor de sí precisamente en la Alta Costura— y las líneas geométricas, los cortes históricos y la arquitectura volumétrica de Balenciaga produce algo que no es síntesis ni compromiso.
Es una conversación entre dos maneras de entender la perfección que encuentran un punto de contacto preciso: la convicción de que el vestido nunca debe constreñir el cuerpo, sino acompañar su libertad de movimiento. Piccioli demuestra una comprensión profunda del archivo sin ceder a la nostalgia, pero con el coraje suficiente para manipularlo y hacerlo evolucionar.
El recorrido cromático del desfile es una de las firmas más reconocibles del diseñador y una de sus declaraciones de feminidad más claras. La apertura está dominada por colores vitamínicos, alternados con el rigor del blanco y negro sartorial: el vocabulario formal sobre el que todo lo demás se construye.

Después, gradualmente, la pasarela se abre al color con la seguridad de quien no necesita justificarse: ciruela, violeta intenso, verde marino y amarillo limón se combinan con matices arena, trabajos de pétalos de tela y plumas exuberantes. No son combinaciones tímidas ni decorativas: son elecciones cromáticas que llevan el peso de una poética precisa, la de un diseñador que siempre trató el color como materia prima, al igual que el tejido; como elemento estructural y no como detalle de acabado.
Las soluciones de moldería anulan la percepción del peso de los materiales. La sofisticación no se muestra: se percibe al llevar la prenda puesta. La opulencia no está en el bordado denso ni en la minucia de los trabajos al microscopio, sino en la inmensidad del metraje, en la pureza de la línea y en la calidad absoluta de una materia prima que habla sin intermediarios.
Los cortes geométricos y los drapeados fluidos coexisten sin tensión, como si siempre hubieran habitado el mismo espacio.
La última salida —metros y metros de satén blanco sabiamente inflado— es una aparición nupcial y, al mismo tiempo, una declaración de pureza. Un punto cero para la maison, que desde aquí empieza a escribir una nueva etapa en la moda.
En clara contraposición con las narrativas dominantes de la marca bajo la conducción anterior de Demna Gvasalia, en esta colección no hay rastro de revuelta, cinismo ni denuncia. Hay, en cambio, algo que hoy requiere una cierta dosis de valentía intelectual para declararse sin retórica: unas sinceras, enormes ganas de belleza. No belleza como evasión, sino belleza como posición estética.

Piccioli declaró que el objetivo del proyecto es redefinir el vestido de noche para darle una actitud más cool y desenvuelta, permitiendo que la figura viva plenamente dentro de la prenda. Es una frase que parece simple y no lo es: detrás hay una reflexión precisa sobre qué significa la excelencia hoy y sobre dónde se ubica el límite entre la perfección que libera y la perfección que aprisiona.
El cierre del desfile es el momento más personal y significativo de toda la presentación. Pierpaolo Piccioli sale a saludar al público acompañado por todo el equipo de costureras y artesanos del atelier. Lleva puesto el guardapolvo blanco de trabajo. No es un gesto de humildad performativa, sino una declaración de método: el trabajo colectivo como única respuesta posible a la pregunta sobre qué es realmente la Alta Costura.
En un momento en que se tiende a concentrar toda la narrativa en la figura del director creativo como autor solitario, Piccioli elige salir con su guardapolvo blanco rodeado de sus costureras. Es el gesto más subversivo que podría haber mostrado, y también el más humanamente hermoso.
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