A 25 años de la creación de la Fundación Nordelta, la referente social Marité Costantini reflexiona sobre el poder de la educación, el rol de las mujeres en la transformación colectiva y la urgencia de volver a mirar al otro en un mundo cada vez más individualista. En tiempos donde incluso palabras como “ayudar” parecen haber perdido valor, cuestionadas por discursos que reducen la transformación a la lógica individual del mérito, su trabajo propone otra mirada: acompañar, educar y construir comunidad como base para generar oportunidades reales y sostenibles en el tiempo.
-Tu vínculo con lo social comenzó muy temprano. ¿Recordás cuándo dejó de ser algo puntual para convertirse en una forma de vida?
-Creo que siempre estuvo presente. Desde chica tenía esa vocación de acompañar, de estar cerca del otro. Iba a apoyos escolares y después elegí estudiar algo vinculado a eso: educación especial, soy profesora de ciegos. Antes de eso viví en Nueva York, donde hice mis primeros estudios en trabajo social y empecé a hacer voluntariado en el Bronx y Harlem. Ahí entendí que no era algo ocasional, sino parte de quién soy.
-Venís de una familia muy reconocida (N. de la R.: hija del empresario Eduardo). ¿Cómo conviven ese origen y tu elección por lo social?
-En realidad, el compromiso social siempre estuvo en mi familia. Mi abuela, por ejemplo, dedicó su vida a la comunidad en San Isidro, y mi mamá hacía obras de teatro a beneficio. También influyó mucho mi formación religiosa. Con el tiempo, lo que antes veía como “ayudar” lo entendí como algo más profundo: generar oportunidades y acompañar procesos.
-La Fundación Nordelta cumple 25 años. ¿Qué cambió en las problemáticas sociales desde entonces?
-Seguimos teniendo problemáticas muy complejas. La educación, por ejemplo, sigue en crisis. Lo veo desde 2001, cuando empezamos en un contexto muy difícil. Hoy, al llegar a Las Tunas y ver filas en comedores, uno siente que ciertas situaciones se repiten. Sí cambió la mirada: hoy entendemos que el abordaje tiene que ser integral, con el otro, no sobre el otro.
“En la fundación somos muchas mujeres. Hay una mirada más vinculada al cuidado, al vínculo, a lo humano. Pero también creemos en la complementariedad: necesitamos más hombres. La transformación es colectiva”.
-La educación es el eje de la fundación. ¿Por qué sigue siendo la herramienta más potente de transformación?
-Porque el conocimiento te abre la mente y te permite proyectar una vida distinta. Hoy hay una crisis profunda: chicos que no comprenden lo que leen, escuelas que no funcionan como deberían. Y sin educación es muy difícil acceder a una vida digna, a un trabajo, a un proyecto propio. La educación es la puerta de entrada a todo lo demás.
-Hablan de “tender puentes”. ¿Qué significa eso en la práctica?
-Significa generar encuentros reales entre personas que viven en contextos distintos pero comparten los mismos sueños. La fundación logró eso: que vecinos de Nordelta y familias de barrios cercanos se vinculen, se conozcan, se acompañen. Ese puente hoy es un espacio de encuentro, donde todos crecemos.
-Trabajan con más de 700 familias. ¿Cómo sostienen un acompañamiento real en el tiempo?
-Con profesionalismo y continuidad. Todos nuestros programas están a cargo de docentes y equipos especializados. Y lo más importante es el proceso: vemos crecer a las familias. Un chico entra desde la primera infancia y puede llegar hasta su inserción laboral. Eso transforma. No es algo superficial, es un camino.
-También articulan con el Estado y el sector privado. ¿Es posible ese diálogo hoy?
-Es indispensable. Lo social solo se resuelve en red. El Estado tiene un rol central y nosotros acompañamos. Trabajamos con hospitales, escuelas, organizaciones. Cuando hay una institución que respalda, muchas veces las familias logran acceder a derechos que solas no podrían.
-¿Qué lugar ocupa el liderazgo femenino en este tipo de proyectos?
-Muy fuerte. En la fundación somos muchas mujeres. Hay una mirada más vinculada al cuidado, al vínculo, a lo humano. Pero también creemos en la complementariedad: necesitamos más hombres. La transformación es colectiva.
-Muchas mujeres sostienen redes invisibles de cuidado. ¿Está valorado ese rol?
-En lo social sí se valora, pero sigue siendo una deuda. Vemos muchas mujeres solas sosteniendo familias enteras. Por eso es tan importante fortalecer esas redes y acompañarlas.
-En un contexto cada vez más individualista, ¿qué lugar ocupa lo comunitario?
-Para mí, solo lo comunitario nos va a salvar. Vivimos en una sociedad donde todo es inmediato y muchas veces superficial. Nuestro trabajo va en otra dirección: procesos largos, vínculos, comunidad. Es más difícil, pero es lo que realmente transforma.
-¿Cómo imaginás la fundación en el futuro?
-Me gustaría que trascienda, pero también que sea menos necesaria. Que vivamos en una sociedad con más oportunidades, donde la educación vuelva a ocupar el lugar que merece. Y que sigamos generando encuentros, que es lo más valioso.
-Hoy la palabra “ayudar” está en discusión. ¿Cómo la resignificás?
-Prefiero hablar de acompañar. Hay mucho prejuicio, mucha mirada simplificada sobre realidades complejas. Nadie se salva solo. Todos necesitamos ayuda en algún momento. Y acompañar implica estar, sostener y generar oportunidades reales.
-¿Qué te deja, en lo personal, este trabajo?
-Mucho más de lo que doy. Está comprobado que hacer el bien hace bien. La fundación también nos transforma a nosotros. Mirar al otro, construir comunidad, compartir, todo eso nos vuelve mejores personas. Es un ida y vuelta constante.
at Federico Velenski
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