viernes 18 de octubre de 2019

SOCIEDAD | Hace 5 meses

En primera persona: “Lucho para que mi hija trans viva libre y feliz”

En el día internacional contra la homofobia, Transfobia y Bifobia entrevistamos a la made de Luana la primera nena trans reconocida como tal.  

Gabriela mansilla esperaba mellizos y cuando le dijeron que los bebés tenían pene, pensó nombres masculinos. Pero los hijos llegan con sus propios planes bajo el brazo. Una madre que decidió luchar por el derecho de su niña a ser nombrada como quiere: Luana, la primera niña trans de argentina reconocida como tal.
“Inmediatamente después que en la ecografía se ve el pene, afirman que son varones. Y yo no tenía la cabeza que tengo hoy, por eso lo cuento, para que otras familias no cometan el error y crean que se puede aplicar la categoría de ser varón o ser mujer al destino de una persona por el simple hecho de tener pene o vulva. Hoy puedo decir que mi niña nació con pene y mi niño Elías también. Ese pene no los hace varones. En el caso de Elías coincide la asignación de género a la construcción individual y personal que él hace como varón”.

Yo nena, yo princesa
"Yo los crié de la misma manera, les di las mismas cosas, intenté que todo fuera equitativo entre ambas personitas, pero la fantasía de imaginar que uno iba a ser electricista y el otro mecánico que teníamos junto con el papá, que iban a tener muchas novias ¡pensamos en su orientación sexual! con este amor egoísta, contrastaría con lo que pasó poco después. Para el año y medio, Luana empieza a perder pelo, tenía cuatro aureolas peladas, y no tenía nada, era emocional me decían los médicos. Yo noté muchísima tristeza, llantos desmedidos, dificultades para dormir, pesadillas, se despertaba gritando, pero no había dolor, ni nada. Así que le hice un estudio del sueño derivado por un neurólogo infantil, cuya conclusión fue que tenía problemas de conducta. No había fallas ni motivos para que la criatura tuviera esas crisis. Me mandaron a un psicólogo, pero no había cumplido dos años, me pareció un exceso. A los dos años habló de corrido y dijo ‘yo nena’, yo princesa. Creí que estaba jugando, no lo escuché, no lo entendí, empezó a pedirme mi ropa, se disfrazaba con mis remeras o polleras. Subía a una silla y las sacaba de mis estantes. Bailaba como la Bella y la Bestia. No decía que quería ser una nena, sino que era. Decía soy. La verdad es que no lo entendía, y mientras no entendía iba sufriendo. Tanto Luana como Elías, porque todo lo que padeció ella rebotaba en su mellizo; y él se hacía más introvertido. Siguieron los llantos, que eran tremendos, hasta que empezó a darse la cabeza contra la pared, contra los barrotes de la cuna, se rasguñaba la cara, a la vez que me decía soy una nena y yo le respondía que no. Creo que una de las cosas que más le dolió y más le duele al colectivo trans es que le dijera que no porque tenía pene. Entre tanto se acercaba el momento de anotarlos en el jardín de infantes. Entonces recurrí a un psicólogo. A todo esto, su papá sostenía que había que ser firme, su cabeza era muy machista, todo se arreglaba a los golpes, con un reto, con penitencias. Así llegué a terapia. La psicóloga aplicó un método correctivo para reafirmar la masculinidad que constaba en encerrarle, sacarle las cosas que le posibilitaran un juego femenino ya que me decían que yo era una mamá sobreprotectora y que tenía que fomentar que juegue al fútbol, pero yo estaba desesperada. Confié. Hicimos todo eso, aunque mi intuición me decía que era violento. Ahí no tenía la libertad para poner en duda a un profesional. Pero cuando le saqué todo, escondí mi ropa, cerré con llave mi cuarto, le quité películas, todo empeoró. Como encontraba todo cerrado, agarraba la puerta a patadas, la golpeaba con la cabeza, y se terminaba haciendo vestidos con repasadores, toallas o me descolgaba lo mío del tender, toda tela que encontraba la usaba para mostrarme que era una niña. La terapeuta seguía diciendo que la responsabilidad era mía". 

Un antes y un después
"En el 2010 de casualidad vi un documental que se llamaba Tabú en National Geographic Channel y ahí hablaba una niña transgénero de Estados Unidos, una niña con pene, y dije ésto es lo que le está pasando. Fue como espiar por una ventana de mi casa, era exactamente como se comportaba mi niña, también vi una mamá desesperada buscando información. Me vi. Para ese momento ya el padre me decía que no quería un hijo puto. Y finalmente nos abandonó en el peor momento. Fue muy duro y triste, ni sé como estoy acá. Además de lo afectivo, era el sustento del hogar. No teníamos para comer, ni pagar impuestos, colegio, nada. Luana había empezado el jardín con su documentación anterior, pero reafirmó más su identidad, quería formarse con las nenas, ir al baño de las niñas y no la dejaban. La psicóloga había mandado informes a la escuela para que entre todos reafirmemos esa masculinidad que por mi culpa no tenía. Pero yo cuento esto no sólo por la historia de mi hija, porque sino se asocia con nada más, queda en la anécdota, en el fenómeno y seguimos. Pero no, acá todos estábamos cometiendo el error por ignorancia de reconocerle lo que ella autopercibía, no hay que pensar que los genitales definen la identidad de las personas. Y cuento mi experiencia en el colegio porque fue tremendo, si necesitamos una transformación positiva es allí, en la educación. La sociedad está preparada para no entender, porque no hay un libro que me muestre el cuerpo de mi hija. La construcción de la identidad de género se da a lo largo de toda tu vida, pero si tenés dos modelos nada más para copiar en dónde te sentís más cómodo en algún lugar te tenés que meter y si no encajas, sufrís. Los y las trans tienen que tener un nuevo lugar, porque mi hija no es una niña como cualquiera otra niña. Pero tampoco es un varón por tener pene y construye esa identidad dentro de lo que quiere de lo femenino, porque también existen personas tans no binarias". 

Todo fue el comienzo
"Me aferré a la palabra transgénero porque nadie me la había dicho antes. Problemas de conducta, enfermedades de todo tipo, falta de padre, todo dijeron de mi hija pero nadie me dijo transgénero. Fui a contarle a la psicóloga y le pregunté si había una posibilidad de que fuera una niña transgénero. Me dijo que no, que era todo mentira, que era todo fantasía. Pero yo ya había entendido, fui a buscar otra terapeuta. Se me había corrido un velo, sentía que había logrado ponerle palabras, definir lo que nos pasaba. Así mi hermana dio con Valeria Pavan, una psicóloga de la Comunidad Homosexual Argentina (CHA). Fuimos con el papá y ella nos preguntó qué ibamos a hacer si ella la veía y efectivamente podíamos hablar de que era una niña trans. Yo ya sabía lo que iba a hacer, la iba acompañar. En ese momento, justo antes del abandono, el padre dijo que también. Estaba claro que acá había una personita que no se sentía acorde con el género que se le impuso al nacer. Ella pedía que la llamara Luana, había cumplido 4 años. Yo no pude de un día para el otro. Intenté. No me salió, empecé con Lu, Lulú. Como para poder entrar en ese nombre que la nena misma me exigía, porque hay que decir sobre todo eso, acá la valiente no fui yo, sino ella.
Me acuerdo que le pregunté a la terapeuta cuántas niñas trans había visto o estaba acompañando. Me dijo que ninguna. Sólo sabían de 300 personas trans a lo largo de todo su trabajo en la CHA, que el tema de su infancia era tema de terapia porque allí fue cuando empezaron a manifestar su identidad de género pero que no había visto ni conocido a ninguna porque llegaban ya siendo personas adultas a la terapia. Era la primera niña que iba a acompañar. Eso me hizo entender que hay una diferencia cuando hay una mamá que da lugar a lo que les ocurre. Luana era como casi todas las luanas que ella acompañaba muchos años después. Esas luanas no tuvieron una mamá que a los 4 años buscara ayuda". 

Desandar el camino
"Volví a casa, hablé con Luana, todo bien. El problema más grande siempre fue su papá que aceptaba un día si otro no, tenía una lucha interna por reconocerla, por quererla. Y después hablé con la escuela. Empezamos con que pudiera reafirmarse en casa con la ropa que ella quería, el nombre que ella pedía, hasta me pidió que le cambiara la ropa interior y las sábanas. Algo íntimo, que nadie ve, pero que para ella era importante. Son cosas que antes no pensaba, tenés un niño con pene y le compras sábanas del Hombre Araña... Hoy mi hija puede pararse en las del hombre araña, las de princesas o las de cualquiera porque sabe quién es, pero en ese momento, necesitó reafirmarse en lo que se presenta culturalmente para las niñas. Y si la veías, era un chicle caminando. Para que no quedara dudas de que era una niña elegía todas las prendas rosas. La CHA se acercó a hablar con la directora. En el 2011 teníamos media sanción de la Ley de Identidad de Género, todavía no se había aprobado, pero la recibieron. Toda la documentación interna no era su nombre pero pudo entrar con 5 años como una niña. Igualmente fue un horror porque la comunidad no acompañó, hay un pibe disfrazado, va a ser contagioso, todo muy violento. En ese momento se va definitivamente el papá de casa y comienza a verlos sólo en visitas. Aclaro que ya era un padre abandónico, no es que se fue por esto, porque ya cuando mis hijes tenían un mes se borraba de casa 3 o 4 días y había que ir a convencerlo de que volviera. No estaba dispuesto a ser padre de nadie. Se hubiera ido de todas maneras. Hago la salvedad porque conozco un montón de padres que acompañan a sus hijas trans. Cuando él ya no estaba se aprueba la ley y ahí en su artículo 5 ampara a los menores de 14 y dice que si el padre y la madre dan su consentimiento, hay un abogado que representa al niñe y si éste está de acuerdo se puede pedir un DNI con el género acorde a lo autopercibido por esa personita. Así logramos con la ayuda de la psicóloga que antes de desaparecer para siempre sin despedirse, fuera a firmar su papá.

Y tuvimos al fin el femenino, Luana. No lo viví como un triunfo por muchos motivos. Aunque logré que no se judicializara como querían, ya que yo sólo pedía que se cumpla la ley, al principio nos dijeron que no, lo denegaron. Desde que empecé con el tema pasó un año. Tuve que recurrir a los medios de comunicación, no podía permitir que Luana enfrente la primaria y todo lo que venía con un DNI que decía otro género. Aparte si yo tenía el problema de que iba a una guardia, porque mi nena tenía asma, y no me la atendían porque su DNI decía masculino. Y era, o donde está el nene o dónde está el documento de esta nena. Un suplicio. Ver sufrir a un hije es horrible. Uso el lenguaje inclusivo porque es darle lugar, visibilizar que no todo es rosa o celeste. A partir de ahí vinieron muchas cosas, formé una asociación que se llama Infancias Libres, para ayudar a otras familias en mi misma situación. Escribí el libro Yo nena, yo princesa (que va por la décima reimpresión y está traducido al italiano y próximo a traducirse al inglés y al francés) y Mariposas libres, ambos editados por la Universidad Nacional General Sarmiento y estoy escribiendo un tercer libro. También, si bien en este momento está detenido el proyecto por falta de presupuesto en el INCA, está hablado con Jorge Maestro y Sergio Vainman que sean los guionistas de una película sobre todo lo que pasó.

Hoy Luana es feliz, está sana, casi automáticamente a que se la respetó y se le hizo el lugar que ella pedía toda enfermedad, crisis y angustia desapareció, y sé que esto ocurre en la gran mayoría de los casos. Y más allá de que la noticia explotó y salió en China, en toda Latinoamérica, en España, hasta tengo notas en francés, yo lo único que necesitaba era ser el puente para que otras familias no padecieran tanto como nosotros, quise convertirme en esas baldosas que facilitan el camino y que permiten un camino más amable, aunque queden mil batallas por librar todavía. Yo sé que esto recién empieza, estamos en las puertas de la adolescencia de Luana que va a cumplir 12 no quiere bloqueo hormonal. Vamos por el camino de aceptar su corporalidad. Estamos transitando con libertad y amor esto que será crecer y yo la quiero fuera del altísimo índice de suicidio trans, que llega a un 40 por ciento, fuera de los travesticidios y la expectativa de vida que apenas alcanza los 35 años. La quiero viejita. Lo único que deseo es su felicidad, la quiero viva y libre. Descubrí que eso es el amor verdadero, y no que el otro cumpla con mis expectativas. Amar es un acto de generosidad. Y por eso estoy agradecida a mi hija para siempre. Ella me enseña todos los días".
 

at Malen Lesser

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