Hubo un tiempo en que el accesorio infaltable era el bolso con logo. Después, la botella de agua XL. Hoy, la prueba de estilo se lleva bajo el brazo y tiene tapa dura. Cortito y al pie: leer volvió a estar de moda. O, al menos, parecer que se lee.
La señal llegó desde las pasarelas. Jonathan Anderson estampó en el Book Tote de Dior tapas de primeras ediciones de Madame Bovary y Drácula. Miu Miu armó su propio club de lectura. Y Coach se asoció con la editorial Penguin para convertir títulos clásicos en dijes para colgar de la cartera. Las redes, que nunca se quedan atrás, ya le pusieron nombre: bookcore.

Woolf, la nueva musa
Si la tendencia necesitaba un rostro, ya lo tiene. Esta semana, la prensa estadounidense se preguntó si Virginia Woolf es la it girl literaria de la temporada. Motivos no faltan: este otoño boreal se estrenan dos adaptaciones de sus novelas. Night and Day, con Lily Allen, Haley Bennett y Jennifer Saunders, y Clarissa, una versión de La señora Dalloway ambientada en la Lagos actual, con Sophie Okonedo y Ayo Edebiri.
Para completar el cuadro, Billie Eilish acaba de filmar la adaptación de La campana de cristal, de Sylvia Plath. Las escritoras torturadas del siglo XX se convirtieron en íconos pop.
La escritora Kaitlyn Greenidge ensaya una explicación: leer a Woolf se parece al scroll infinito, pero en una versión mejor. Un torrente de imágenes y pensamientos que, a diferencia del celular, pasa por una sola mente y deja algo.

¿Leer o posar?
Los escépticos ya hablan de lectura performática: el libro como cartel de inteligencia, elegido más por la tapa que por el contenido. ¿Quién no vio alguna vez, en el subte, un ejemplar de Orlando que nunca pasó de la página diez?
Y hay un dato que agrega ironía: según Business of Fashion, Miu Miu, la marca del club de lectura, acaba de registrar su primera caída de ventas en cuatro años: 3% menos en el tercer trimestre. El libro sigue de moda. Las marcas que lo usaron como bandera, no tanto.
Pero seamos justas: si la moda logra que alguien termine Un cuarto propio, bienvenida sea la pose.

Una historia argentina
Para nosotras, la relación entre Woolf y el estilo tiene un capítulo local. Victoria Ocampo, que conoció a la escritora en Londres en 1934, la publicó en Sur. Y fue Jorge Luis Borges quien firmó la traducción de Orlando que llegó a las librerías porteñas en 1937 (aunque décadas después confesó que buena parte la había hecho su madre).
Ocampo, además, fue una de las mujeres mejor vestidas de su época. Ya entonces sabía que un buen libro y un buen tapado no eran incompatibles.
Buenos Aires, que según un relevamiento internacional de 2015 tiene más librerías por habitante que cualquier otra gran ciudad (25 cada 100.000), no necesita que Dior le enseñe a leer. Aunque un Book Tote no vendría mal para cargar los libros de la mesa de saldos.
Así que ya saben: la próxima vez que alguien les pregunte qué llevan en la cartera, piensen bien la respuesta. Dice mucho más que el perfume.
at Cecilia Conde
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