jueves 18 de abril de 2019

SOCIEDAD | Hace 2 semanas

Las otras heroínas de la Guerra de Malvinas

Charlamos con Dalal y Karina la mamá y la hermana de Marcelo Daniel Massad, un soldado que murió en en la guerra de Malvinas.

“150 años… Y justo ahora”. Eso fue lo que comentó por lo bajo después de escuchar lo que acababan de anunciar por cadena nacional: la Argentina había recuperado las Islas Malvinas. Mientras en la pantalla se veía flamear la bandera celeste y blanca, la voz en off del locutor hablaba de “un legítimo derecho postergado paciente y prudentemente casi 150 años”. Era la mañana del 2 de abril de 1982. Tres días antes de la fecha en la que él recibiría su “baja” del servicio militar obligatorio. El lunes 5, el soldado Marcelo Daniel Massad se presentó en el regimiento. Nunca más volvió a su casa.

texto: María Fernanda Guillot.

“Dani nació el 31 de diciembre de 1962. Una tía que fue a visitarme al sanatorio me preguntó si iba a anotarlo el 1 de enero, así se podría postergar un año el servicio militar. Media somnolienta por el efecto de la máscara de gas, le dije que no”, recuerda Dalal Abd de Massad. “Cosas del destino...”, agrega. Dalal y sus dos hijas menores, Yamilé y Karina, llaman Dani al primogénito. Él solo es Marcelo para Coco, su papá. “De chico, Dani siempre estaba con la pelota debajo del brazo. Todo el tiempo venían a buscarlo a casa los amigos para que fuera a jugar con ellos. ¡Cómo le gustaba el fútbol! Terminó siendo arquero en la quinta división del equipo del club atlético Banfield. Tenía gestos muy nobles. En el curso de Dani había dos bandos -yo los llamaba los montesco y los capuleto- y él siempre intercedía entre ellos. Era tan conciliador, que me preocupaba que no supiera defenderse. Cuando se lo comenté a un amigo de Dani, me dijo: ‘Perdé cuidado, Dalal. ¡No sabés cómo se defiende!’. Pero él no podía ver pelear a otros”, cuenta. 

Dani en séptimo grado, elegido como mejor compañero. Los partidos de fútbol los domingos a la mañana. En la playa de mar del Plata, atajando los penales que pateaba su papá. Dani cargando las bolsas del mercado de una vecina. Ella siguiendo al micro de los egresados que viajaban a Bariloche, tocando bocina durante varias cuadras. En la cocina de su casa, Dalal desgrana recuerdos con meticulosidad de madre. Sonríe mientras evoca. La memoria puede ser un buen amparo.

Heroínas de Malvinas

Algo que no se sabe cómo explicar
En el verano de 1981, Daniel Massad fue convocado para recibir el número que definiría su destino durante el servicio militar obligatorio. En la fila, se encontró con un amigo y, para seguir charlando, le dio el paso al que estaba detrás de él. Ese chico recibió un número bajo y no tuvo que hacer la conscripción. El 23 de marzo, Daniel se incorporó al regimiento de infantería mecanizado 7 de la Plata. “La noche anterior, mi primo bautizó a su hija. Estuvimos cantando y bailando hasta la madrugada. Yo estaba feliz; hacía bromas, decía que a Dani le iban a enseñar a arreglar la casa y a lavar los platos en la conscripción. Quería acompañarlo a la Plata, pero me quedé dormida. Cuando él vino a saludarme, al incorporarme en la cama sentí que algo se clavaba en mi corazón. Lo besé y me largué a llorar. La angustia me duró algunos días. Nadie entendía qué me pasaba. Ni yo”, admite Dalal. Después de algunas semanas, la familia pudo visitarlo en el regimiento. “Íbamos los domingos y llevábamos en una canasta su comida favorita: torta de avena, kupi, galletitas de chocolate. A él y a sus compañeros los llevaron a entrenar a la Pampa. En octubre, cuando volvieron, Dani me dijo: ‘Viví la serie combate’. Parece que había sido muy duro, entrenaban hasta con la cara pintada. Coco se extrañó por eso: él no había vivido algo así cuando hizo la conscripción. Yo le rezaba todas las tardes al sagrado corazón de Jesús. Con el tiempo, lo dejaron venir a casa por las noches. Aunque llegaba muy tarde, se preparaba una hamburguesa en el horno que comía con pan árabe. Dormía un rato en su cama y volvía al regimiento. A fin de año se inscribió en la facultad de ciencias económicas de la UBA”, cuenta Dalal. Durante ese verano, Daniel se preparó para rendir el examen de ingreso a la carrera. Faltaba poco para que recibiera la baja del servicio militar. Tres días antes, las tropas argentinas desembarcaron en las Islas Malvinas. Él regresó al cuartel de La Plata. Su mamá recuerda: “el domingo siguiente era Pascuas. Fuimos a verlo con las chicas y Coco. Cuando llegamos, Dani estaba lustrando un fusil. Al día siguiente nos llamó por teléfono y pidió que le lleváramos ropa de abrigo y chocolates. ‘Nos mandan solamente a custodiar, no te preocupes’, trató de tranquilizarme cuando le di el bolso y colgué mi rosario blanco de su cuello. En el momento de la partida, quise treparme al camión al que los chicos subieron y grité: ¡Dani!, ¡Dani!’. Sentí algo que no sé cómo explicar. Esa fue la despedida”. 

Heroínas de Malvinas

Lo inaceptable 
“Yo era muy pegote con Dani. Mi hermano mayor me iba a buscar al colegio en la rural Dodge gris y volvíamos a casa con la música a todo volumen, cantando temas de los Rolling Stones. Él hacía chistes, bromeaba todo el tiempo. Éramos una familia muy divertida. Ahora tenemos humor, pero a partir del ‘82 cambiaron muchas cosas”, dice Karina. El 27 de abril llegó la primera carta desde el sur. Daniel contaba que Puerto Argentino se parecía a los típicos pueblos ingleses que se ven en las películas, pero con mucho viento. Pedía que le regalen un auto 0km y se lamentaba porque el club Banfield había perdido frente a Almirante Brown. “Quiero volver y abrazarlos a todos”, finalizaba. Hubo tres cartas más, hoy están guardadas en el cajón de la mesa de luz del cuarto Daniel. Todo sigue igual en esa habitación, salvo la ausencia.
“Él cayó el 11 de junio. No nos lo comunicaron de inmediato. Nos decían que volvía en una fecha, después en otra. Un domingo fuimos a buscarlo a Campo de Mayo. Teníamos una sorpresa para él: llevábamos su regalo, un Renault 18 0Km, marrón chocolate, el único color que conseguimos en el apuro”, recuerda.
Karina, yamilé y dalal estuvieron todo el día trepadas a una reja, gritando “¡Dani” a los grupos de soldados que bajaban del avión. Coco, en cambio, gritaba el primer nombre de su hijo. Así pasaron aquel día del padre. A la noche, se acercaron a un portón y un teniente les dijo: “quédense tranquilos, los chicos están bien. Su hijo vuelve mañana en el Canberra”. “Ese lunes, Yamilé y yo fuimos a la escuela, pero mamá nos retiró antes para ir a recibir a Dani. Yo llevaba ropa nueva”, recuerda. Karina escuchó que su papá atendía una llamada por teléfono. Lo vio ir hasta la casa de Jorge Suárez, un chico que vivía a la vuelta manzana y que había estado en Malvinas con Daniel. El padre de Jorge, que era militar, le aconsejó a Coco que no fuera con la familia a esperar de nuevo a Dani porque las noticias que llegaban del sur no eran buenas. Durante una semana, la familia Mossad esperó un llamado. Desesperado, coco fue hasta el regimiento de la plata. “Cuando volvió, nos hizo sentar a las tres al pie de la escalera y nos dijo: ‘dios quiso que Dani no esté más entre nosotros’. Ni más ni menos que esas palabras. Mi papá estaba quebrado. Abrí la puerta y salí corriendo a la calle como una loca”, dice. 

En contraste con una infancia feliz, de almuerzos dominicales en casa de sus abuelos y juegos compartidos con sus 16 primos, la adolescencia de Karina fue un nudo de angustia e introversión. “Fueron años de llanto y estudio. Le escribía cartas a mi hermano, contándole cómo estaba la familia. Lo extrañaba en todo momento, todavía hoy siento su falta. Es imposible ocupar el lugar que dejó. ¡Nos quedaron tantas cosas por vivir juntos!”, se apena. Karina tenía 12 años cuando el dolor se convirtió en consternación, después en rabia y finalmente, en determinación. “Yo acababa de ser señorita y durante dos años no me volvió el período. Mi hermana tenía un cuerpito hermoso, pero de pronto empezó a inflarse. Los primeros días después de lo de Dani, mamá no se paraba, se movía arrodillada. Yo me peleaba mucho con ella. Estaba muy enojada y me volví muy contestataria. Después de Dani murieron mi abuela materna y mi abuelo paterno. Recuerdo esa época como una seguidilla de velatorios”. Karina decidió que si algún día tuviera un hijo, se llamaría Daniel. Pero durante muchos años, no hablaba con nadie de su hermano. “Me daba cosita, supongo que era una manera de negarlo. Hace unas semanas, el 13 de marzo, fui a visitar su tumba en Malvinas. Hice dos viajes antes, pero todavía no había sido identificado el cuerpo de Dani. Cuando vi su nombre en la placa, me quebré. Estuve horas charlando con él, contándole lo que nos pasó en estos años. Le hablé de los cuatro sobrinos hermosos que tiene: Bárbara (30) y Guille (25), los hijos de Yamilé, y de Daniel (20), y de Ignacio (17), los míos. Le conté que Dani es jugador de fútbol, como el tío. Llevé un termo y cebé esos mates que nunca pudimos tomar juntos. Porque cuando éramos chicos, el mate era un quemo”, cuenta. “Lo terrible fue cuando nos dijeron que teníamos que irnos. Volverlo a dejar… Cuando regresé a Buenos Aires, no quise ver el sol y cancelé un almuerzo con amigas por esa tristeza. Llamé llorando a mares a mi mamá y estuve con estuve con ella y con mi papá todo el día”. Karina solo conserva un recuerdo de su hermano: la foto en la que se lo ve bailando junto a Dalal en la fiesta de egresados. “Cuando estoy triste, la agarro. Tal vez no sea tan creyente religiosa, pero cada vez que pasa algo, le pido ayuda a Dani. Él es mi protector”, asegura.

Objetos de Marcelo Daniel Massad

Siempre, el mejor compañero 
Jorge Suárez les entregó a Dalal y a Coco dos rosarios atados que su hijo llevaba colgado al morir: el blanco que le había dado su madre y el marrón que recibió en el ejército. El soldado les contó lo que había pasado la noche del 11 de junio. La compañía B del Regimiento de Infantería Mecanizada 7 Coronel Conde, de la que formaban parte Dani y él, recibió la orden de replegarse. Al darse cuenta de que los soldados que estaban en otra fila de la trinchera no habían escuchado ese mandato, corrió a avisarles que tenían que abandonar Monte Longdon. Ellos pudieron hacerlo. A Marcelo Daniel Mossad lo mató una ráfaga de ametralladora. Un dolor imposible de aceptar. Eso fue lo que Dalal atravesó con los ojos abiertos. “Una mañana, abrí la puerta de casa dispuesta a tirarme debajo de un auto. Mi hermano tuvo que agarrarme de los brazos para que no lo hiciera. Me salvó el tener criar a mis hijas. Coco y yo tratamos de no mostrarnos destruidos delante de ellas. En 1983 empezamos a formar la comisión de familiares de caídos en las Malvinas. En noviembre de 2017 nos avisaron que, por el estudio de ADN que nos hicieron, habían logrado identificar el cuerpo de Dani”. El 26 de marzo de 2018, Dalil visitó de nuevo el cementerio de Darwin. En esa tercera vez, sabía que su hijo estaba en la tumba a E. “Por fin, Dani”, le dijo. Hoy, Dalal habla de un dolor manso, un sentimiento que, para ella, se parece mucho a la paz. “Dios nos prestó a Dani por 19 años”, acepta. 

Dalal y Coco
 

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