Agustín “Soy Rada” Aristarán vuelve a meterse en el universo de Roald Dahl, esta vez como Willy Wonka en Charlie y la fábrica de chocolate, que se estrena el próximo 4 de junio en el Teatro Gran Rex y promete ser el suceso de las vacaciones de invierno. El elenco se completa con María del Cerro, Sebastián Almada y un grupo de talentosos niños.
Entre la ternura, la oscuridad y el delirio, habla sobre el personaje icónico, la fantasía, los sueños y esa obsesión muy personal con el orden y la limpieza.
—Venís de hacer muchos personajes muy queridos para vacaciones de invierno. ¿Qué te trae de nuevo Willy Wonka?
—El desafío de hacer un personaje al que siento súper cercano y, al mismo tiempo, no. Porque es muy complejo en su construcción interna. Tiene mucha ternura, mucha niñez, pero también mucha adultez y oscuridad. Y algo hermoso: el deseo genuino de que ganen los buenos. Wonka genera todo para que eso suceda. La historia además me conmueve mucho. Varias generaciones crecimos con Charlie, ya sea desde los cuentos o desde las películas. Y esta es la segunda vez que hago una obra basada en un libro de Roald Dahl, así que me pasan muchas cosas con este universo.

—La historia tiene fantasía, pero también una crítica social muy fuerte. ¿Qué te gustaría que se lleve la gente después de verla?
—Hoy se escucha mucho eso de “hay que soñar”, y sí, está buenísimo. Pero también hay que trabajar para ese sueño. En Charlie pasa algo muy interesante: él no soñaba con tener una fábrica de chocolate. Primero soñaba con algo mucho más simple, que era poder comer un chocolate y saber todo sobre ellos. El sueño grande termina apareciendo como consecuencia de esa pasión. Eso me parece hermoso. Elaborar, insistir, apasionarse por algo… y después quizá llega algo que ni siquiera sabías que soñabas. Y lo más lindo es que, finalmente, ganan los buenos.
—Los Oompa Loompas siempre terminan salvando situaciones dentro de la historia. En tu vida cotidiana, ¿para qué te gustaría tener unos Oompa Loompas?
—Para que me limpien la casa (risas). Soy bastante obsesivo con la limpieza y el orden. Tengo muchas cosas en casa, así que me encantaría tener unos Oompa Loompas buena onda que vengan, acomoden, limpien y de paso dejen la comida hecha.
—Si tuvieras un golden ticket para entrar a cualquier lugar del mundo, ¿qué elegirías?
—Me gustaría entrar al backstage real de los parques de Disney. Soy mago y me fascina entender cómo funcionan las cosas. Pero tengo una contradicción: quiero verlo y al mismo tiempo no quiero romper la ilusión. Cuando voy a Disney y veo, no sé, el cierre escondido de un personaje, mi cabeza entiende todo… pero otra parte de mí quiere seguir creyendo que Pluto existe de verdad.

—Cada chico que entra a la fábrica tiene una obsesión. ¿Con cuál te identificás más?
—No me identifico tanto con las obsesiones de los otros chicos porque están todos bastante desbordados (risas). En realidad, los padres están más locos que ellos. Pero sí me identifico con Charlie desde la pasión. Él vive apasionado por el chocolate y yo soy igual con lo que hago.
—Cuando Charlie entra a la fábrica aparece un mundo completamente delirante. ¿Qué parte de tu vida tiene ese delirio y cuál es totalmente opuesta?
—Mi vida tiene bastante delirio y estoy feliz de que sea así. Pero también soy mucho más ordenado y tranquilo de lo que la gente imagina. Creo que la parte menos delirante de mi vida es la paternidad. Juego muchísimo con mi hija desde que nació, pero ella siempre entendió perfectamente cuándo el juego termina y empieza la vida real: hay que hacer la tarea, bañarse, comer, irse a dormir. Ahí no hay delirio posible.
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