viernes 30 de octubre de 2020

SOCIEDAD | 24-04-2020 18:12

¿Por qué las generaciones mayores son mucho más que población de riesgo?

Más allá de los cuidados y precauciones que merecen de cara a esta pandemia, hay razones de peso -demográficas, emocionales y económicas- para entender que la edad de la madurez no puede ser nunca un portal a la marginación ni a la pena. Acá, diversos especialistas explican de qué va realmente la llamada "revolución senior".

Valeria García Testa
Valeria García Testa

Periodista.

Muchas veces la edad se transforma en casi un secreto de Estado, un número que se miente, se recela, fastidia, avergüenza o se lamenta. Con cada nuevo aniversario, se suma una pieza más al rompecabezas que terminará armando el pasaporte de los exiliados de la “juventud, eterno tesoro”. ¿Cuándo se recibe la gente de “persona mayor”? ¿Al cumplir 45, 50, 55? ¿Al llegar a la edad jubilatoria?

La pregunta implica incertidumbre e incomodidad porque pareciera que la sociedad entera comienza a recular cuando le toca atravesar ciertas barreras etarias y vaticina que después de ellas viene la debacle.

Coronavirus a un lado, la proyección demográfica global sigue estimando que la cantidad de personas con más de 65 años se duplicará entre 2020 y 2050 y llegará a dos mil millones. La industria del bienestar y del alargamiento de la vida se da de narices con el formateo mental antiguo que cataloga (y limita) a la gente por su año de nacimiento. La tensión está en juego, hay una nueva batalla por la inclusión que aspira a conquistar socialmente la certeza de que todas las personas son (y somos) necesarias, más allá de la edad que tengan.

Más y mejor

Sebastián Campanario, autor de Revolución Senior, el auge de la generación +45 (Sudamericana) y uno de los máximos responsables del Instituto Baikal, resalta que la discriminación etaria, conocida como “edadismo”, es la única que hacemos sobre nosotros mismos. Inés Castro Almeyra, politóloga y cofundadora de Nau Experiencias, una plataforma online que ofrece experiencias para personas de todas las edades, agrega que es la más extendida en el mundo y, sin embargo, permanece invisibilizada.

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En épocas donde se consiguieron avances en términos de igualdad de género, identidades sexuales o discapacidad, por ejemplo, aún se padece esta mirada prejuiciosa que le tocará (más tarde o más temprano) a todo ser humano. “La longevidad ya no es una experiencia personal sino un fenómeno social”, dice Castro Almeyra. Graciela Zarebski, psicogerentóloga y directora de la carrera y posgrado en Gerontología de la Universidad Maimónides, explica que las personas tienen que lograr sostener la discordancia que hay entre cómo se sienten y cómo se ven:

“Uno puede sentirse joven eternamente, porque sigue conectado con los deseos, fantasías, proyectos y vínculos y eso hace que el psiquismo sea joven; pero, al mismo tiempo, el organismo se va desgastando y hay que reconocerlo, admitirlo y reconciliarse con la inevitabilidad”. Zarebski reconoce que la resistencia al paso del tiempo se da en todos, en mayor o menor medida, y que es clave hacer un trabajo interno. Cuando no hay aceptación, aparece el quirófano o el vestirse como si se tuviera 30 años menos, lo que delata el pavor por lo cronológico.

“Estamos obsesionados con la edad pero hay estudios que empiezan a cuestionar este determinismo. Hay trayectorias de vida, que dependiendo de un montón de factores, inciden en nuestro ciclo vital –dice Castro Almeyda-. Dos personas de la misma edad cronológica pueden tener indicadores psicofísicos muy diferentes, algunos más parecidos a personas con 10 años más o 10 años menos”. Por eso, la escritora estadounidense Gina Pell creó el concepto de “perennials”: un grupo de interés multietario que se mantiene en aprendizaje constante, conectado con la tecnología y que no se identifican con la categoría de joven o viejo.

Para la psicóloga Clara Coria, autora de Aventuras en la edad de la Madurez (Paidós), el verdadero miedo al envejecimiento es a la marginación social. “La peor marginación es la que hacen de sí mismas las personas mayores cuando reniegan, disfrazan o victimizan el privilegio que la vida les ofreció al haberle otorgado años”, asegura.

En septiembre pasado, Coria organizó una exposición de artistas plásticas que trabajaron sobre las arrugas: “A las arrugas se las considera impúdicas porque exponen al desnudo –y sin vergüenza- las pasiones vividas, tanto las gozosas como las sufrientes, desde dolores irremediables hasta orgasmos inolvidables. Cada ciclo que culmina ofrece otras aperturas para quien esté disponible a continuar la aventura de vivir”. La psicóloga plantea que el patriarcado convierte a las arrugas, sobre todo a las femeninas, en “fantasmas antieróticos” y se pregunta si lo “indeseable” e “impúdico” será el atrevimiento de tener un cuerpo que acumula años y continúa erotizado y anhelando placer sexual.

Cero “pasivos”

Otra enorme limitación se da en el campo laboral. “El 90% de los avisos de empleo en la Argentina no incluyen a personas de más de 50 años, muchas de las cuales pueden tener aún la mitad de su vida laboral por delante”, afirma Sebastián Campanario. “En las mujeres todo esto se agrava porque, a las desigualdades a lo largo de sus vidas dadas en el tiempo que dedican al cuidado o las brechas salariales, se agrega una presión extra por la imagen y la lucha con el tiempo se vuelve encarnizada”, asegura Inés Castro Almeyra.

Campanario señala que, si bien hay un aumento de la edad promedio de CEO´s en algunas empresas, la crisis argentina está pegando muy fuerte en los mayores de 40. “Son los primeros empleos formales atacados porque son los más costosos”, explica.

Gabriela Halperin está al frente de Diagonal, una ONG que trabaja por la (re)inserción laboral demayores de 45 años. Además de bogar por un mercado laboral más consciente, la ONG se concentra en lo que cada persona puede modificar: la definición de su perfil, redefinir qué quiere hacer en esta etapa, dónde se va a posicionar, cuáles son las credenciales educativas que necesita y trabajar la emocionalidad para salir del estado de vulnerabilidad.

Si bien Halperin describe un paradigma social en el que aún se prioriza la vitalidad por encima de la trayectoria; también relata cambios interesantes: la consultora Adeco, por ejemplo, dejó de convocar en sus búsquedas a “Secretaria”, por ejemplo, para llamar a “Persona para puesto de secretaría”, sin más. O Accenture que viene trabajando con fuerza las políticas de diversidad incluyendo la edad.

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El caso de Francia es un faro: está creciendo allí el llamado “CV ciego” donde se prohíben los datos personales. “Acá no hay legislación pero nosotros tratamos de que saquen el rango etario de los avisos. De a poco, están entendiendo que la edad es otro de los factores para pensar la diversidad y que además puede ser un gran valor”, dice. Lejos de las grietas, no se trata de una pulseada entre los más y menos jóvenes, o entre los menos y más viejos. No pasa por una competencia sino por la complementariedad.

Para Campanario, la forma más interesante de abordar el tema, tanto en las políticas públicas como a nivel corporativo, siempre es a través del diálogo intergeneracional. Además, ni las personas +45 son todas responsables, ni las -45 son todas mentalmente flexibles. “Son variables que se presuponen sin cuestionarse. Por eso hay que educar y guiar a los tomadores de decisión en temáticas de empleabilidad y que atraviesen los prejuicios”, sostiene Halperin.

Jaque a la industria

Hay muchos intereses comerciales en vender productos y servicios para lograr “la eterna juventud” como la mejor vida posible, así que es beneficioso para muchos que el edadismo siga vigente”, explica Castro Almeyra.

Campanario señala que aunque la vejez se asocie a valores negativos, como la enfermedad o la dependencia, más del 70% de los +60 son autoválidos. “La publicidad reproduce los prejuicios y las empresas pierden así un mercado que solo en los Estados Unidos dispone de unos 15 billones de dólares para gastar y al que únicamente se le ofrecen cursos de golf y pegamento para dentaduras”, describe.

Es bastante frecuente leer o escuchar definiciones del estilo “los 50 actuales son los 40 de antes”. En el fondo, se trata, una vez más, de un prejuicio que termina sacando edad en vez de asumirla. “Lo que hay que cambiar es la percepción mental que responde a patrones anticuados sobre lo que es tener 50 actualmente”, afirma Castro Almeyra. Zarebski ha estudiado cómo las personas se representan a sí mismas el proceso de envejecimiento y encontró que mientras hasta hace unos años la gente dibujaba su vida como una montaña y establecía la edad madura en el descenso; ahora cada vez más lo hace como una línea recta de crecimiento o de estabilidad.

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“Las investigaciones demuestran que quien logra un buen pasar en su vejez dibuja una línea en “U”, donde el punto más bajo es la mediana edad –una etapa de enorme exigencia- y luego sube, por la plenitud que se puede alcanzar en la vejez. Podemos vivir muchos más años pero hay que ponerlos en valor y del lado de la vida”, apela. Clara

Coria es tajante: “Lo que realmente separa la juventud de los años posteriores, no son las arrugas sino la falta de entusiasmo. Hay que hacer de la edad un tiempo en busca de desafíos que nos llenen de excitación”, opina. La verdadera revolución pareciera empezar al pensarse cada uno en tanto persona deseosa y deseante, sin pasarse por el filtro de la edad y haciéndole frente a los prejuicios sociales. Después de todo, quien no pueda domar esos preconceptos negativos, terminará siendo su primera víctima.

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Valeria García Testa
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