lunes 30 de marzo de 2020

SOCIEDAD | Hace 1 semana

Coronavirus: cómo es vivir el aislamiento lejos de casa

Malena del Campo es una periodista argentina que desde hace 3 años vive en España. Cuando comenzaron las medidas para frenar la pandemia en su país de residencia todo cambió. En esta nota cuenta cómo es vivir la cuarentena en una nación ajena.

Las personas que elegimos vivir lejos de nuestro lugar de crianza y de los vínculos primarios, vivimos con una intransigente saudade.

Esa tristeza tanguera nos acompaña siempre, es permanente y fiel. Admito que puedo sentir orgullo por ignorarla o desplazarla en los momentos de máximo disfrute y goce de la existencia.

Sin embargo, está ahí, latente, como un virus que necesita el escenario propicio para expandirse, propagarse y colonizar nuestras vidas.

Este escenario de cuarentera, de exilio obligado, nos convoca a pensar. Nos obliga, mejor dicho. No pretendo ser una gurú espiritual que habla de repensarse, no usaré frases optimistas y no daré ninguna estrategia para salir ilesos de esta maratónica jornada domiciliaria.

Este evangelio es un intento de desenmascarar todos los pensamientos que suceden cuando debes permanecer en tu casa, en España, a diez mil kilómetros de lo que, anteriormente, era tu hogar.

Mientras el vil coronavirus se extendió por China, los países occidentales no hacían más que hacer micros breves en sus telediarios. Los más creativos, le dedicaban algunos memes. Los más ignorantes, aprovechaban para escupir su xenofobia.

En primera persona cómo vivir la cuarentena en otro país
China, el primer país afectado por el Coronavirus bajó la cantidad de contagios

Luego fue Irán, pero la población mundial aún no sabe dónde se ubica en el mapa, sólo saben que tiene petróleo. Ahora sí, llegó a Italia, uno de los países europeos menos coquetos de todos: pánico mundial.

Después de eso, la cronología de las noticias sobre el coronavirus no nos permiten ni pestañear. Lo importante, o lo más interesante: China bajó los contagios, Inglaterra dejó al libre albedrío su posibilidad de contagio, Estados Unidos intenta conseguir la patente de la futura vacuna, sólo para los estadounidenses; Israel dice que está por conseguir la vacuna.

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Los números de contagiados, de muertos, de las acciones, de los desocupados, se cambian constantemente. Todo es efímero, nada permanece.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) dio un dato interesante sobre la tasa de mortalidad de los contagiados: 0,7 por ciento. Ese número es variable según edad, sexo y antecedentes de enfermedades.

En primera persona cómo vivir la cuarentena en otro país
Según la OMS la tasa de mortalidad de los infectados es del 0,7 por ciento 

A mayor edad, más posibilidad de morir. Es decir, hay muchas más probabilidades de morir por cáncer, Alzheimer o accidentes de tráfico. Los datos son irrefutables.

Aún así, la psicosis se apoderó de la gente. Ir al supermercado en España es una actividad de alto riesgo por la posibilidad de contagiarse la paranoia reinante. A

copian alimentos, artículos de limpieza, llevan barbijos a pesar de que no es efectivo para evitar contagiar ni contagiarse. El virus puede ingresar por los ojos, como la falta de empatía.

Las cajeras de supermercados son las héroes en esta historia. Ellas sí están en un contexto de altísimo riesgo. Sin embargo, todas las noches se está convocando a un aplauso masivo desde los balcones de las casas, al personal sanitario.

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Así sí, desde la comodidad de nuestro sillón desinfectado, celebro el trabajo ajeno. Mientras, en la tienda me llevo todo el papel higiénico para mí, sólo para mí.

En España, la jerarquía de las necesidades se volvieron extrañas. Las peluquerías, las tintorerías, las tiendas de venta de tabaco, permanecen abiertas. Están dentro del grupo selecto de “servicios esenciales”.

Seamos realistas, quitarnos las canas para omitir la vejez o tener el pijama en condiciones de traje de conferencia, resulta imprescindible. Se puede pasear al perro pero no salir a hacer ejercicio. Es decir, la calidad de vida de la mascota por sobre todo.

En primera persona cómo vivir la cuarentena en otro país
A pesar de las restricciones, en España se permite pasear a los perros

Los juegos de niños de las plazas están encintados por la policía local. Cualquier similitud con una escena del crimen es pura coincidencia.

Las grandes empresas como Decathlon o Burguer King se dan el lujo de iniciar los famosos ERTE (Expediente de Regulación Temporal de Empleo), que significa la suspensión temporal de la relación laboral, sin goce de sueldo.

Los invitan a pedir prestaciones de desempleo. Es decir, el Estado es quien se hace cargo de sus salarios, a pesar de que las empresas hayan tenido un muy buen rendimiento en 2019. Como siempre, la crisis la paga el pueblo.

Dignísimas vacaciones pasará mi hermana en Barcelona, compartiendo un piso de 70 metros cuadrados con otras dos presas. Mientras tanto, los monotributistas – autónomos – deben seguir pagando su aporte ciudadano.

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La bolsa española tocó los mínimos registrados, el mercado desespera y el gobierno vuelve a inyectar dinero para salvar a los privados. Así, convivimos con el peor virus de todos: la deshumanización.

El agravante del encierro puede ser perjudicial para la razón. Por ejemplo, si se muere un familiar, no podemos darle digna sepultura. No puedo ir a abrazarme con los que sobrevivimos.

Ese pensamiento trágico, cíclico, me conduce a otros peores. Irreproducibles. Para refugiarme de mí misma, leo hasta el hartazgo el concepto de absurdismo o filosofía del absurdo.

Cito a Wikipedia, fuente eterna de "sabiduría": “El absurdo es el conflicto entre la búsqueda de un sentido intrínseco y objetivo a la vida humana y la inexistencia aparente de ese sentido.

Se suelen ofrecer tres soluciones al absurdo: el suicidio, la religión o la simple aceptación del absurdo”. Nos invito a aceptarnos, absurdos, sinsentidos, fugaces.

Malena del Campo es periodista egresada de TEA. Escribió en medios digitales como Almagro Revista y fue conductora del programa Modo Under en Radio Roka. 

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