Hace apenas unos días, el césped cuidado de Kongens Have, el jardín real de Copenhague, más acostumbrado a los picnics que al espectáculo de la moda, se llenó con las voces en vivo de un coro de niños mientras la nueva colección de Søren Le Schmidt se movía entre el público. Fue, en todo sentido, una producción típicamente Le Schmidt: teatral, precisa, pensada para sentirse antes que simplemente mirarse.
Nacido en Ølgod, un pequeño pueblo de la Jutlandia rural, Le Schmidt no se inició en una escuela de moda sino en la mercería de sus abuelos, donde de chico tenía vía libre entre tijeras, hilos y rollos de tela. Después se mudó a Copenhague, trabajó como visual merchandiser en Samsøe Samsøe, se formó como sastre y, en 2018, lanzó su propia marca.
Desde entonces, su lista de clientas incluye a algunas de las mujeres más fotografiadas de Dinamarca. Diseñó en varias oportunidades para la reina Mary, incluido su primer look público tras asumir el trono, y sus diseños aparecen habitualmente en las alfombras rojas danesas.

Esa base en la sastrería es, según explica, justamente lo que distingue su trabajo en un paisaje de moda obsesionado con la velocidad. “La sastrería tiene que ver con el tiempo. Con tomarse el tiempo de entender el cuerpo, la construcción, la tela y la persona que lo va a usar”, explica.
“Una tendencia te puede decir qué es relevante hoy. La sastrería excepcional puede convertirse en parte de quién sos”.
Hay algo casi desafiante en cómo lo plantea: un argumento silencioso contra lo desechable y, al mismo tiempo, un elogio al oficio. “Una prenda bien hecha tiene una presencia que una tendencia simplemente no puede reemplazar”.
El contraste como declaración
Si le pedís a Le Schmidt que defina su trabajo, siempre vuelve a lo mismo: la tensión entre lo masculino y lo femenino, la estructura y la fluidez, la severidad y la sensualidad. No es simplemente un recurso al que apela; es casi una manera de ver el mundo.
“No creo demasiado en que la moda esté dividida en categorías fijas”, aclara. “Una campera de sastrería bien hecha puede ser increíblemente sensual. Un vestido muy femenino puede tener algo bastante severo y arquitectónico”.
Lo que cambió, explica, es el motivo por el que persigue esa tensión. Al principio de su carrera, el contraste en sí mismo era la emoción. Hoy le interesa más cómo esos opuestos pueden convivir con naturalidad.
“La ropa no debería decirte quién se supone que tenés que ser. Debería darte la libertad de decidir quién querés ser ese día”, afirma.
Es una filosofía que se extiende también a su manera de hablar de la identidad escandinava, una categoría que parece cansado de ver reducida al minimalismo beige.
“También hay lugar para el glamour, la sensualidad, el humor, la extravagancia y la emoción dentro de la moda escandinava. No tenemos que elegir entre nuestra herencia minimalista y las ganas de expresarnos de una manera más dramática”.
Su propia lectura parte de la precisión escandinava, pero se permite volverse más expresiva y sensual. Dramática, sí, aunque nunca caótica. “Siempre hay un control por debajo”, sostiene.

Vestir a personas reales, no solo pasarelas
Para un diseñador cuyo nombre hoy está asociado a vestidos de la realeza y momentos de alfombra roja, Le Schmidt pone especialmente el foco en diseñar para cuerpos y vidas reales, no para una abstracción.
“Un vestido de novia, un vestido de alfombra roja o un traje a medida pueden convertirse en parte de la historia personal de alguien”, dice. “Es una enorme responsabilidad, pero también una de las partes más gratificantes de mi trabajo”.
Y resume esa idea en una frase: “No quiero que la gente desaparezca dentro de mi ropa. Quiero que la ropa amplifique quién ya es esa persona”.
Es un concepto que atraviesa también su enfoque de la sostenibilidad, un tema que cuida de no convertir en una simple frase de marketing. Buena parte de su última colección está realizada con materiales sobrantes y telas existentes, rediseñadas en lugar de recurrir a nuevos materiales.
“Me parece creativamente interesante esa limitación. Te obliga a mirar un material de otra manera y preguntarte en qué se puede convertir, en vez de simplemente pedir algo nuevo”.
Su argumento sobre el lujo es, en el fondo, también un argumento contra el desperdicio: “El lujo debería tener que ver con la calidad, el oficio, la emoción y la durabilidad, no solamente con el precio”.

Lo que sigue para la moda, y para él
Cuando le preguntan hacia dónde va la industria, Le Schmidt no apela ni al optimismo tecnológico ni a la nostalgia por el oficio artesanal. Quiere las dos cosas al mismo tiempo.
“Tenemos que producir menos, pero cuidar más. Y cuanto más digital se vuelve nuestro mundo, más valioso se vuelve algo hecho por manos humanas”.
Para el diseñador, el futuro de la moda no pasa por elegir entre tecnología y artesanía, sino por encontrar una manera de que ambas convivan.
Es un cierre coherente para alguien que ya atravesó varias reinvenciones: del chico que jugaba con telas en una mercería de Jutlandia al sastre detrás de uno de los looks más importantes de una reina, y de allí a protagonizar desfiles con coros en vivo en jardines reales.
Cuando se le pregunta qué le queda por demostrar, la respuesta se aleja de cualquier grandilocuencia.
“No creo que esté tratando de demostrar que pertenezco. Creo que estoy tratando de demostrar que puedo seguir evolucionando sin perderme”.
Y, casi como si se lo dijera a sí mismo, concluye: “No te achiques para entrar en la idea que tiene otro de lo que debería ser la moda”.
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