martes 17 de septiembre de 2019

MODA | Hace 1 mes

Entrá con nosotros al mundo privado de Evangelina Bomparola

Por fuera de su evidente elegancia radica una mujer decidida, cuya curiosidad abraza tanto la moda como el cine, la música y la literatura. Aquí y ahora, buscando a Eva, más allá de la diseñadora.

Desde hace más de quince años, Evangelina Bomparola marca sofisticación en el circuito de Recoleta. Asimismo, por más que su abuela fuera modista, o que durante su adolescencia manifestara ideales a través de la ropa, la moda no fue su primer amor. La diseñadora, oriunda de Buenos Aires, fue y es, ante todo, una humanista. Una comunicadora.

“Yo que crecí con (Jorge Rafael) Videla, puedo decirte que tengo un lenguaje en el que digo lo que se me canta, pero pocos lo entienden; nadie me puede agredir”, declara desde su estudio, a la vuelta de la boutique de Avenida Alvear. Allí sus días empiezan pasada la mañana, cuando despierta su creatividad, y pueden extenderse hasta altas horas. Nos la encontramos a días de presentar su colección otoño-invierno 2019, "Inmensidad”, en el marco de Designers BA. “Quise hablar de las inmensas posibilidades de hacer mucho con poco”, explica apaciblemente. Y prosigue: “Doy alto valor a las ideas en un país, un mundo, donde parece que las ideas no son lo más importante”. Las ideas de Eva, devota del cine, suelen surgir ante la pantalla grande.

Si tu vida fuera una película, ¿cómo la describirías?
Como una especie de compilado Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988); pero en vez de besos, juntaría pedazos de películas. Doctor Zhivago (David Lean, 1965). Rocco y sus hermanos (Luchino Visconti, 1960). Las alas del deseo (Wim Wenders, 1987). La mía la dirigiría (Martin) Scorsese, porque contextualiza social e históricamente a todos sus héroes, sus protagonistas, y a mí me gustan mucho los contextos.

Todo filme tiene un soundtrack. ¿Cómo es tu relación con la música?
Desde que me levanto hasta que me acuesto, siempre hay alguna canción repiqueteando en mi cabeza. Lo musical viene de familia: en casa siempre había una radio prendida, un disco girando, un cassette. De chica cantaba y tocaba guitarra. Estudié diez años de conservatorio, me formó un montón. Más allá de lo caótico de una partitura, llena de manchas negras, la música es matemática y te permite razonar sistemáticamente. Yo soy igual. Pareceré caótica, desordenada, pero tengo una suerte de método que no falla.

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En tu estudio cuelgan pósters de The Velvet Underground y Radiohead. ¿Qué representan?
Lo de Velvet tiene que ver con el trabajo en equipo. Personas muy talentosas que se juntaron a hacer algo experimental, espontáneo, y lograron un sonido compacto y homogéneo. No importaba lo que vendían, sino lo que los hacía felices. Por más utópico que parezca, sostengo la ilusión de que algún día volvamos a eso. Y Radiohead para mí es la suma de todo: conocimiento, talento, modernidad, sustentabilidad, valores. La banda pertenece al mainstream, pero se mantiene al borde y ayuda a pensar.

Antes de la moda, te formaste y ejerciste en comunicación. ¿Cómo relacionás ambos mundos?
Siempre consideré la moda como parte de un lenguaje; quizá por crecer en una época donde todo estaba tan prohibido como ahora. Entonces existía un juego entre líneas. En vez de andar con carteles, si tenías una túnica con estampas hindúes o batik ya te adherías a algo. Así milité con los hippies a favor de que aparecieran los desaparecidos. Creo que ese código se mantiene. Si trabajás en moda y la leés como un fenómeno social, basta con “escanear” a una mujer para darte cuenta de un montón de cosas.

¿En qué pensás cuando te “escaneás” frente al espejo?
En el paso del tiempo, en las ojeras, en alguna amiga que se hizo algo (estético). A mí me daría horror mirarme y no reconocerme. Y lo traslado a todo: a la imagen, a lo que te estoy diciendo, a lo que voy a hacer cuando te vayas. Lo importante es no traicionarme y que, al final del día, mi reflejo me deje dormir tranquila.

¿Qué encontramos si abrimos tu agenda?
Papelitos, fotos, facturas, cosas tachadas o bien escritas. Las reuniones las anoto con lápiz, con la esperanza de moverlas. Para fechas fijas como cumpleaños, uso tinta. Y los recordatorios de “ir al banco” o “llamar al contador” se mueven en post-its, semana tras semana, hasta que termina el año.

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¿Los libros que más leíste?
-La insoportable levedad del ser (Milan Kundera, 1984).La república (Platón, 280 AC). Madame Bovary (Gustave Flaubert, 1856). El retrato de Dorian Gray (Oscar Wilde, 1890). El palacio de la luna (Paul Auster, 1989). También leo mucha poesía, especialmente de (Jorge Luis) Borges, a quien empecé a entender hace unos años. No hay que obligarse con la lectura. A algunos autores los entendés en determinado momento, y con otros quizá se te va la vida. Me pasa con (Gabriel) García Márquez: destaco sus notas periodísticas, pero no puedo con sus libros. A mi hijo (Beltrán), que estudia cine y es re lector, le pasa lo mismo.

Beltrán tiene diecisiete años y tu hija, Esmeralda, trece. ¿Qué impacto tuvieron en tu vida?
Cuando sos mamá de grande, a los treinti, tenés otra madurez. Hay libertades que no tranzás ni a palos. Antes de tenerlos, intenté organizarme para que mis hijos fueran puro goce. Cuando llegaron, se me dio vuelta todo. Un hijo es una obra maestra, un verdadero amor. Aunque esté casada con Juan (Pons) desde hace casi veinte años y nos amemos y riamos como el primer día, sabemos que el deseo y la voluntad se pueden ir. Un hijo, en cambio, es para toda la vida. Cuando hablo con ellos, desde lo más sagrado a lo más profano, desde lo más profundo a lo más vanidoso, digo: “Pucha, qué bien la hice”. Aprendo mucho.

¿Cuál es tu lugar en el mundo? 
Italia. Escucho el idioma y es como si me abrazaran mis abuelos. Nunca lo estudié formalmente, pero entiendo perfecto y hasta te hago el cantito. Me vuelvo especialmente loca con Venecia y Florencia, porque mi época favorita es el Renacimiento. Soy una humanista; creo en todos sus principios.

¿Qué entendés por belleza?
Armonía. Lo bello no tiene que ver con un absoluto, sino con algo que despierta una emoción. Yo, por ejemplo, encuentro belleza en las imágenes más desgarradoras de (Robert) Mapplethorpe. Aun así, en sus muestras, hay gente que no puede con eso y prefiere observar la foto de la cala por tres horas. Hay bellezas convencionales, bellezas perturbadoras, pero la armonía engloba todo. Eso y los contextos, que dan cierta autoridad a las imágenes. 
 

at Matías Tortello

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