Thursday 23 de July de 2026

FOOD | Hoy 08:02

Temporada de trufas: qué son y tres restaurantes para probarlas en Buenos Aires

Con la llegada del invierno, la trufa negra atraviesa su mejor momento y aparece como protagonista de platos que privilegian su perfume intenso y complejo. Tres restaurantes proponen distintas maneras de descubrir uno de los ingredientes más preciados de la gastronomía.

Pequeña, de superficie irregular y apariencia discreta, la trufa es capaz de transformar un plato con apenas unas láminas. Su verdadero valor no reside tanto en el sabor como en un aroma penetrante, terroso y difícil de reproducir, que puede recordar a los hongos, las nueces, el ajo, la tierra húmeda y las notas animales.

En la Argentina, la temporada de cosecha de la trufa negra de Périgord se extiende aproximadamente desde mediados de mayo hasta mediados de septiembre. Por eso, los meses más fríos ofrecen una oportunidad especialmente atractiva para probarla fresca, rallada al momento y sin que pierda la intensidad que la distingue.

 

Temporada de trufas

 

¿Qué es la trufa?

Aunque suele incluirse dentro de la misma familia gastronómica que los hongos, la trufa tiene una particularidad: crece completamente debajo de la tierra. Es el cuerpo fructífero de un hongo que vive asociado a las raíces de determinados árboles, especialmente robles, encinas y avellanos.

Esta relación se conoce como simbiosis micorrícica. El hongo obtiene carbohidratos del árbol y, a cambio, contribuye a que sus raíces absorban agua y nutrientes del suelo. Esa dependencia explica por qué su cultivo requiere condiciones muy específicas y no puede desarrollarse en cualquier terreno.

Al permanecer escondidas bajo tierra, las trufas no pueden reconocerse a simple vista. Para encontrarlas se utilizan perros especialmente entrenados, capaces de detectar su aroma entre las raíces sin dañar el entorno.

De Europa a la Argentina

Existen numerosas especies, pero solo algunas poseen verdadero interés gastronómico. Entre las más reconocidas se encuentran la trufa blanca de Alba, asociada con la región italiana de Piamonte, y la trufa negra de Périgord, cuyo nombre científico es Tuber melanosporum.

La trufa negra es originaria del sur de Europa y ocupa desde hace siglos un lugar central en las cocinas francesa e italiana. Tradicionalmente se utiliza en pastas, huevos, quesos, patés, risottos y preparaciones con manteca o crema, ingredientes capaces de acompañar su personalidad sin ocultarla.

En la provincia de Buenos Aires, la localidad de Espartillar, cerca de Sierra de la Ventana, se convirtió en uno de los puntos de referencia para su producción. Allí, las características calcáreas del suelo permiten cultivar trufas negras entre las raíces de miles de robles, encinas y avellanos.

¿Por qué es un ingrediente tan exclusivo?

El carácter excepcional de la trufa responde a una combinación de factores. Su producción demanda árboles previamente inoculados con el hongo, suelos adecuados, años de espera y un control constante de las condiciones ambientales. Incluso cuando el cultivo prospera, cada ejemplar debe localizarse individualmente bajo tierra.

A esto se suma su fragilidad: una trufa fresca conserva sus mejores cualidades durante muy pocos días. En la producción argentina se estima una vida útil no mayor a diez días, siempre que permanezca refrigerada y correctamente almacenada.

Su calidad está determinada, ante todo, por el perfume. Una revisión científica reciente señala que el aroma define sus usos culinarios, su valoración comercial y gran parte de su atractivo gastronómico. También advierte que los aceites, salsas y productos “sabor trufa” pueden recurrir a aromatizantes y no necesariamente reproducen la complejidad de un ejemplar fresco.

 

Temporada de trufas

 

Cómo se utiliza en la cocina

La trufa no suele ocupar el centro del plato por volumen, sino por presencia aromática. Generalmente se emplean apenas unos gramos por porción, rallados o laminados sobre la preparación poco antes de servir.

El calor excesivo puede reducir la intensidad de sus compuestos volátiles, por eso suele incorporarse en el último momento. Los huevos, las papas, las pastas, los quesos, la manteca y las salsas cremosas funcionan como aliados naturales: sus sabores relativamente neutros permiten que el aroma se exprese y permanezca en boca. La práctica culinaria habitual utiliza entre tres y siete gramos por plato.

Durante la temporada, tres restaurantes de Buenos Aires y sus alrededores proponen diferentes formas de acercarse a este ingrediente.

Chizza: trufa rallada al momento

En Chizza, el restaurante del chef Franco Malacisa en Los Cardales, la trufa fresca se incorpora mediante un rallado al momento sobre cada plato. El gesto no es meramente visual: permite que el calor de la preparación libere gradualmente su perfume y que el ingrediente se integre sin perder identidad.

Entre las opciones se encuentra una papa con huevo frito, jamón ibérico y trufa fresca, una combinación que reúne texturas cremosas, salinas y crocantes. También aparece sobre una sopa de brócoli y en unos spaghetti con espárragos y Parmigiano Reggiano.

Para quienes prefieren las carnes, la propuesta incluye un ojo de bife con hueso acompañado por salsa de trufas. Los platos se integran a una carta de inspiración mediterránea con pastas artesanales, pescados, carnes y entradas para compartir, servida en una casona restaurada de fines del siglo XIX.

PORTE: quesos, pastas y combinaciones personalizadas

En Recoleta, PORTE trabaja durante la temporada con trufas negras cultivadas en Espartillar por Trufas del Nuevo Mundo. Facundo Berti, socio, chef y fromelier del espacio, propone descubrirlas a través de una selección de quesos intervenidos y distintas preparaciones de la carta.

La experiencia permite sumar trufa fresca a pastas, huevos y papas, tres bases sencillas que funcionan especialmente bien para apreciar su perfume. La posibilidad de incorporarla a elección convierte la degustación en una experiencia más personal: el comensal puede comparar cómo cambia el ingrediente según la textura, la temperatura y la intensidad del plato elegido.

Más que construir un menú rígido, la propuesta busca mostrar la versatilidad de un producto de cosecha limitada y explorar su afinidad con quesos de diferentes estilos.

L’Atelier Bistró: una experiencia de inspiración francesa

En L’Atelier Bistró, en Martínez, la temporada se aborda desde una mirada francesa y a través de un recorrido que incluye entrada, plato principal y postre.

La experiencia comienza con un paté de pato con trufas y pan de nuez, acompañado por la sugerencia de una copa de rosé francés. La untuosidad del paté y las notas tostadas del pan permiten que el perfume de la trufa aparezca de manera gradual.

El recorrido continúa con uno de los platos característicos de la casa: ñoquis soufflé artesanales con hongos y trufas frescas. La preparación puede acompañarse con Pinot Noir, un vino que dialoga con los matices terrosos sin competir con ellos.

El cierre es el paso más inesperado: un cremoso de chocolate semiamargo al 70%, sal de trufas, crumble de chocolate y butterscotch. La incorporación de la trufa al mundo dulce juega con el contraste entre cacao, caramelo, salinidad y notas terrosas. La casa sugiere acompañarlo con un vino de cosecha tardía, cuya frescura equilibra la intensidad del postre.

La temporada es breve y la disponibilidad depende de cada cosecha. Tal vez allí resida parte de su atractivo: la trufa no es un ingrediente cotidiano, sino una experiencia atravesada por el tiempo, el territorio y la oportunidad de probarla en su mejor momento.

at redacción Marie Claire

Galería de imágenes

Accedé a los beneficios para suscriptores

  • Contenidos exclusivos
  • Sorteos
  • Descuentos en publicaciones
  • Participación en los eventos organizados por Editorial Perfil.

En esta Nota

Comentarios