sábado 18 de septiembre de 2021

CULTURA | 18-05-2021 20:30

A 20 años de “Yo soy Betty, la fea”, la novela que mejor se anticipó a su tiempo

Hace exactas dos décadas se emitía el capítulo final de un “culebrón” que invitó a pensar y repensar los mandatos sociales y los numerosos corsets de la moda y la belleza.

Wilson Sastoque, el hombre de seguridad de Ecomoda, hábitat casi absoluto de “Yo soy Betty, la fea”, está parado en la entrada de la empresa. Pasan dos modelos preguntando por la entrevista y aparte de ser muy amable no para de mirar a esas dos mujeres hasta que desaparecen de la escena, como si nunca hubiese visto una.

 

Una heroína atípica

Cuando aparece Beatriz Aurora Pinzón Solano, Betty, a preguntar por lo mismo, Wilson pone mala cara y le dice que entre. Toda la secuencia es desde la mirada de Betty. En el ascensor se ve a una mujer corriendo para llegar a tomarlo y nadie detiene la puerta, un signo de que en Ecomoda la que pisotea primero es la que gana.

Al salir, Betty se cruza con la persona más fea (pero fea de veras) de la empresa: Hugo Lombardi, el diseñador. “La sala de juntas queda allá al fondo, acá estamos ensayando. Ni se le ocurra por chiste, ¿me oyó?”, dice casi gritando Hugo, dándole la espalda a Betty.

El comienzo de la telenovela colombiana creada por Fernando Gaitán, muestra cómo una mujer es discriminada por ser “fea”, dependiendo de los ojos, o cerebro, contaminados de quién la mire.

Betty es muy amable con todos pero parece que estuviese acostumbrada a dar explicaciones todo el tiempo de por qué está en cierto lugar, porque solamente con su presencia pone incómodos a los demás.

A pesar del maltrato que sufre Betty, todos los días en cualquier ámbito de su vida, nunca deja de ser educada. Incluso, corre con suerte desde el primer capítulo ya que Armando, el nuevo director de Ecomoda, decide que quiere una mujer capaz de manejar idiomas y que pueda resolver problemas a su lado en la empresa.

 

Una pregunta aún latente y poderosa: ¿Y qué?

La telenovela colombiana reúne todos los ingredientes de una gran historia. Una oficina de moda que parece un zoológico demuestra a más de un televidente que alguna vez en la vida se comportó así de feo, o mejor dicho, que le enseñaron directa o indirectamente a ser así con alguien “distinto” al estereotipo que nos venden las grandes marcas.

“Yo soy Betty, la fea” fue un éxito de 335 capítulos, emitida en 180 países y con al menos 28 adaptaciones en el mundo. El guion tiene la porción justa de cada ingrediente: descaro, maldad, humor, ternura, torpeza y amor.

El comienzo es duro pero esperanzador; el enredo muestra una Betty fuerte y demostrando que no siempre tiene que ser la “fea”, sino que es mucho más y lo puede demostrar; el final es emocionante pero sin dejar atrás ese halo de fealdad que le impusieron, pero aún así Beatriz Aurora Pinzón Solano se seca las lágrimas, abraza esa niña de barrio que fue y camina, con una sonrisa sin brackets.

Con o sin, al final, ¿qué importa? Si la telenovela saldría hoy, sin dudas que se llamaría: “Yo soy Betty, la fea, ¿y qué?”. 

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