martes 22 de junio de 2021

SOCIEDAD | 09-02-2021 12:21

Vuelta a clases: la importancia de un protocolo emocional para regresar al aula

Resultará de suma importancia darle voz a los chicos, escucharlos y generar espacios donde pongan en palabras todo lo traumático acontecido.

Ante todo es importante tener presente que la escuela durante este tiempo siguió funcionando, aunque claro, no de la misma manera, ni con el mismo alcance. Es decir, que cuando pensamos en la vuelta a clases, hablamos de clases presenciales.

Es de público conocimiento el problema de conectividad electrónica, pero también social: quienes en el transcurso del año pasado no pudieron acceder a las propuestas escolares por razones materiales, pero también quienes no pudieron hacerlo por la dificultad en la adaptación a la virtualidad, al encuentro con sus docentes y pares a través de una pantalla.    

Nos enfrentamos con que repentinamente algo irrumpió, la pandemia, algo para lo que no estábamos preparados, no teníamos representaciones previas y ante esta situación inesperada, fue necesaria una acomodación para sostener la escolaridad sin escuela tal como la conocíamos.

Es decir, no fue un pasaje sin más de la escuela presencial a virtual. La enseñanza virtual es compleja, por lo cual cada alumno, alumna, escuela y docente, se fue instrumentando y dando respuesta como pudo. Así se visibilizaron complejidades pre-pandemia, problemas estructurales y de larga data. Quedaron en evidencia no solo las desigualdades sino también la naturalización de las mismas, el hecho de que no se les diera lugar, como si fueran lógicas, esperables e inevitables.

La importancia de la vuelta a clases para aprender en el lazo con el otro

No hay que olvidar que en la escuela se abren posibilidades de acceso al conocimiento, espacios que propician el mismo, y aún en condiciones adversas, esto se da necesariamente en lazo con otros. En este contexto, ese lazo tal como lo conocíamos, se vio diluido, y por eso se volvió necesario pensar nuevas formas de sostenerlo.

En un primer momento, algunas instituciones escolares siguieron adelante casi como si nada hubiera pasado. Pero enviar tareas no es sinónimo de enseñar, y responderlas no es sinónimo de aprender, ya que los niños y niñas no solo aprenden lo que se les enseña de manera directa y estructurada.

Todo lo que no forma parte de lo curricular, de los contenidos, también es aprendizaje. Por eso me pregunto a que nos referimos con continuidad pedagógica, a que hubo que darle continuidad y si esta es posible desarticulada de la continuidad vincular. En relación a esto, también es importante pensar sobre la figura de docentes, como esos otros en relación a los cuales se aprende.

El desafío consistió desde un comienzo, en encontrar modos de estar presentes, porque de esta forma se posibilita el establecimiento de un vínculo que resulta central para el aprendizaje. Aprendemos recibiendo algo que el otro dona, su presencia, su tiempo, su mirada, su escucha, y los niños-alumnos como sujetos activos necesitan ser mirados, pero también tener habilitado un lugar para mirar.

Pensando en la "vuelta" a clases

Es esencial saber de antemano que cuando se vuelva no se volverá a la misma escuela, es decir, hablamos de volver, pero no a lo mismo. Es por eso que más que a qué escuela volvemos, se podría pensar hacía que escuela nos dirigimos. Y con ello es necesario reflexionar sobre las condiciones necesarias para que niños, niñas y adolescentes puedan habitar el colegio de manera presencial, teniendo en cuenta este contexto.

Si pensamos en la “vuelta” hoy, quedamos ubicados de alguna forma entre la falta y el exceso. Falta de seguridad plena respecto a las condiciones y exceso de medidas que serían necesarias para poder sostener la presencialidad. Protocolos que afectan no solo a alumnos, sino también a  docentes, madres, padres y a cada integrante de la comunidad educativa. Entonces, se vuelve necesario nuevamente, pensar que ocurre en el plano vincular, teniendo en cuenta que se aprende en el lazo con el otro. Pero ¿qué ocurre cuando ese otro es un posible contagiador?, ¿se puede aprender con miedo?

Resulta esencial que estén garantizadas las condiciones de cuidado para que la escuela no se transforme en un lugar peligroso. Será necesario anticipar, aunque no se sepa con certeza lo que va a suceder. Es decir, enunciar  los “posibles posibles” y que esto permita identificar intervenciones medianamente adecuadas, sin olvidar detenerse en cómo se va a trabajar, en como los docentes van a enseñar, como los alumnos van a aprender, pero sabiendo que con miedo no se puede. Habrá que reflexionar también, sobre cómo posibilitar un encuentro. Pensar de que forma recibirán las escuelas, como esperarán a sus alumnos: si con exigencia, con apuro por terminar contenidos y “recuperar el tiempo perdido”, o por el contrario, alojando, con ternura, afecto, pensando en lo que fueron los momentos sin contacto social, haciendo realmente que el retorno pueda ser habitado y sentido.

Allí resultará de suma importancia el dar voz a los chicos, escucharlos, generar espacios donde pongan en palabras todo lo traumático acontecido, donde puedan decir que les pasó en todo este tiempo, a ellos y a sus seres queridos. Hablar de emociones, sentimientos, miedos que pudieron sentir, y no hacer de cuenta que nada ocurrió y seguir enseñando matemática sin más. Que esto habilite de esa forma la tramitación, pudiendo construir la posición de un sujeto de aprendizaje, abriendo espacios para que esto ocurra. Es decir, que advenga no un objeto pasivo que solo absorbe contenidos, sino un sujeto activo que pueda decir. Darle la palabra a los alumnos para saber qué hacer con eso, y como adultos  intentar sostener. Esto ese encuentra en relación con poder pensar la escuela como práctica subjetivante, potenciando los lazos sociales y también la posibilidad de disfrutar del aprender con otros. Eso seguramente, constituya un desafío, así como  promover el deseo de aprender y el deseo de enseñar, revisando las propuestas y revalorizando el rol del docente. También será importante poder pensar en el otro no como posible contagiador, sino como semejante, como par, como amigo.

Lo anterior entonces, hace referencia a garantizar el bienestar emocional de los alumnos y no preocuparse únicamente por su rendimiento académico. Esto puede traducirse en no esperar a que lleguen y estén listos para continuar allí donde dejaron, ni seguir como si nada, sino por el contrario, darles también lugar para pensar que pasó en este tiempo, donde estaban en ese momento, cuando todo comenzó, y donde se encuentran ahora. Hacer, estar y ser en el encuentro con otros. No esperar tampoco que de pronto se establezca una nueva normalidad, sino pensar en construir nuevas cotidianeidades. 

Por Eliana Tornatore
Lic. en psicología (UBA) Psicoanalista
Especialista en niñez y adolescencia

 

 

 

 

 

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