Andreas Koutepas se encuentra en Afganistán desde marzo como jefe de misión de Médicos Sin Fronteras. Desde allí describe la vida cotidiana de las mujeres en un país donde su existencia en el espacio público se achica cada día.
“Desde agosto de 2021, cuando los talibanes tomaron el poder en Afganistán, una serie de decretos ha ido expulsando sistemáticamente a las mujeres de la vida pública y social. Está prohibido salir de casa sin un acompañante masculino. Se suspendió el trabajo en la mayoría de los sectores. La educación se interrumpe después del sexto grado. La presencia en el espacio público solo está permitida con el cabello y el rostro cubiertos. Es un entramado de normas que, en conjunto, restringe de manera drástica la propia existencia de las mujeres en la esfera pública.”

Una crisis sanitaria anunciada
Para Médicos Sin Fronteras, uno de los puntos más alarmantes es la prohibición de que mujeres y niñas se formen en el área de la salud. Esto significa que en pocos años Afganistán no tendrá suficientes médicas, enfermeras ni parteras, ni para el sistema nacional ni para organizaciones humanitarias.
En muchas regiones, los médicos hombres no pueden atender a pacientes mujeres. Y ya hoy las profesionales de la salud son pocas. Las nuevas restricciones hacen inevitable una crisis sanitaria aún más profunda, dejando a la mitad de la población sin acceso real a atención médica.
Desde octubre pasado, las organizaciones humanitarias que trabajan en el paso fronterizo de Islam Qala, entre Afganistán e Irán, enfrentan obstáculos severos. Las autoridades impusieron límites estrictos a la cantidad de mujeres que pueden trabajar. Donde antes trabajaban más de cien mujeres, hoy se permite menos de diez. El acceso a servicios básicos de salud se redujo drásticamente.

La “policía moral” y el miedo cotidiano
Estas restricciones son aplicadas por el llamado “Ministerio para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio”, conocido como la policía moral. Patrulla calles, comercios y hospitales, controlando y sancionando a quienes no cumplen las normas. Aunque algunas reglas también afectan a los hombres, las consecuencias más duras recaen sobre las mujeres.
En el Hospital Regional de Herat, donde trabaja Médicos Sin Fronteras, recientemente se prohibió el ingreso a mujeres que no estuvieran “correctamente cubiertas”. Primero se exigió burka; luego, tras reclamos, se flexibilizó a cubrir el cabello y usar máscara médica.
Aun así, muchas mujeres hoy dudan en buscar atención médica para ellas o para sus hijos. Llegan a emergencias cuando su estado ya es grave. Algunas nunca llegan. Hubo mujeres que viajaron dos o tres horas y no pudieron ingresar al hospital por “vestimenta inadecuada”.

La violencia que se vuelve norma
Las colegas de Koutepas hablan del futuro con desesperación. “Nuestra vida terminó”, dicen. “No podemos estudiar, crecer ni avanzar”.
El costo psicológico de esta violencia sistémica es enorme: intentos de suicidio, dependencia de psicofármacos, aumento de ansiedad y depresión. La violencia doméstica es extendida y casi no existe apoyo estatal. El 8 de diciembre, una médica de 23 años de Médicos Sin Fronteras, madre de un niño de dos años, fue presuntamente asesinada por su esposo. La noticia conmocionó a todo el equipo.
Tras ese crimen, lo que más impactó fue la reacción de las otras trabajadoras: “Ya no nos sorprende. Se volvió normalidad”.
Otro hecho devastador fue la decisión de prohibir a todas las estudiantes avanzadas de Medicina presentarse a los exámenes de certificación. Años de esfuerzo quedaron anulados. El sueño de convertirse en profesionales de la salud quedó suspendido por decreto.
No es tradición: es exclusión sistemática
Koutepas reconoce que, como persona de otra cultura, le cuesta comprender completamente la realidad que viven las mujeres afganas, y aún más aceptar que estas restricciones se hayan naturalizado.
Lo que ocurre en Afganistán no es una particularidad cultural ni una tradición aceptada pasivamente. Muchas mujeres tienen aspiraciones y proyectos, como estudiar medicina o contribuir a su sociedad. Sin embargo, enfrentan barreras que les impiden concretarlos.
Médicos Sin Fronteras advierte que, si se mantiene la prohibición de educación femenina, en diez o quince años podría producirse una grave escasez de personal médico femenino, poniendo en riesgo el acceso a la salud de la mitad del país.
Mientras tanto, la organización continúa ofreciendo capacitaciones al personal femenino para sostener su desarrollo profesional y fortalecer sus habilidades médicas.
Andreas Koutepas participó en misiones humanitarias en Malawi, Etiopía, Yemen, Sudán del Sur, Ucrania, Nigeria e India. Desde marzo dirige la misión en Afganistán. Médicos Sin Fronteras desarrolla siete programas en el país, principalmente en hospitales, con foco en salud reproductiva, tuberculosis, emergencias y atención primaria. Es una de sus misiones más grandes a nivel global, con más de 3.500 trabajadores locales y 120 internacionales.
Este artículo se publicó originalmente en MC Greece.
at redacción Marie Claire
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