lunes 11 de noviembre de 2019

SOCIEDAD | Hace 3 meses

¿Cuánto hablamos, conocemos, sabemos y compartimos sobre menstruación?

La regla, el asunto, el período, estar sonada o indispuesta o en esos días y mil maneras más de decir que estamos menstruando, sin decir que estamos menstruando. 

Una pensaría que uno de los beneficios de trabajar en un lugar con mayoría de mujeres sería poder hablar con total franqueza sobre ciertos “asuntos”. Y la realidad es que sí, ese beneficio es un hecho, pero hasta cierto punto. Quiero decir, se puede pedir una toallita porque “te vino” -aunque entre murmullos y no sin sentir vergüenza, no sea cuestión de que los pocos varones que circundan se den cuenta de tu situación-, pero si incursionaste en algún otro sistema de gestión menstrual como la copita o las toallitas de tela, mejor llamate al silencio, a no ser que estés dispuesta a aguantarte un montón de comentarios de mujeres espantadas.

Pareciera que podemos debatir con honestidad sobre temas más profundos como el aborto o la violencia de género, pero cuando se trata del ciclo de 28 días al que se ve sometido naturalmente nuestro cuerpo, nadie quiere “sacar los trapitos al sol”.

No nos culpo, llevamos siglos de no nombrar la menstruación, de negarla a tal punto que, justamente, los trapitos que nuestras madres y abuelas usaban para gestionar su período se lavaban y colgaban de noche: no podían asomarse a la luz del día, no fuera cosa que se colaran en el campo visual de algún vecino curioso.

La menstruación es un asunto tan íntimo, tan femenino, que no tiene -o al menos hasta ahora no tuvo- lugar en una sociedad patriarcal. Pero así como la sangre que baja con fuerza y tiñe cualquier obstáculo que se cruce en su camino, así también se filtra el tema en la agenda feminista y hoy es centro de campañas, proyectos de ley, debates en los colegios en el marco de la ESI, inspiración artística y difusión publicitaria pero también informativa en medios. Llegó la hora de hablar de menstruación a calzón quitado.

NO HAY DÍA EN QUE NO ESTEMOS EN “ESOS DÍAS”
Tal vez a ustedes no les haya tocado vivir esto pero, hubo un tiempo en que cuando contestabas con mal humor o reaccionabas sin paciencia ante determinada situación, lo primero que te preguntaban era: ¿Qué te pasa? ¿Te vino?. Si bien suele asociarse la posibilidad de cambios de humor repentinos durante la fase menstrual del ciclo, debido a la baja producción de estrógenos, durante las otras tres fases que completan las cuatro semanas -en el más común de los casos, es importante recordar que puede variar tanto como seres menstruantes hay en el planeta-, también padecemos una revolución hormonal.

Durante la segunda fase -llamada folicular- que sucede al sangrado, aumenta la producción de estrógeno y también se incrementan los niveles de progesterona, lo que supone además, un aumento de energía y mejor humor, ya que ambas hormonas influyen en la producción de serotonina (que, a grandes rasgos, es un neurotransmisor que nos hace sentir bien).

Sin embargo, luego de la ovulación, que sucede aproximadamente en el día 14 del ciclo, vuelve a variar la producción de estas hormonas y otra vez se hacen frecuentes los cambios de humor hasta volver a empezar la primera fase con la aparición del sangrado. Todo el ciclo se vuelve a repetir. Pero los cambios de humor no son los únicos cambios a los que nos vemos sometidas constantemente, también hay cambios físicos internos y externos, ¡todo el tiempo!

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LAS MUJERES REALES TENEMOS SANGRE ROJA
Hasta hace un par de años, en las publicidades de toallitas femeninas, cuando se hablaba de súper absorción para que nos sintiéramos más cómodas y protegidas, esta acción se ilustraba volcando un líquido azul sobre el apósito. Recuerdo un tuit -que tendrá ya unos seis años- de Male Pichot que decía: “Fact: Se puede mostrar sangre en las publicidades, siempre y cuando sea de las encías y no de la vagina”, y enseguida una respuesta cuestionaba: “@malepichot vos no menstruás azul?”.

En su libro, Cosa de Mujeres (Sudamericana), Eugenia Tarzibachi cuenta que en las primeras publicidades de Kotex de Kimberly Clark (que fueron los inventores y promotores de la toallita femenina) se metaforizaba el cuerpo de las mujeres como campo de batalla y la menstruación como un enemigo que debilitaba y victimizaba a la mujer, pero la sangre de la menstruación no se mostraba jamás.

“Lo que no se nombra no existe”, asegura el filósofo francés George Steiner, estamos en condiciones de afirmar que lo que no se muestra, tampoco. Casi un siglo después, somos testigos de un cambio de timón: el líquido azul al fin es rojo. “La menstruación no es azul, es roja.

Por eso, todas las marcas empezamos a comunicar con el mismo tono enfocándonos en la estrategia de empoderamiento, donde Kotex lideró el cambio hace más de 3 años. Venimos trabajando en derribar mitos y tabúes relacionados a la mujer. El último cambio de paradigma fue que la menstruación no es ni debe ser jamás un problema”, asevera Claudia Cassella, brand manager feminine care de Kimbery Clark. Podemos sentirnos más o menos representadas por algunas líderes de la lucha feminista, pero esta batalla -parafraseando a esas primeras publicidades de “cuidado femenino”-, se la debemos a ellas.

UN FACTOR MÁS DE DESIGUALDAD ECONÓMICA
La brecha salarial de género en nuestro país promedia el 26 por ciento
, según un informe del Centro Atenea publicado en 2018. A esto deberíamos sumarle que una mujer destina aproximadamente $2000 anuales a la gestión menstrual, que más del 36 por ciento de las asalariadas están en situación de informalidad y que la mitad de las mujeres en nuestro país gana menos de $6300 mensualmente (315 dólares estadounidenses) según los datos compilados en 2018 por la campaña Menstruacción.

Es decir que no solo ganamos menos, sino que gastamos más, y no en bienes de consumo que nos generan placer, sino en productos de higiene femenina. “¿Qué ocurriría, por ejemplo, si de pronto, por arte de magia, los hombres pudieran tener la menstruación y las mujeres no?”, se preguntaba Gloria Steinem en su manifiesto Si los hombres pudieran menstruar, por el año 1978.

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“La respuesta está clara: la menstruación sería un acontecimiento de hombres totalmente envidiable y del que se podría presumir”, se autorespondía y a continuación enumeraba un sinfín de beneficios que se asociarían a este hecho privilegiado. “Compresas y tampones recibirían subvenciones federales por lo que serían gratuitas”, imaginaba Steinem.

Esa desigualdad que Gloria en el otro rincón del planeta ponía en evidencia hace más de 40 años, es la que aún padecemos a nivel global. Cientos de campañas alrededor del mundo se movilizan para luchar para que la menstruación deje de acentuar esta desigualdad. En nuestro país, Menstruacción, impulsada por Economía Femini(s)ta cuenta con un proyecto de ley que propone, entre otras cosas, la quita del IVA de los productos de gestión menstrual y la distribución gratuita de métodos de gestión menstrual en escuelas, cárceles y otros espacios comunitarios.

COPITA O TOALLITA, ESA ES LA GESTIÓN
Antes dijimos que los ciclos pueden ser tan diferentes como personas menstruantes, también la gestión de esa menstruación puede tomar diferentes caminos que exceden aquellos que estamos tan acostumbradas a andar como la toallita y el tampón. En el último tiempo, se ha descubierto que estos métodos clásicos de gestión menstrual, no son inocuos. Pueden generar alergias y otros malestares más graves por los químicos y materiales con que están realizados y también se asocia el uso de tampones con el Síndrome de Shock Tóxico (SST), una infección que puede tener consecuencias serias.

Pero además, suponen un riesgo para el medio ambiente, no solo por la deforestación consecuencia de la extracción de materia prima para su realización, sino por la contaminación que su descomposición genera: no son productos biodegradables.

Los caminos alternativos no suelen ser demasiado conocidos porque no tienen tanta difusión, ni tampoco están tan al alcance de la mano, ya que se comercializan generalmente a través de Internet.. La copita menstrual, por ejemplo, fue patentada por primera vez a principios del siglo XX y estaba hecha a base de caucho vulcanizado. En el año 2000 cuando se fabricó en silicona se ofreció al mundo como una alternativa más saludable, económica y ecológica. Una de las mejores soluciones que ofrece la copa menstrual es que puede usarse en momentos críticos como para meterse en la piscina.

En nuestro país se comercializan diferentes marcas, el precio de la mayoría ronda los $1000, pueden resistir hasta 12 horas de sangrado y tienen una vida útil aproximada de 5 años. Otra opción sustentable, saludable y económica son las toallitas de tela, más baratas que la copa, pero tienen una vida útil menor (3 años), precisan mayor recambio (cada 6 o 7 horas) y ponerlas a punto para su reutilización también requiere mayor compromiso de nuestra parte.

Las esponjas marinas se han utilizado para retener el flujo menstrual durante miles de años. Se presentan como una alternativa natural, de origen animal, 100% biodegradables, hipoalergénicas; pueden usarse incluso durante las relaciones sexuales, pero su manipulación exige un poco más de habilidad.

También existe una nueva tendencia que se conoce como “sangrado libre”, que consiste en menstruar sin compresas, ni tampones, ni copa menstrual, ni ningún producto de higiene íntima. Para evitar que la sangre manche, lo que se hace es contener el flujo con la fuerza de los propios músculos (similar a la contracción que proponen los ejercicios Kegel) y relajarlos en el baño, expulsando todo el sangrado. Si la técnica de la esponja vegetal requiere destreza, ¡ésta ni se imaginan! 

at Mariela Raffaelli

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