sábado 19 de junio de 2021

SOCIEDAD | 03-06-2021 10:00

A 6 años de #NiUnaMenos, ¿por qué no cesan los femicidios?

Se ganó la calle, hay más visibilización que nunca, pero casi a diario nos sacudimos con la noticia de una menos. Una respuesta adecuada (e integrada) del Estado y la Justicia, más educación y un involucramiento real de todos los actores son algunas de las cuentas pendientes.

Valeria García Testa
Valeria García Testa

Periodista.

Todas las personas deberíamos ser libres de hacer, sentir, decir, amar, relacionarnos sexualmente, vestir, estudiar y trabajar y vivir dónde y cómo queramos.

Pero si en Argentina sucede un femicidio cada 23 horas, significa que esa premisa tan básica está lejos de cumplirse y que la violencia machista tiene estructuras rígidas sobre las que puede erigirse y salirse de la norma a su antojo.

El corset cultural detrás de esa realidad aprieta como una pinza: la mujer es santa y madre o puta y atorranta (y las de esta última categoría, claro, son descartables).

“La palabra ‘puta’ se escucha en todos los testimonios que atraviesan la violencia machista. Al considerar que esa mujer es una atorranta, el macho se auto-habilita a golpearla para disciplinarla”, explica la psicóloga Antonella D´Alessio, cofundadora de la Red de Psicólogxs Feministas. “El machismo nos encierra en una cajita de la que no podemos salir y cuando lo intentamos sufrimos algún tipo de violencia”, completa. 

Una radiografía compleja

Estamos ante una problemática entretejida con hilos que terminan anudándose: el aspecto psicológico –que hace que algunos encajen como anillo al dedo en el molde rígido del machismo-, el policíaco legal –donde el patriarcado sigue siendo el telón de fondo- el sociológico –que implica una desigualdad estructural y estereotipos culturales de género. ¿Cómo salir del laberinto?

A fines de marzo pasado, el padrón autogestionado Observatorio Lucía Pérez contabilizaba 81 femicidios, 127 marchas y movilizaciones y 65 huerfanxs por violencia patriarcal desde principios de 2021. Apenas 25 días después, la misma organización mostraba la dureza de la actualización de los datos: 101 femicidios, 142 marchas y 80 huerfanxs. 

“La violencia machista no era un problema hasta que las mujeres, las feminidades, empezamos a decir que esto era un problema y que no nos lo íbamos a bancar más, como colectivo”. Antonella D´Alessio.


Por su parte, la Línea 144 del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad recibió 29.706 comunicaciones durante 2020. Pero además hay provincias que tienen líneas propias de atención y que producen sus informes.

“Ante la falta de información unificada en el país y la necesidad de tener estadísticas confiables, desde el Ministerio desarrollamos un Sistema Integrado de Casos de Violencia por Motivos de Género (SICVG), que va a contribuir a unificar las denuncias y las consultas, ya que funcionará con la información que aporten organismos públicos de todos los niveles del Estado con competencia sobre esta temática”, explica Carolina Varsky, Subsecretaria de Programas Especiales de dicho ministerio.

No es casual que lograr una estadística nacional sea todo un desafío: hasta hace poco la violencia machista era contundente pero invisible. 

 

Ganar la calle

En noviembre de 1983, Mabel Montoya, una promotora de artículos del hogar, saltó de un cuarto piso para evitar ser violada por un cliente. Murió en el hospital y su fallecimiento dio origen al Tribunal de Violencia Contra la Mujer, una organización que nucleó a feministas que por primera vez se movilizaron públicamente denunciando la violencia en contra de las mujeres y los crímenes sexuales, un tema tabú para la época. 

La historiadora Natalia Milanesio contextualiza: “Desde los 80 hasta ahora, hay casos clave que por el nivel de crudeza tuvieron un fuerte impacto mediático, abriendo la discusión pública sobre diferentes manifestaciones de la violencia machista y movilizando a la sociedad y especialmente a las mujeres activamente en contra de la misma”, dice. Entre esos “hitos” se encuentran: en los 90, el crimen de María Soledad Morales, puso en evidencia la relación entre misoginia, desigualdad de clase, poder político y abuso de menores; en los 2000, la desaparición de Marita Verón introdujo la discusión pública sobre la trata de mujeres y la esclavitud sexual. 

“En 2015, el Ni Una Menos es la explosión de la acumulación de frustración, vulnerabilidad y lucha de los 30 años anteriores. Es un momento de movilización excepcional que se dispara con el asesinato de la adolescente embarazada Chiara Páez en manos de su novio pero que condensa el hartazgo y la furia histórica de las mujeres y el colectivo trans, que no recibe la misma cobertura mediática con el drama del travesticidio”, dice Milanesio. 

En su repaso por las bases de la violencia machista, D´Alessio especifica que tiene que ver con conceptos y verdades que parecen incuestionables porque así lo fueron durante décadas.

“En muchos lugares del mundo, todavía hoy, los varones tienen derecho a ‘educar a los golpes a sus mujeres’ porque se supone que siempre tienen la razón, este invento de la modernidad donde se armó una dicotomía entre razón/emoción; masculino/femenino; ámbito público/ámbito privado. Esa dualidad se sigue sosteniendo. Necesitamos que se refuerce la idea de que los géneros no tienen nada de natural ni de dado y que todo eso se construye socialmente y así también se puede deconstruir”. 

“El empoderamiento necesita una base material concreta Mujeres educadas, económicamente independientes, con acceso a vivienda y empleos dignos son sujetos más difíciles de violentar”. Natalia Milanesio

Sabemos en carne propia cómo nos vino moldeando y encorsetando el patriarcado. Al escuchar a D´Alessio relatar que las raíces del machismo son simbólicas, históricas, culturales y sociales es imposible no pensar en otras esclavitudes.

La especialista subraya que ninguna revolución es de un momento a otro y que en general empieza a partir de que quienes son víctimas de opresión, descubren y visibilizan esa violencia. A partir de ahí comienza una revisión retrospectiva tratando de comprender de dónde sale.

“Creo que eso es lo más importante de entender: la violencia machista no era un problema hasta que las mujeres, las feminidades, empezamos a decir que esto era un problema y que no nos lo íbamos a bancar más, como colectivo”, dice. 

 

¿Justicia? 

Muchos casos con desenlaces fatales fueron primero denuncias no suficientemente escuchadas.

“Cuando hablamos de la necesidad de una reforma judicial feminista, nos referimos precisamente a este tipo de situaciones en que las víctimas no reciben una escucha empática y acorde a las situaciones que están atravesando, hablamos de la necesidad de que las investigaciones y las distintas intervenciones de la administración de justicia sean contextualizadas, que tomen en cuenta las particularidades de las violencias por motivos de género, que las medidas de protección tengan seguimiento y sean acordes a los distintos niveles de riesgo, que las respuestas sean a tiempo, porque la justicia que llega tarde, no es justicia. En este marco, es importante destacar que el Poder Ejecutivo Nacional creó el Consejo Federal de Prevención y Abordaje de Femicidios”, afirma Varsky. 

Melisa García es presidenta de ABOFEM, una asociación de abogadas feministas, y sostiene:

No es una cuestión de leyes más duras ni de pedir penas más gravosas desde el punto de vista penal, sino que tiene que ver con la aplicación de normas y de un cambio de paradigma respecto de la posesión y los roles de mujeres, varones, disidencias y otras identidades y de un sistema que oprime y genera asimetrías”.

Ella afirma que el patriarcado sigue estando vigente en la estructura del poder judicial, en su diagrama y en la forma de elección y manifestación de sus integrantes. Tomando en cuenta que cada territorio tiene sus propias particularidades, Varsky asume que hay que avanzar en transformaciones concretas en las fuerzas de seguridad, en los poderes judiciales, capacitando a quienes trabajan en distintos organismos para que estén preparados y sepan detectar el grado de riesgo latente en cada caso.  

 

Pilares urgentes

El desafío es desarmar roles, mandatos y estereotipos de género desde los primeros años de vida de las personas. Para la socióloga Dora Barrancos, el Estado tiene que invertir en la educación para cambiar la currícula escolar y formar con perspectiva de género a los agentes educativos y a todos los recursos humanos de las fuerzas de seguridad. 

“Además, hay que comprometer a organismos, como los gremios que tienen actividades históricamente de desempeño masculino, y hacer acuerdos para que varones les hablen a varones sobre varones. Esto es fundamental y no lo estamos haciendo, pero hay que articularlo a nivel local”, apunta y resalta que debería haber fueros especializados en la Justicia. 

“Hay que comprometer a organismos, como los gremios que tienen actividades históricamente de desempeño masculino, y hacer acuerdos para que varones les hablen a varones sobre varones”. Dora Barrancos.


Natalia Milanesio cree también en la urgencia de eliminar los modelos tóxicos de masculinidad: “Socialmente, criar un hijo feminista es tanto o más importante que criar una hija feminista. Este es un trabajo de todos: la familia, el Estado, la escuela, las instituciones, los medios”. 

¿Cómo se pueden favorecer desde la crianza de las nuevas generaciones las alianzas entre varones que no pasen por la complicidad machista? El psicólogo Luis Ávalos, con un postgrado de especialización en Violencia de Género y miembro de la Red de Psicólogxs Feministas, dice:

“Quienes hemos sido socializados como masculinidades tenemos muy incorporada la idea de que debemos pertenecer y ser leales al ‘club de los varones’, y yo creo que un verdadero proceso de deconstrucción de la masculinidad requiere que se rompa la alianza con ese ‘club’. Es clave que se fomente el respeto por lxs otrxs y que dejemos de reproducir estereotipos de género”, sostiene. 

Él acuerda con que la nueva etapa en la revolución contra el patriarcado y sus consecuencias implica involucrar a los hombres (principalmente los varones cis heterosexuales) para que puedan repensar el modo en que se ubican en la sociedad y abandonar prácticas machistas. Adelanta que es una tarea tan necesaria como difícil.

“Todos, todas y todes necesitamos entender que el patriarcado mata, excluye, enferma”, afirma Ávalos.

Otra cuestión clave que señala Milanesio es que poner fin a la violencia machista necesita de un empoderamiento femenino que tenga una base material concreta: “Mujeres educadas, económicamente independientes, con acceso a vivienda y empleos dignos son sujetos más difíciles de violentar ya que van a ser más reactivos y estar más preparados para la violencia si esta ocurriera”, sostiene.

Hablar de femicidios angustia. Pero concientizarnos sobre el poder que vamos ganando y las variables que están en juego son llaves para transformar la realidad y darnos una vida donde seamos libres. De hacer, sentir, decir, amar, relacionarnos sexualmente, vestir, estudiar, trabajar dónde y cómo queramos. 

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Valeria García Testa
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