jueves 18 de abril de 2019

SOCIEDAD | Hace 3 semanas

¿Existe la moda feminista?

Javier Arroyuelo se pregunta si la moda avanza junto con las mujeres en sus reclamos de igualdad, más allá de la incorporación de accesorios simbólicos.

La irrupción por cientos de miles en las calles, en las instituciones y en los medios, de los colectivos de mujeres de todas las edades, en lucha por sus derechos y contra las violencias sexistas y la instalación efectiva de sus reivindicaciones en todos los planos de la vida cotidiana, produce ciertos efectos que, por lo curiosos, uno no había previsto. 

Por. Javier Arroyuelo


Es así cómo en la prensa papel y en las páginas virtuales dedicadas al rubro de la moda, se informa y se comenta, con frecuencia creciente, acerca de una supuesta moda feminista. Al día de hoy mi radar personal no ha detectado aún semejante fenómeno, que, de existir, sería notable por sus efectos y alcances inmediatos.


Por otra parte, los datos que estas notas aportan están lejos de darle visos de realidad. Lo que se ofrece como evidencia es escaso y poco informado: algunas referencias históricas erróneas no, no fue Cocó Chanel quien originara la supresión del corsé y algunas camisetas de marcas encopetadas impresas con slogans como The future is female o We should all be feminists, desfiladas en salones de lujo. 
Simpáticas instafotos, si se quiere, pero débiles en parangón con el álbum de estereotipos dictados por la norma patriarcal. En cambio, en este espejismo periodístico no hay nada que justifique la sospechosa denominación moda feminista, un sinsentido que difícilmente podría cobrar forma. 


En efecto, en sus respectivos estados actuales, la industria de la moda y los movimientos feministas son dos realidades perfectamente antagónicas. Existen, por cierto, por fuera o al límite de la esfera oficial de la moda, creadoras y creadores independientes de prendas, y también fotógrafa/os y cronistas, que se identifican como feministas y expresan sus convicciones en su trabajo, con propuestas que difieren, sutil o radicalmente, de los modelos establecidos por el sistema para vestir los cuerpos de la gente, según sus necesidades y deseos, cualquiera sea el género que cada cual haya adoptado. Pero, que quede claro, la moda institucional nunca fue feminista ni nada deja prever que vaya a serlo en un futuro inmediato. A lo largo del siglo de la moda moderna, iniciado en torno a la primera Guerra, producidas por las industrias del vestido y de los cosméticos en conjunción con la prensa especializada, las empresas publicitarias y la industria del espectáculo, produjeron imágenes de alta penetración social, en total concordancia con la norma patriarcal. 

Liubov Popova


Apariencias ideales, tipos de belleza, pautas de comportamiento, un reglamento completo de labores para alcanzar y no ser excluida de una artificial feminidad modélica en continua variación. Porque no era ni es ni su vocación ni su función, la moda institucional nunca generó las audacias de vestuario, que en todo tiempo expresaron rupturas y disidencias con el pensamiento convencional, pero, ávida de novedades, fue siempre rauda para captarlas y, adaptándolas a sus formatos, hacerlas suyas.


Pero las innovaciones inconformistas que trajeron cambios vinieron de iniciativas exteriores, de la calle, de la vida. En Inglaterra, con más de medio siglo de anticipo sobre la liberación del cuerpo femenino que se atribuyera Paul Poiret, grupos de artistas de los pre rafaelitas a Oscar Wilde y de mujeres pioneras del feminismo, impulsaron y practicaron entre 1850 y 1890, la reforma del vestido de la era victoriana, abandonando el corsé y promoviendo prendas interiores y exteriores amigas del cuerpo pero enemigas de la ornamentación superflua. La moda no precede ni impulsa los cambios de costumbres pero los refleja con tal acuidad que, a posteriori, son sus imágenes las que ilustran mejor el espíritu de las diferentes épocas. 


Enunciaré obviedades necesarias:
1) el objetivo de la moda es cambiar no el mundo sino la pinta de gente.


2) no fue la minifalda lo que impulsó, en los países del norte, el movimiento de liberación de los años 1960, pero sí ellas la eligieron como signo rotundo y así devino uno de sus símbolos, a la par de un logro de otro modo esencial: la legalización de la píldora anticonceptiva.

Diseño de Lucía Chain


Poco importa que lo de ‘moda feminista’ no sea finalmente más que una astucia comercial. Sentimos, y por tanto sabemos, que no es la reconversión al rosa shocking de los signos de neón y los leds en los pasillos del shopping mall lo que la época requiere. No se trata de remplazar la brillante fachada de la moda por una empalizada sobre la que un signo proclame en grandes letras ‘moda feminista.’ 


Lo que se debe derribar es la ideología que sostiene el edificio y que es la misma que impera a lo largo y a lo ancho del mundo neoliberal, entre las cuales las relaciones asimétricas de poder y de estatus, totalmente naturalizadas, entre hombres y mujeres y entre héteros y gays, la dureza de los modos de producción, la perpetuación de los estereotipos binarios.


Pero si ‘moda feminista’ no es más que una fórmula torpe, resulta en cambio estimulante pensar no un sistema de moda sino una red de modos de vestir igualitaria, inclusiva de todas, todos y todes, sin diferenciaciones pero cultora de las diversidades, y por lo tanto decididamente opuesta a la uniformidad que hoy se busca imponernos, pensada a medida individual, en la que cada persona esté vestida de sí misma.

Diseño de Liubov Popova
 

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