lunes 27 de septiembre de 2021

SEXUALIDAD Y VíNCULOS | 14-06-2021 19:00

Bajo las garras de una parisina: La revelación

En su nueva columna, nuestra querida y multifacética Alex Pandev se enfrenta a una ecléctica lista de vivencias, tan reveladoras como "prohibidas".

Alex Pandev
Alex Pandev

Actriz, cantante y escritora.

Mi padre era un pelotudo y mi madre una alcohólica perdida. Siempre me pregunté si mi madre tomaba para olvidar al pelotudo con el que se había casado o si mi padre se había vuelto pelotudo e tanto ver a su mujer ponerse en pedo. En fin...

Crecí en un ambiente tristemente caótico y sórdido en el que las palizas -físicas y emocionales- no escaseaban. Y yo cada noche le rezaba a la bóveda celeste para que me concediera, de grande, el don de la felicidad y la plenitud.

Ya había encontrado un trébol de cuatro hojas y eso era un buen augurio para mi destino futuro. El señor Baudet, nuestro portero, no paraba de repetírmelo, clavando su mirada en mi pollerita azul marino… Aunque yo no tuviera la menor idea de cómo sería ese famoso destino, presentía vagamente su aspecto.

Las pocas amigas que tenía me susurraban que la felicidad era el acto amoroso y que cuanto más lo practicabas, mejor te sentías: llegabas al Paraíso. ¿El PARAÍSO? Fue como una revelación. Mi revelación.

A partir de entonces, escondida bajo las escaleras de nuestro edificio gris, me dejé toquetear la bombacha de algodón por el hijo del vecino. Y después por su primo. Y su hermana. Y sus amigos. Y los amigos de sus amigos. Incluso un día por el señor Baudet.

Me había vuelto una celebridad. Y me encantaba. Todo el mundo quería acariciarme, poseerme. Yo abría las piernas y me llegaba el placer... Mis primeros tiempos en el Paraíso.

Mi auténtica primera vez no fue una revelación... Pero como tenía talento, exploré ese nuevo terreno buscando más y más compañeros de juegos: mientras tanto, mi poder iba creciendo.
Los rumores decían que yo tenía mucho, mucho talento. Y aprendí. Un montón.

Y crecí.

Hoy me encantan las papas salteadas, la avenida de los Champs-Elysées, el champán rosado y el gusto que tiene el placer en mi lengua. Pero no solo eso.

Cuando paso por un cuarto, llamo la atención de todo el mundo. Y eso también me encanta.No es que sea particularmente linda. No. Más bien lo contrario.

Hay chicas mucho más flacas, mucho más altas, mucho más rubias, mucho más elegantes, mucho más lo que sea que yo.

Pero tengo algo más, algo indefinible, que hace que cuando camino con mis zapatillas de ballet Repetto compradas únicamente en la rue de la Paix en París, sé que los que me rodean contienen la respiración. Y me encanta. 

Mi sex appeal está sencillamente construido sobre un abismo de desesperación que solo yo conozco. Debo tener algo especial… Una mirada, un aliento, una voz… Pero no solo eso... Algo que no domino pero que provoca chispas eléctricas.

Creo que eso es lo que me hace lucir así: ese balanceo que se parece al de una chica de las islas sin isla, a una chica solar sin sol, que vive desnuda debajo de sus vestidos porque eso le resulta lindo y suave, y le gusta.

Es algo que no se aprende: se respira, se encarna, se lame, se acaricia. Algo que te domina. Salvaje, voraz, brutal y a la vez dulce como un praliné. No soy una cazadora, ni siquiera una predadora. 

Vivo para el éxtasis, para darlo y recibirlo. Solo porque cuando era chica alguien me susurró que la felicidad podía esconderse ahí adentro. Desde entonces lo persigo... Y huyo de él… Tal vez por miedo a que el que se escape sea él.

Eso no cura ni satisface las desesperadas carencias infantiles, pero a veces alivia… A mis espaldas, comentan que soy una puta. No es verdad. Solo estoy enamorada del amor, es el único tren que encontré para irme a un mundo mejor. ¿Y ustedes? 

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