Thursday 25 de June de 2026

MODA | Hoy 08:02

El mundo privado de Rouse Lasserre: la diseñadora que convierte la imperfección en belleza

Creció en el campo, vivió con su abuela que era la modista del pueblo. Entró al teatro Colón, sin experiencia previa, donde nació su amor por la danza. Trabaja hace años en sastrería, en grandes producciones, con bailarines y actores. En su marca conviven la precisión y lo rupturista.

Para llegar a su atelier hay que pedir cita. No hay un teléfono de contacto directo. Eso genera cierto halo de misterio y, quizá, también cierta distancia.

Sabía que había vestido a Leonardo Sbaraglia, que trabaja junto a Juan Minujín y otros artistas reconocidos, pero la charla siempre se trata de ir develando otras figuras, como las que aparecen en los cuadros que pinta y que se encuentran en distintos rincones de su estudio.

Sin embargo, cuando llegué, eso que en mi mente se traducía como inaccesible se desvanece con la sonrisa cálida de Rouse, que me ofrece café para acompañar la entrevista. Hay algo en ella que mezcla lo misterioso y lo magnético.

Sus prendas juegan entre la precisión y lo rupturista, entre la arquitectura y la danza. Una estética que trabaja sobre siluetas, volumen y prendas que no se ajustan al cuerpo, sino que conviven con él, buscando revelar otras capas: una piel con costuras visibles, con cierta imperfección expuesta. Como en su última cápsula, La belleza de la imperfección, inspirada en el kintsugi, el arte japonés de reparar piezas rotas resaltando sus fracturas en lugar de ocultarlas.

Rouse Lasserre
“Trabajo sobre el cuerpo. Observo lo que cada persona quiere comunicar, y busco que la pieza sea lo más fiel posible a lo que la marca es”.

   

-¿Cómo fueron tus primeros acercamientos al diseño y ese estilo de relato que aparece en tus prendas?

-Nací en el campo, en San Enrique, partido de 25 de Mayo, y después nos fuimos a Saladillo. Nos crió mi papá y mi abuela Nilda, una mujer impecable, coqueta, que era la modista de la ciudad. Trabajaba con moldes y era muy de la perfección. De chica me paraba al lado de su máquina de coser. Ella intentaba enseñarme desde esa estructura, pero yo traía la tijera y desde la intuición quería modificar lo que veía. 

Y creo que ahí también aparece la necesidad de contar historias a través de mis diseños. Cuando terminé el secundario, sabía que quería estudiar diseño y me fui a La Plata. Trabajé en distintas cosas para poder mantenerme, hasta que me enteré, a través de un amigo, de que se abría un concurso en el Teatro Colón.

“Ya era una nena fui muy visual. A los 10 años dibujé mi primer zapato en un papel de la fiambrería donde trabajaba mi papá. Observaba mucho, me hacía preguntas, tenía un mundo interno muy profundo”.

-El Teatro Colón suele imaginarse como un mundo suspendido entre la perfección y la ilusión, pero ¿cómo era realmente vivir entre bambalinas?

-Sin experiencia previa en vestuario de época, me enfrenté al desafío de realizar una manga de estilo renacentista-barroco. Salí convencida de que no iba a quedar porque había muchísima gente del propio Colón concursando. Seis meses después, un día de lluvia, me llamaron y quedé en el área de sastrería. Me mudé a Buenos Aires y trabajé ahí durante cinco años, con momentos muy intensos, lindos y también difíciles. Ahí aprendí la precisión, la rapidez y el contacto con distintos materiales. Eso me dio mucha agilidad para leer cuerpos y manejar distintas situaciones. En mi caso, había también una intuición muy fuerte para entender lo que cada personaje necesitaba. Había algo del escenario que me transformaba. Amo la danza y trabajar con bailarines y actores.

Con el tiempo, empecé a sentir cansancio de ciertas dinámicas e injusticias. Pero yo sentía que ese lugar había sido un puente hacia la construcción de mi propia marca. 

Rouse Lasserre
“Para mí, la sastrería tiene que ver con conservar las líneas, la precisión y los materiales, pero también con permitir que se reescriba en cada diseño”.

-Y en medio de ese no-plan apareció otro lenguaje: el cine. ¿Cómo llegó esa etapa?

-Yo venía colaborando con distintos diseñadores de forma independiente cuando Beatriz Di Benedetto —reconocida vestuarista argentina— me recomienda para trabajar en Sastrería Buenos Aires, un histórico espacio dedicado al alquiler y confección de vestuario para grandes producciones. Ahí empiezo diseñando vestuario de época, un trabajo tan desafiante como enriquecedor. Más adelante surge la posibilidad de participar en la construcción de personajes para series como Santa Evita, El Reino y Limbo. Fue descubrir un universo muy distinto al teatro. 

A través de un amigo llego a Leonardo Sbaraglia. Cuando nos conocemos le llevo referencias de David Bowie, buscando un equilibrio entre su estilo y algo más disruptivo. Un año después me llama para el Festival de Venecia. Le hice un traje en dos días y terminó siendo reconocido por la revista Hollywood Insider. Empecé a recibir muchos llamados felicitándome; fue muy movilizante. Y sentí que todo ese trabajo que venía haciendo en silencio dejaba de ser un susurro.

Ahí entendí que mi marca empezaba a tomar otra forma. Otra vez estaba en un proceso de transformación, pero esta vez la voz empezaba a surgir desde otro lugar. Y creo que eso es una constante en mi vida —sonríe—. 

-Entonces, ¿qué empezaba a revelarse en ese proceso de transformación?

-Definitivamente entendí que era el momento de dedicarle todo a mi marca. Hice cosas muy diversas y eso me dio una gran capacidad de adaptación, pero siempre fui muy leal a lo que soy y a lo que me gusta hacer, incluso en contextos adversos, sosteniendo mi trabajo entre clases, vestuario o encargos que iban apareciendo. Trabajo sobre el cuerpo. Observo lo que cada persona quiere comunicar, y busco que la pieza sea lo más fiel posible a lo que la marca es. Quienes llegan a mi estudio ya resuenan con ese universo, y el proceso se vuelve muy orgánico: se da un vínculo natural entre la prenda y quien la elige.

-¿Y esa manera de mirar también te llevó a pensar la sastrería desde otro lugar?

-La sastrería me dio el oficio, la nobleza de ese hacer y el conocimiento de la puntada. También me enseñó a ser más paciente, entender que cada proceso tiene su propio tiempo. El trabajo artesanal se trata de eso, y es algo que me gusta conservar en mi espacio: redefinir el tiempo, la escucha y la charla con cada persona, crear una atmósfera distinta al ruido que muchas veces hay afuera. Pero al mismo tiempo yo soy pura acción, impulso, y siempre sentí la necesidad de correrme de la norma de cómo “debería” hacerse una pieza. Para mí, la sastrería tiene que ver con conservar las líneas, la precisión y los materiales, pero también con permitir que se reescriba en cada diseño.

Rouse Lasserre
Su trabajo en el Colón le dio mucha agilidad para leer cuerpos y tiene una intuición muy fuerte para entender lo que cada personaje necesita.

-Mentras te escucho, siento que hay muchas vidas vividas—nos reímos las dos—. ¿Qué se abre en esta nueva etapa?

-Me gusta lo que veo hoy en la marca. Es un momento bisagra, pero no desde el quiebre, sino desde la transformación, donde se entrelaza todo el camino transitado.

Siempre quise tocar otros puntos, otras fibras a través de mis diseños, y hoy veo cómo todo confluye. Amo lo que hago y siento que es tiempo de expansión, conservando siempre la esencia de quién soy y de lo que voy siendo. 

Fotos: Juan Lamas.

at Gaby Ratner

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