La silueta natural del cuerpo no necesariamente debe corresponderse con la forma final del vestido. Podemos usar faldas muy anchas teniendo escasas caderas, cambiar las proporciones del cuerpo según caiga el recorte sobre el busto o la cintura, o podemos asfixiar nuestra panza enfundándonos en un corset o una faja reductora. Sabemos que hay tanta variedad de siluetas de moda como corporalidades diferentes habitan a lo largo y ancho del planeta. Sin embargo, más allá de que hablemos de cuerpos vestidos o desvestidos, cuando escuchamos o leemos la frase “silueta femenina”, la imagen que se representa en nuestra mente suele ser la de una silueta delgada, afinada en la cintura, con busto prominente y caderas enfatizadas. Probablemente la mayoría hayamos pensado más en la Venus de Botticelli que en la de Willendorf, salvando los milenios de distancia.
No es que en la actualidad no existan corporalidades con los “rasgos sexuales exagerados” -como suele describirse a la Venus de Willendorf- sino que está lejos del ideal femenino que socialmente se fomenta. Aunque seamos conscientes del valor de nuestros cuerpos más allá de los mandatos y de las elecciones vestimentarias, el estereotipo de feminidad está grabado en nuestro inconsciente colectivo. “El modelo de silueta y el canon de belleza femenina actual es el mismo de siempre. El mismo, diría, desde inicios del siglo veinte. No ha cambiado nada. Es la delgadez, la blancura y la juventud”, asegura Lucía Levy, periodista especializada en moda y fundadora del medio digital La Curva de la Moda. Mercedes Estruch, socióloga y presidenta de Anybody Argentina, agrega que el ideal siempre responde a patrones económicos, sociales, culturales y patriarcales: “es un mandato que ordena qué cuerpos son válidos y cuáles quedan afuera y que sostiene las industrias de la moda, de las dietas, de las cirugías, de la cosmética”.

Me visto, luego existo
En El sistema de la moda, Roland Barthes propone revisar los tres motivos que llevaron a la humanidad a cubrir el cuerpo: la protección contra la intemperie, el pudor por ocultar su desnudez, el adorno para hacerse notar. “El apunte es válido -señala Barthes-, pero debemos añadir otra función que me parece más importante: la función de significación. El hombre se ha vestido para ejercer su actividad significante. Llevar un traje es fundamentalmente un acto de significación, más allá de los motivos de pudor, adorno y protección. Es un acto de significación y, en consecuencia, un acto profundamente social”.
“El mundo social es un mundo de cuerpos vestidos”, afirma Joanne Entwistle en su libro: El cuerpo y la moda, una visión sociológica. La experta advierte que el vestir implica acciones particulares dirigidas por el cuerpo sobre el cuerpo, que dan como resultado formas de ser y de vestir, por ejemplo, formas de caminar para acostumbrarse a los tacos altos, formas de respirar para acostumbrarse al corset, formas de agacharse con una falda corta. Lo que llevamos puesto nos condiciona y también nos posiciona frente al mundo.
Cuerpos y vestidos que se corren de la norma
Para Lucía Levy, más allá del indumento, es la moda, entendida como un conjunto de acciones, actividades o ideas que marcan el pulso de su época, la que dirige cómo debería ser un cuerpo, sobre todo un cuerpo femenino o feminizado. En ese sentido, la moda no siempre eligió la silueta de reloj de arena como su favorita. Vicky Salías, coordinadora de la Colección Histórica del Traje Argentino del Museo Histórico Nacional y tesorera del Comité Internacional de Icom para Museos y Colecciones de Moda, Indumentaria y Textil, nos invita a repasar esos momentos en que el vestido cambió de patrón.
“Por ejemplo, después de la Revolución Francesa, con la moda imperio que, de algún modo, se sale de esa silueta encorsetada, de cintura tan ceñida y por primera vez sin corset. Es un periodo que dura relativamente poco. Luego de eso, en los años veinte, de alguna manera se impone una silueta andrógina, también sin corset, pero muy delgada. Más tarde, en los años sesenta, con el baby boom, interviene mucho la idea del cuerpo joven. Esta vez, más que andrógino, es un cuerpo aniñado y juvenil que está reforzado con la indumentaria, con el maquillaje y demás. Después hay momentos o estilos y estéticas que por ahí salen un poco del molde, como es el caso de los diseñadores japoneses (Rei Kawakubo, Yohji Yamamoto, Issey Miyake) que en los setentas/ochentas, cuando llegan a París tienen otra propuesta muy diferente y dan que hablar, pero bueno, digamos que son más bien estilos individuales y de algunos diseñadores, pero que no terminan de alcanzar la masividad”.
“El feminismo pone en agenda hablar de cuerpos reales, de diversidad, del goce sexual, del goce erótico y del goce en el sentido de disfrutar del cuerpo que uno tiene”.
Una remera que diga…
“Pensemos en quiénes son los dueños del espacio público -dice Lucía Levy- que son los varones y las masculinidades, y como eso tiene que ver con el surgimiento del traje como uniforme masculino. El traje es fruto de esa burguesía que nace luego de la Revolución Francesa. Es un uniforme que comunica utilidad, función y libertad de movimiento. Y por el contrario, el uniforme tradicional femenino de la burguesía de finales del siglo XVIII, todo el siglo XIX, el siglo XX y hasta ahora, te diría, sigue siendo la inmovilidad, ¿no? Pensemos en los corsets de Kim Kardashian o los tacos aguja, en la silueta súper ajustada”. Basta con mirar una entrega de premios internacional para identificar esos patrones de los que habla Levy.
“Ahí están los mandatos de género, los roles de género, lo que te hace mujer o lo que no y el rol social que tiene la moda para la reproducción de estos mandatos que son funcionales a un sistema”, dice Estruch y agrega: “entonces cuando empezamos a mirar con perspectiva de género vemos que, más allá de cierta cuestión mainstream, hegemónica, a lo largo de la historia también la moda fue una posibilidad de espacio de lucha cultural, como todo lo que tiene que ver con el arte y con la expresión. Y creo que cuando la moda y el feminismo van de la mano se generan cuestiones muy grosas y súper significativas para el cambio social”.

Las revoluciones en la moda femenina siempre tuvieron que ver con una mirada liberadora e inclusiva, con una mirada feminista. La búsqueda de comodidad y libertad de movimiento fue clave para la creación de los bloomers -el primer pantalón occidental femenino creado en el siglo XIX- o la incursión del tejido de punto -hasta entonces reservado para la ropa interior masculina- para el traje femenino que propuso Chanel en los años veinte.
También tiene que ver con abrir la visión a otras culturas, fuera de occidente, que tienen un concepto diferente sobre el binomio hombre/mujer. Paul Poiret a principios del siglo XX, revolucionó la alta costura femenina inspirándose en oriente; lo mismo sucedió con el trinomio de diseñadores japoneses, que mencionaba antes Vicky Salías, en los años ochenta. Y también, la revolución de la moda femenina aparece, cuando la propuesta se despoja de los atributos femeninos y se acerca más al universo masculino. Recordemos la moda de períodos de guerras mundiales -restricción de recursos- o la moda en los años ochenta -el traje Armani-: cuando la mujer sale del hogar y empieza a pisar terreno en el mundo laboral, la indumentaria da un vuelco hacia la funcionalidad.
El goce y disfrute del cuerpo también plantan bandera feminista en cuestión de moda. Vicky Salías afirma que más allá de las formas y las siluetas, el feminismo pone en agenda hablar de cuerpos reales, de diversidad, del goce sexual, del goce erótico y del goce en el sentido de disfrutar del cuerpo que uno tiene. El movimiento feminista propone un cuerpo libre y soberano, que vaya más allá de la frase impresa en la remera. Como dice Lucía Levy, dependerá de nosotras entender las imposiciones que vienen de afuera, “leer, estudiar, estar atentas, hacernos preguntas grandes, incómodas”, para encontrar la manera de romper el molde.
“Pensemos en quiénes son los dueños del espacio público que son los varones y las masculinidades, y como eso tiene que ver con el surgimiento del traje como uniforme masculino”.
Cuestión de tamaños
Con el objeto de repensar de manera democrática y más amable la relación moda y cuerpo, sería ideal, en principio, rever la cuestión de los talles. Que haya talles reales que sean diversos, que estén basados en datos poblacionales como pide nuestra Ley nacional de talles en Argentina -que hoy en día no se cumple-. Después, que las molderías contemplen distintas formas corporales. También la representación diversa en campañas, en pasarelas, en los trabajadores y las trabajadoras de la moda. Romper con todos esos mandatos que dictaminan qué te podés poner o no, según la forma de tu cuerpo. Romper con esa idea de que todos seamos un único modelo de estética. Que la moda se vuelva un canal de comunicación con quienes somos, qué queremos hacer, qué podemos ofrecer a la sociedad y que no sea un reproductor de estereotipos. Orientar a la moda desde una mirada política, desde los derechos humanos, para usarla como una herramienta cultural con posibilidades de ser transformadora. Según explica Mercedes Estruch, socióloga y presidenta de Anybody Argentina.
Ilustraciones: Mila Moura.
at Mariela Raffaelli
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