martes 22 de octubre de 2019

LIFESTYLE | Hace 1 semana

Descubrí a la mujer que cuida el Parque Nacional Nahuel Huapi

Para celebrar el Día del Guardaparque Nacional te contamos la historia de Magdalena Pollini, la mujer encargada de cuidar una de nuestras maravillas naturales.

A la vera del Lago Gutiérrez, en Bariloche, conocimos la historia y la rutina de una guardaparque que vive entre bosques y montañas y no le teme al trabajo duro ni a la soledad.

¿Cómo pueden vivir así? esa es la primera frase que se le cruza por la cabeza a Magdalena Pollini (44) cuando visita una vez por año a su familia en la localidad bonaerense de Quilmes.

“Lo más curioso es que yo viví en medio de ese estrés y esa locura hasta los 22 años cuando decidí que quería ser guardaparque”, cuenta mientras maneja la camioneta 4x4 de la Dirección Nacional de Parques Nacionales.

Llegar a la jurisdicción en la cual “Maggie” (como todos la llaman) se desempeña, implica atravesar caminos serpenteantes rodeados de montañas y los tradicionales cerros Otto y Catedral de San Carlos de Bariloche de fondo.

Magdalena trabaja en el sector del parque Nacional Nahuel Huapi llamado Lago Gutiérrez, allí vive con sus dos hijos (una nena de 12 y un nene de 11) en una pequeña casa con vista al lago del mismo nombre y rodeada de especies como cohibues, nires, lengas, álamos y arces, algunos de más de 300 años.

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ADIÓS A LA GRAN CIUDAD  
“Estudiaba diseño gráfico en la universidad hasta que un día me fui de campamento a Villa Traful y escuché muy atenta la charla de un guardaparque. En ese momento tuve una revelación: eso es lo que yo quería ser realmente”, recuerda. Se anotó en la escuela de Parques Nacionales (en ese momento cursó en la localidad de Yerbabuena en Tucumán) y así empezó.

El sur fue siempre su destino: Lago Hermoso (Parque Nacional Lanín), Lago Queñi (San Martín de los Andes), Perito Moreno, Bosque petrificado y finalmente Nahuel Huapi en sector Tronador fueron los lugares en los que se desempeñó hasta hoy. “Me encantaría vivir una experiencia en el extranjero o trabajar en Tierra del Fuego, un enclave que combina el bosque con el mar”, cuenta. 

MÁS ALLÁ DEL GÉNERO
Según datos de la Administración de Parques Nacionales, en la actualidad hay 243 guardaparques nacionales y 64 de ellos son mujeres. “Cuando me anoté éramos realmente pocas y no era muy común para una mujer elegir este oficio.

Más allá de los lugares comunes de género, muchas veces se sufre el hecho de ser mujer”, revela y apunta previa charla por celular con su hija que acaba de salir de la escuela en la ciudad.

“Los jefes varones a veces piensan que una no puede hacer leña o trabajos de fuerzas. Sin embargo, una está preparada y es consciente de que el peso y la fuerza son parte fundamental de nuestro oficio.

Por otro lado, conjugar la maternidad con las tareas de una guardaparque es complejo, pero con pasión y mucha paciencia siempre se logra. Así como le sucede a un montón de otras trabajadoras”. 

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AGENDA ESPONTÁNEA
La rutina no existe en el trabajo de Magdalena. Muchas veces puede planear actividades pero hay dos factores que se interponen siempre en la organización: los avatares del clima y las emergencias.

Lago Gutiérrez es una zona ideal para el trekking de montaña, ya que desde allí se puede llegar al refugio Frey en el Cerro Catedral. Eso implica que por el sector que cuida Maggie pase mucha gente, especialmente en los meses de verano y primavera. “Hay muchos turistas que se lastiman, se esguinzan, se pierden en la montaña…

Tres veces a la semana tengo una urgencia o un salvataje. Además, patrullo mucho la zona para que no pesquen, tiren basura, prendan fogatas o practiquen kite surf o jet ski que están prohibidos”, informa con su voz cálida y su look impecable.

El trabajo a veces no es sencillo. A menudo, Maggie debe enfrentarse a cazadores furtivos y grupos rebeldes. Si bien posee un arma, sólo puede usarla en casos extremos para disuadir o evitar peligros. 

Los días más tranquilos, generalmente durante el otoño y el invierno, realiza caminatas mirando el paisaje o buscando especies animales. “Llevo mis binoculares para hacer avistaje de aves, me concentro en los sonidos y en las huellas que encuentro en el suelo.

Cuando se observan especies de valor único hay que informarlo a los biólogos para que hagan investigaciones y censos. Por esta zona hay pumas y pudúes (ciervo enano)”, cuenta. 

BIENVENIDA SOLEDAD
Cuando cae el sol la soledad gana terreno y Magdalena debe ocuparse de tareas logísticas del hogar, como hacer leña (en los meses calurosos para acopiar por el frío), cortar el pasto, mantener la casa -que es una pequeña embajada de Parques Nacionales- y controlar que funcione y esté limpio el caño de donde proviene el agua de la cascada.

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“El trabajo es bastante solitario e individual. Cuando se van los visitantes llega la paz, uno es bastante osco y ermitaño si elige esta profesión. Me gusta estar sola, quedarme en mi casa con leña, cocinar, a veces pasan semanas y sólo hablé con alguien vía Handy, adem{as de con mis hijos, claro”, describe. 

RECUERDOS NATURALES
Un paseo en carpa durante diez días alrededor del Perito Moreno reconociendo la flora y fauna del lugar es la postal más linda que recuerda Maggie de estos 19 años en funciones. ¿Lo más triste? “Fueron dos eventos que me marcaron: un joven bajó del refugio Frey y, como hacía calor, se zambulló en el lago y murió instantáneamente.

No hubo manera de salvarlo”, recuerda y prosigue: “Un cuatro de enero tres primos de entre 11 y 13 años se embarcaron en una canoa en el lago bajo la supervisión de sus padres, pero el viento los arrastró y cayeron al agua.

Salí rapidísimo a rescatarlos, estuvieron 10 minutos zambullidos y por suerte tenían chaleco salvavidas, de otra forma hubieran muerto. Los llevé a mi casa, los metí en la bañera caliente y prendí una fogata para calentarlos. Todos los 4 de enero la mamá me manda un mensaje de agradecimiento”. 

La puerta de la casa de la guardaparque siempre está abierta, ya que, a pesar de trabajar oficialmente 6 horas por día, están las 24 horas en servicio. “Me pasó una vez que durante la noche me tocaron la puerta y abrir y que un cazador furtivo me amenace por no dejarlo cazar.

En muchas oportunidades aparece gente con toalla y ojotas pidiéndome el baño para una ducha”, cuenta esta mamá que crió a sus hijos en medio de la naturaleza y les inculcó una conciencia ecológica increíble. 

Para finalizar, Magdalena señala que siempre se aprende de estar en contacto con la Madre Tierra. “La resiliencia de la naturaleza es impresionante y me emociona. Ves algunas especies que en sus adaptaciones y aunque hayan pasado miles de años siempre la vida gana”.

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