Durante años viajamos con la idea de aprovechar cada minuto: recorrer, reservar, conocer, hacer. Y muchas veces volvimos más cansados de lo que nos fuimos. En tiempos de hiperestimulación, las escapadas cortas que combinan naturaleza, bienestar y diseño proponen otra lógica: viajar también puede ser bajar el ritmo. Entre el campo y el mar, Haras Hotel de Campo propone un refugio para dormir en silencio, conectar con la naturaleza y la vida ecuestre y volver a casa un poco más livianos.
Hay un momento en el que una escapada deja de medirse por todo lo que hicimos y empieza a medirse por cómo volvimos. Dormir mejor, mirar el mar, caminar por el campo, comer rico, entrar a un spa, escuchar silencio de verdad.
En 2026, esa necesidad aparece cada vez con más fuerza en la manera en la que elegimos viajar: el 53% de los argentinos dice que elegiría unas vacaciones específicamente para sentirse más cerca de la naturaleza. A nivel global, descansar y recargar energías ya es la principal motivación para viajar por placer para el 56% de los consultados por Hilton; un 37% busca pasar tiempo en la naturaleza y un 36%, mejorar su bienestar mental.
Pocos lugares, sin embargo, están pensados para integrar todas esas experiencias.

Cocooning wellness: viajar cerca para bajar el ritmo
La tendencia incluso tiene un nombre: cocooning wellness. La idea es bastante más simple de lo que parece: escapadas restaurativas cerca de casa, viajes cortos, fáciles de organizar y conectados con la naturaleza, que funcionan como pequeños paréntesis frente a una vida cada vez más estimulada.
Campo, costa y destinos regionales aparecen como alternativa a ese viejo mandato de que, para sentir que viajamos, tenemos que subirnos a un avión durante diez horas.
¿Alcanzan 48 horas para resetear? No existe una cantidad de horas mágica capaz de solucionar el estrés. Pero quizás tampoco sea ese el punto. Dos o tres días pueden alcanzar para interrumpir la rutina, cambiar de paisaje y, sobre todo, cambiar de ritmo.

Una escapada entre el campo y el mar
Entre Mar del Plata y Chapadmalal, Haras Hotel de Campo entiende muy bien esa diferencia. Tiene solo cinco habitaciones y está construido dentro de un haras real. Cerca están el mar, las playas y la ciudad; adentro, el ritmo cambia por completo.
Sus dueños cuentan que muchos huéspedes llegan con una lista de planes para hacer afuera y, una vez instalados, terminan prefiriendo quedarse.
A mí me pasó algo parecido. Hay un silencio de la naturaleza que no se parece al silencio de una habitación cerrada: está lleno de viento, árboles, pájaros y caballos. Acercarse a ellos, compartir por un rato el ritmo de la vida ecuestre y simplemente observar produce algo muy difícil de fabricar.
Pero hubo otra sensación todavía más inesperada: sentirme en familia. Después de haber pasado por muchísimos hoteles, son muy pocos los que verdaderamente consiguieron hacerme sentir en casa. Curiosamente, esa era una de las ideas con las que Haras había nacido: una atención muy personal y la posibilidad de entrar, por unos días, en otra forma de vida.

El diseño también puede ser parte del descanso
El bienestar no sucede solamente en una camilla de spa. También está en lo que miramos. Y en Haras hay muchísimo para mirar: la arquitectura, los interiores, el paisaje, las pistas de salto, las caballerizas y la forma en la que el edificio se abre hacia el campo.
Hay una especie de goce visual permanente. No porque todo busque llamar la atención, sino porque hay belleza y coherencia en el conjunto.
Los interiores mezclan madera, hierro, textiles, cierta impronta inglesa, referencias ecuestres y elementos de la arquitectura marplatense. Pero lo interesante es que el universo del caballo no fue construido como decoración. Los caballos estaban primero.
Los que aparecen retratados en los cuadros del hotel pertenecieron o todavía pertenecen al haras; algunos fueron campeones nacionales o sudamericanos y hoy pueden aparecer caminando por las mismas caballerizas que se ven desde el hotel. En el living, un gran ventanal mira hacia una pista de césped por la que pasaron cientos de caballos de la familia.
Esa diferencia se siente. No estamos frente a una estética ecuestre armada para Instagram, sino frente a una vida ecuestre que, además, resulta extraordinariamente fotogénica.

Caballos, spa y naturaleza: tres maneras de bajar un cambio
¿Dónde entra el wellness? En casi todo. Está el spa, por supuesto, pero también caminar, estar afuera, escuchar menos ruido y recuperar cierto contacto físico con el entorno.
El hotel está trabajando, además, en una nueva etapa de su propuesta de bienestar inspirada en experiencias que sus dueños conocieron recientemente en Bali. Para 2027 planean incorporar herramientas capaces de observar de manera más objetiva cómo llega y cómo se va cada huésped. La premisa resulta interesante: no utilizar tecnología para reemplazar lo natural, sino para entender mejor qué nos hace bien.
Y después están los caballos. No hace falta saber montar ni entender del mundo ecuestre. Hay algo mucho más elemental en acercarse a un animal de ese tamaño, tocarlo, observar sus tiempos y aceptar por un momento que uno tiene que adaptarse a su ritmo y no al revés.
Quizás ahí esté lo mejor de estas nuevas escapadas cercanas. No necesitamos necesariamente irnos muy lejos para sentir que cambiamos de ritmo. A veces alcanza con dormir mejor, rodearnos de belleza, volver a mirar la naturaleza y compartir el tiempo con animales que obligan a bajar la velocidad.
Y, de vez en cuando, pasa algo todavía más difícil de diseñar: llegamos a un lugar desconocido y, por alguna razón, nos sentimos en casa.
at Ash Mateu
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