Mucho antes de las vidrieras de París o las chocolaterías de Bruselas, el cacao ya era sagrado. Para las civilizaciones precolombinas no era un simple postre, sino un regalo del dios Quetzalcóatl. Este “alimento de los dioses” funcionaba como tónico energizante y símbolo de estatus, capaz de conectar lo terrenal con lo espiritual.
Los aristócratas europeos del siglo XVII heredaron esa fascinación y lo consumían como una bebida de lujo y prestigio. El chocolate siempre fue, por definición, una experiencia asociada a la exclusividad y la sensualidad.

Pero la conexión entre cacao y romance no es solo cultural: también es biológica. El chocolate es un cóctel de bienestar que actúa directamente sobre nuestras emociones. Contiene feniletilamina, un compuesto que imita la euforia del enamoramiento, y estimula la liberación de endorfinas y serotonina. Al degustarlo, activamos un mecanismo cerebral de placer y calma que explica por qué este “alimento de los dioses” se vive como un auténtico éxtasis sensorial.
1861: el año en que tomó forma de corazón
Si los aztecas entendieron su poder místico, fue la Inglaterra victoriana la que lo transformó en el ícono romántico que conocemos hoy. En 1861, Richard Cadbury cambió las reglas del juego. No inventó el Día de San Valentín, pero tuvo la visión de unir chocolate y deseo de permanencia.

Lanzó la primera caja de bombones con forma de corazón, decorada a mano con motivos florales, rosas y figuras de Cupido. Los clientes las conservaban como pequeños cofres para guardar cartas de amor y recuerdos, mucho después de haber disfrutado los bombones. Cadbury elevó el gesto de regalar: ya no era solo consumo, sino una declaración simbólica de afecto.
Desde entonces, el ritual permanece intacto: regalar chocolate sigue siendo uno de los gestos más elocuentes del amor.
at Ariana Santilli
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