SOCIEDAD | Hace 3 semanas

Georgina Orellano: “Las trabajadoras sexuales podemos llegar a la universidad”

Ejerce la prostitución hace 12 años. Aquí, cuenta su historia y su lucha para que el trabajo sea legal y las meretrices, o las putas, palabra que ella misma reivindica, sean reconocidas y tengan derechos.

Caí presa por primera a los 19 años cuando recién comenzaba a ejercer el trabajo sexual y no tenía nada de información sobre mis derechos. Yo estaba con una compañera en la calle, recién terminábamos de trabajar y un auto con dos personas adentro paró, nos pidió los documentos y, a pesar de que se los dimos, nos llevó detenidas para averiguar nuestros antecedentes.

Llegamos a la comisaria y directamente nos metieron en un calabozo. Las horas pasaban y me preocupaba por pensar que le diría a mi mamá, que en ese momento no sabía que yo era prostituta. Soy puta desde el 2006 y recién 8 años después pude contarle la verdad a mi familia.

Pero a medida que aumentaba el tiempo y no nos liberaban mi preocupación pasó a ser por mi compañera que estaba conmigo y tenía 3 hijos menores de edad solos en su casa. Nos llevaron a las 6 de la tarde y nos liberaron a las 6 de la mañana gracias a un cliente que nos ayudó y nos llevó a nuestras casas.

Cuando llegué le dije a mi mamá que había ido a bailar y que me perdonara por llegar tan tarde. Me comí un reto pero por suerte no pasó nada más. El año pasado, como secretaria general de la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina (AMMAR) me volvieron a llevar detenida.

Pero esta vez no era yo la que estaba ejerciendo el trabajo sexual sino que unas compañeras trans y migrantes del barrio de Almirante Brown se comunicaron con la organización para contarnos que estaban cansadas del acoso policial y sus golpes y que querían conocer sus derechos.

Al otro día, con dos compañeras y una futura Licenciada en Psicología que estaba realizándonos entrevistas para sus tesis, fuimos al lugar a escucharlas y a entregarles preservativos. Mientras estábamos hablando, una de las mujeres se fue a hacer un servicio, como en la zona hay ruta y nada más, el único lugar en que pueden hacerlo es en el auto del cliente.

Georgina Orellano es la secretaria general de AMMAR, el sindicato de las trabajadoras sexuales

A los pocos minutos cayó la policía y le pidió al cliente su documento mientras que a la trabajadora la revisaba con las piernas abiertas. Como querían llevarla detenida nosotras empezamos a decirles que no, que el trabajo sexual es una contravención y no un delito. También caímos presas por resistencia a la autoridad.

A las dos horas llegaron nuestros abogados y un diputado para ayudarnos. Nos liberaron. A partir de ese día la policía no volvió a molestarlas más. Nunca me hubiese imaginado ser una referente de las trabajadoras sexuales.

Cuando era chica me imaginaba que de grande iba a ser maestra. Ya en la adolescencia mi principal anhelo era vivir sola porque yo vengo de una familia numerosa de 6 hermanos con la que siempre tuve que compartir todo. Yo quería tener mi independencia y parte de la decisión de ejercer el trabajo sexual tuvo que ver con eso, con esa posibilidad de poder irme a vivir sola.

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Mamá o puta, puta o mamá

Pero nunca pensé estar en el lugar en el que estoy, menos después de ser mamá. Cuando quedé embarazada abandoné el trabajo sexual y la carrera de Psicología y estuve aproximadamente un año y medio sin trabajar, dedicada pura y exclusivamente al cuidado de mi hijo Santino y a la limpieza de mi casa.

Pensaba que estaba destinada a la maternidad. Hasta que me separé, retomé la facultad (esta vez en la carrera de Ciencia Política). Y también el trabajo sexual, aunque lo veía como algo temporario. Nunca pensé involucrarme en una organización y mucho menos tener tanta visibilidad.

Porque tenía mucho miedo de que mi familia sepa que soy puta, no había posibilidad alguna de que yo me reconozca como trabajadora sexual porque tenía miedo al rechazo de mi entorno, de mi mamá, mis hermanos y mi hijo. También de la presión social y de que me saquen la tenencia de Santino.

Sentía que si lo contaba se me venía el mundo abajo. Durante mucho tiempo me sentí culpable de realizar el trabajo sexual por mi hijo y conviví con esa vergüenza por años. Porque el parámetro de la sociedad exige que si vos sos puta no podés ser mamá y que si vos sos mamá no sos puta.

Me pasaba con algunos clientes que me preguntaban: "¿tenés hijos?" y cuando respondía que sí ellos me decían que no podía seguir con el trabajo porque mi hijo se podía enterar. Y yo siempre tenía ganas de responderle "¿y tus hijos que van a pensar de que vos estas buscando un servicio sexual?".

Esa mirada patriarcal en la que el hombre está habilitado a hacer lo que quiere pero a mi me exigían buscarme otro trabajo. Yo ejerzo un trabajo que está súper estigmatizado y sin reconocimiento de derechos y lo hago justamente porque me da una remuneración económica que puede cambiar la calidad de vida de mi hijo.

Pero nunca alcanza porque para la sociedad siempre tenés que dar más. Por eso odio la maternidad como institución porque la considero muy patriarcal y eso no quiere decir que yo no ame a mi hijo, sino que me quejo de que deja a las mujeres en una desigualdad total.

Por eso a medida que Santino creció aprendí a disfrutarlo a mi manera y a dejar la presión social de “ser una buena madre” para ser la madre que puedo. Me resulta muy gratificante que algunas compañeras que aún no le contaron a sus familias que ejercen el trabajo sexual escuchen a sus hijos e hijas hablar de que bancan a las putas.

Porque nuestra visibilidad generó una mayor aceptación del trabajo y de nosotras, también dentro del movimiento de mujeres. Porque hay muchas feministas que antes eran abolicionistas, es decir que querían prohibir el trabajo sexual, que ahora se paran desde otro lugar y entienden que no quieren negarnos derechos.

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Porque nuestra lucha se encuadra en esta cuarta ola que estamos viviendo en la que se replantea lo que siempre generó incomodidad, como la posibilidad del goce o la soberanía de nuestros cuerpos.

Amor y aceptación 

Esa visibilidad es la que también me cuesta, sobre todo cuando voy al cumpleaños de algún sobrino o sobrina y la gente me empieza a preguntar o a contarme cosas relacionadas con mi trabajo y militancia. Y lo mismo pasaba con mis parejas. Es muy complicado poder generar un vínculo por mi rol.

Yo uso mucho mis redes sociales para informar nuevos servicios o visibilizar situaciones y con el paso del tiempo siempre había un reproche por parte de mis parejas para que baje el perfil y me dedique a otra cosa.

Y en ese momento yo me súper enojaba y daba todo por terminado porque hay algo que yo no voy a negociar y es el tema de la aceptación. Por eso es que decidí no entrar en una relación sexo afectiva, sino que prefiero disfrutar de la sexualidad de otra manera, sin ninguna obligación.

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Ahora es la primera vez que estoy con una chica, aunque tuve experiencias dentro del trabajo sexual, nunca había tenido el deseo de estar con una mujer. Y me pasó ahora a los 32 años de sentirme acompañada y querida. Pero fue súper difícil hacerme cargo, porque estamos atravesadas por un montón de prejuicios que te encasillan.

Me hice cargo de las etiquetas que la sociedad me dio: puta, prostituta y trabajadora sexual y convivo con ellas. Pero no me voy a hacer cargo de una etiqueta con la que no me sienta parte, no me considero lesbiana, quizá si bisexual pero no voy a hacer toda una militancia con eso.

Porque mi lucha es con el trabajo sexual, con mejorar nuestras condiciones laborales y con que sea legal. Para poder ayudar a otras mujeres, como AMMAR me ayudó a mí, a sentir que no estoy sola.  

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Habitar la calle

Ahora sigo haciendo la calle en la misma esquina de Villa del Parque. Tres veces por semana, de 12 a 17 horas. Me paro y miro los autos para pescar si es un cliente o simplemente está estacionando, porque cuando era más chica me pasaba de tirarme el lance y nada que ver.

Si viene un cliente nuevo me pregunta qué estoy haciendo, le cuento que estoy trabajando y cuáles son mis servicios y ahí pactamos a dónde ir. Siempre ofrezco los dos hoteles con los que tengo descuento y a partir de ahí el cliente decide qué servicio va a tomar.

No hay regateo, salvo que el servicio sea corto y ahí decido, si no trabajé nada en todo el día, acepto. Cuando subís al auto tenés que charlar para poder empatizar. La primera conversación es siempre sobre el trabajo. Después, por lo general hablamos de los hijos.

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Hay mucha conversación y la que la genero soy yo. Es la mejor forma para que haya un buen servicio. Si el cliente vuelve hay un vínculo de mucha más confianza e incluso algunos me piden consejos o me preguntan sobre mi papel en AMMAR. Es un rol que requiere mucha responsabilidad y es agotador.

Por eso cuando se cumpla mi segundo mandato, que no puedo renovar porque el estatuto así lo indica, me gustaría retomar los estudios. Mi es deseo recibirme en la carrera de Letras antes de cumplir 40 años para después poder dar clases. Lo siento como otra forma de militancia.

Porque yo voy a demostrar que no solamente el lugar de las putas es la esquina sino que también podemos llegar a la universidad. La esquina es nuestro trabajo, pero nuestro lugar es el que nosotras queramos.

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