domingo 17 de enero de 2021

SOCIEDAD | 29-12-2020 10:09

Muriel Santa Ana: "Yo aborté porque no quería ser madre"

La actriz confiesa haber pasado por una interrupción de embarazo y se propone repensar el derecho a decidir sobre nuestro cuerpo.

"La primera vez que oí sobre el aborto fue por mis amigas. Éramos 8 y por lo menos 6 habían pasado por abortos clandestinos. Algunas, más de una vez. En ese momento era tabú total. Era 1992, yo tenía 23 años. Recién en 2018 logramos sacar el tema a la calle. En el momento en que lo atravesé, dije sobreveviví y seguí adelante. Ni mi entorno ni yo teníamos noción de lo dramático que era. No nos escandalizaba ir en colectivo a un cuartucho de provincia, volver en colectivo terminada la intervención, no decirle nada a nuestras madres. Al ser ilegal no podíamos darle el status emocional de una experiencia que es una marca en la vida de toda mujer.

Había que naturalizar la clandestinidad en la que estábamos envueltas, atravesarla acompañadas de otras mujeres. Ninguna estaba casada ni vivía con el novio. Buscábamos hacerlo rodeadas del mundo femenino. No teníamos los recursos que tenemos las mujeres ahora, y eso que éramos de clase media, con educación, provenientes de familias con acceso al psicoanálisis, al arte, a la comunicación. De eso no se hablaba. 

“Había que atravesar la clandestinidad en la que estábamos envueltas acompañadas de otras mujeres”


"Yo sí. Lo hablé con mi hermana, después con mi mamá. Me cuidaba con diafragma. Tenía acceso a la información. Porque tenía una hermana mayor que había pasado por estos temas antes, pero aparte mi mamá, feminista y gran autodidacta, educaba a sus hijas en la autonomía. Ella tenía su diafragma. Recuerdo ver la cajita en el baño. A los 14 me acompañó a la ginecóloga, que después fue mi médica durante años. Por esa época estaba separándome de un noviecito con el que estaba hacía un año. Después de unos meses de no vernos salimos y ocurrió lo que no debía ocurrir.

Para mí no existía la posibilidad de continuar ese embarazo. No quería ser madre. Algo intuí, así que el primer día de atraso me hice el test y con el positivo, el análisis de sangre. Enseguida le pregunté a una amiga y me habló de un médico que venía con sus altísimas credenciales por ser Jefe de Obstetricia en un importantísimo hospital público. Su consultorio privado para hacer los abortos era en Barrio Norte. Separados por el escritorio hicimos el intercambio: él me dio las recomendaciones y yo le di la plata. Días más tarde entré con mi mamá y mi hermana al departamento de Santa Fe y Azcuénaga, un lugar totalmente oscuro porque el gran ventanal estaba tapado. Mientras esperábamos en el living, vimos salir a una chica de unos 15 años con su mamá. Enseguida, una mujer de ambo verde se asomó y dijo mi nombre. Me despedí de mi mamá y de mi hermana.

Me prepararon en una habitación parecida a un pasillo que tenía otra puerta que luego supe, comunicaba con el quirófano, que era la cocina. Amplísima. Típica de esos edificios de categoría en Recoleta construidos en los años 50. Recuerdo el mármol antiguo de la inmensa mesada en L y la camilla ginecológica. El médico dijo que iba a ser muy rápido y que me quede tranquila. Ésto lo conté en el Congreso. Cuando me invitaron a exponer para el debate tenía dos opciones: la autoreferencia o dar mi postura.

 

No tuve dudas. El relato en primera persona es contundente. Sin ahondar en detalles morbosos retrata la sordidez, la soledad y el desamparo. Aunque yo creyera que era mi derecho decidir, era clandestino y sobre todo mi madre era muy consciente de que su hija estaba fuera de la ley y en riesgo, no dejaba de ser un departamento y no un quirófano. Yo nunca había recibido anestesia y leyendo otros relatos pienso ¿si hubiéra sido alérgica? ¿Y hacía un paro cardiorespiratorio? A su vez, es una foto del privilegio: el lujoso departamento, el médico prestigioso. Fue un Jueves Santo porque podía faltar al trabajo y descansaba viernes, sábado y domingo. Yo vivía sola, pero esos días me fui a casa de mi mamá. Y como mi habitación ya estaba armada de otra manera, mi vieja puso un colchón al lado de su cama. Y estuvimos ahí, juntas.

Esa y otras imágenes van apareciendo a medida que uno habla, están tapadas, se van haciendo carne y emoción con este candor que se precipita un día cuando en enero de 2018 -como si fuera legal y en un hilo de twitter- contesté “yo aborté porque no quería ser madre”. Y lo que siguió fue increíble. Un escarnio público mediático tremendo, amenazas de muerte, violación, picana, guardia periodística en la puerta de mi casa y una certeza enorme de que esta vez no había que callarse. Tuve miedo, pero mis colegas, la campaña por el aborto legal, y muchas figuras salieron atrás mío a decir yo aborté, yo aborté, yo aborté. Era el movimiento natural después del Ni una menos del 2015, ahora lo sé. La contundencia, la sólidez de este pedido encontró ese momento para salir. Así que hubo alivio. Primero porque al día siguiente de ese 4 de abril, no me estaba muriendo de una infección. Y después, por el abrazo colectivo. No queremos que esto ocurra en la clandestinidad nunca más, a ninguna de nosotras. Que sea ley.

 

at Malen Lesser

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