viernes 23 de agosto de 2019

PERSONAJES | Hace 1 mes

Ousman Umar: “En el desierto conseguir hacer pis para poder beberlo es un éxito”

Originario de Ghana, cuenta en su libro Viaje al país de los blancos, la odisea de un inmigrante en Europa. Hoy, a los 27 años, fundó una ONG y ayuda a su país desde Barcelona. 

A los 13 años creía que el hombre blanco era un semi Dios que podía pilotear aviones, ejercer la medicina y navegar barcos. Por eso decidió emprender un camino hacia lo que para él era el paraíso, es decir el Viejo Continente.

Cuatro años demoró en llegar y el viaje incluyó desde subsistir en el desierto del Sahara tomando su propia orina hasta perder a 40 de las 46 personas que lo acompañaban. Cuando a los 17 llegó a España, lo único que le dieron para entrar fue un papel con el que poco pudo hacer y durmió en la calle durante más de 60 días. Pero afortunadamente un matrimonio ibérico lo adoptó y su vida dio un giro inesperado.

Desde hace más de 6 años dirige su propia ONG, NASCO Feeding Minds con la que inauguró en Ghana 7 aulas virtuales a la que asisten más de 11 mil niños y niñas. Su misión es poder desmitificar la gran vida que se promete en Europa y darle voz a los miles de inmigrantes que ni siquiera pudieron llegar para poder hablar. Y en esa línea acaba de publicar su primer libro: Viaje al país de los blancos.  

¿Te imaginabas escribiendo un libro, fundando una ONG y contando tu historia por todo el mundo?

En aquel entonces no era consciente de la historia que iba a vivir, no sabía que iba a marchar de mi casa hacia una aventura de casi cinco años perdiendo amigos en el camino. Tenía un mínimo conocimiento sobre que había más allá de Ghana. Recuerdo que en mi aldea no llegábamos a entender que el hombre blanco era una persona. Yo pensaba que el hecho de ser blanco era el equivalente a ser prácticamente un Dios porque para mí en ese momento el blanco era ingeniero, piloto de avión y medico. Entonces yo pensaba que ser blanco era ser superior.

Más allá de todo lo que viviste hasta llegar a Barcelona, ¿Qué criticas tenés hacia la política migratoria europea, que a pesar de recibirte en España con 17 años te dejó a la deriva?
Se puede atacar la política migratoria desde muchas fases distintas. Cuando yo salí de mi aldea, al creer que el blanco era superior, estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de llegar al país de los blancos, tal como titula mi libro. Esta es la fase inicial. Cuando salí de Ghana a los 13 años de camino hacia Libia, caí en los traficantes y con esa experiencia hay una frase que siempre utilizo y es que la realidad supera a la ficción. Lo que se ve es una pequeña parte de las desgracias de la migración.

Los traficantes aprovechan la desesperación por irte para ofrecerte la opción de llevarte hasta el destino y como sos analfabeto y no tenés ningún tipo de información para contrarrestar lo que te dicen, te cobran y te engañan. Y ese es el precio para llegar a lo que uno sin saber denomina el paraíso. Cuando yo llegué a Niger, que no es Nigeria, nos dijeron que desde ahí nos llevarían hasta Libia y que tardaríamos 3 días. Lo que pasó en verdad es que nos abandonaron en el medio del desierto. Éramos 46 personas que tuvimos que caminar todos los días para llegar.

Si conseguíamos hacer pis para poder beberlo era un éxito. No se puede imaginar lo que quiere decir sobrevivir un único día en el desierto de Sahara. Pero a pesar de eso soy una de las personas que piensa que criticar es lo más fácil. Lo más importante de todo es que cada uno asuma su responsabilidad para cambiar esta realidad. De mi parte en vez de criticar que no recibí la suficiente ayuda y por eso tuve que dormir en la calle, me gustaría hablar de la parte positiva. Yo esperaba que me reciban entre pompas de algodón, que era lo que yo esperaba, es decir las falsas expectativas que me habían generado o que me había generado de que Europa es el paraíso. El primer día que llegué a España iba por la calle y saludaba a todo el mundo, nadie me contestaba, incluso una señora se asustó porque la estaba saludando. Entonces empecé a pensar que las personas blancas eran raras.

¿Cómo pudiste salir de esa situación?
Por una casualidad, le pedí ayuda a una señora pero que cuando le empecé a hablar ella no entendía nada porque no habla inglés, pero me agarró de la mano, sacó el celular de su bolso y llamó a su marido que hablaba inglés y pudo entenderme. Luego me explicaron cómo debía ir a la oficina de la Cruz Roja. Tardé un mes y medio aproximadamente en llegar porque la ayuda está pensada para gente que parte de una base. La ideología de la ayuda humanitaria y de la asistencia social está pensada desde la filosofía europea en la que todo el mundo sabe leer y escribir. Entonces te dicen "tenés que ir a la calle tal" y uno no sabe si una calle es un árbol o un animal. Entonces terminas durmiendo en la calle.

Y aunque es fácil criticar al sistema yo creo que ese no es el objetivo. Mi misión es darle voz a todas aquellas personas que vivieron lo que yo viví y que no consiguieron llegar vivos para poder explicar su historia. Para que dejen de ser un número y estadísticas. Somos personas con nombre y apellido. Pero lo más importante es trabajar para evitar que futuras víctimas no caigan en esta trampa mortal.

¿Cuál es el objetivo de tu ONG NASCO Feeding Minds?
Yo me di cuenta que no debía preguntarme por qué sufrí tanto sino que tenía que preguntarme para qué. Explicar esta historia hasta que no haya más historias como la mía para explicar. Y con la primera persona que comencé fue con mi hermano que actualmente es politólogo y que entendió que el auténtico paraíso está en la cabeza de cada uno.

Lo primero que hay que hacer es alimentar la mente, no alcanza solo con llenar las barrigas de las personas necesitadas, eso es un gran error. Debemos hacer un esfuerzo para poder llegar a un cambio verdadero. 

¿Cómo sería esa transformación?
Si se alimenta solo la panza, se sacia el hambre para un único día, mientras que si se alimenta la mente se sacia el hambre para más de 100 años. Ese es el objetivo de NASCO Feeding Minds: alimentar la mente. En el año 2012, después de convencer a mi hermano para que estudie, me hice cargo de su educación.

A partir de ahí empezamos a pensar que había que desmitificar las falsas expectativas de Europa y nos dimos cuenta que debíamos hacerlo a través de educación digital. Entonces como mecánico de bicicletas, su profesión actual, pagaba mis carrera y los estudios de mi hermano en Ghana, pero además pude comprar 45 computadoras para la primera escuela informática. Actualmente tenemos 7 aulas informáticas, la octava solo tiene mesa con computadoras y los chicos van a la clase sin sillas, de pie. Si todo va bien este verano vamos a poner sillas en esta octava aula que aún no contabilizamos porque no está completa. Hay 23 escuelas que utilizan estas aulas que se traducen en más de 11 mil niños y niñas.

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