lunes 20 de septiembre de 2021

MODA | 27-07-2021 09:30

Moda circular: conocé quién hace y cómo se produce tu ropa

Una radiografía de la situación de la moda argentina a cargo de Andrés Matta y Jerónimo Montero Bressan, coordinadores del libro ¿Quién hace tu ropa?. Estado de situación y propuesta para un universo fashion más sustentable y equitativo.

En la producción y el consumo de moda del siglo XXI muchas cosas parecen haber cambiado; algo que no es extraño considerando que vivimos en un mundo de innovación acelerada cuyas novedades nadie podría predecir hoy. Un estudio de McKinsey del año previo a la pandemia, daba cuenta en efecto de la tendencia hacia un aumento de la personalización (más estilos, colores y medidas), del acortamiento de los ciclos de producción (más “temporadas”, más colecciones) y un consumo cada vez más efímero: en promedio hoy compramos un 60% por ciento más de prendas de vestir que hace 15 años y conservamos esa ropa por solo la mitad del tiempo en que solíamos hacerlo. 

No obstante, si observamos con mayor detenimiento, podremos ver que este tren de alta velocidad en el que viaja esta industria, es impulsado por una locomotora a vapor del siglo XIX ¿Cómo puede ser esto posible? La última gran revolución tecnológica en el sector fue la máquina de coser y a pesar de ciertas mejoras en su presteza y precisión, la relación “un costurero-una máquina” se mantiene desde entonces. Los cambios que se han operado, y la baja de los precios que hacen posible este modelo, han sido por tanto producto de transformaciones a nivel del diseño y de las estrategias de gestión, pero fundamentalmente, de reducir los salarios y precarizar las condiciones laborales de los trabajadores (sin olvidar el uso intensivo de recursos que convierte a esta actividad en la segunda más contaminante del planeta).

“La última gran revolución tecnológica en el sector fue la máquina de coser y a pesar de ciertas mejoras en su presteza y precisión, la relación “un costurero-una máquina” se mantiene desde entonces”.

Podría pensarse que esta descripción aplica solamente a las nuevas marcas de moda rápida que tienen escala global y que compiten en base a sus precios bajos. No obstante, la estructura de este modelo productivo existe desde el surgimiento de las antiguas tiendas departamentales, y tanto las firmas grandes como las pequeñas, las que fabrican productos básicos o las colecciones de diseño basan su modelo productivo las mismas estrategias.

Esto se corrobora en nuestro país, cuya producción es casi exclusivamente para el mercado interno y en el cual pueden verificarse tres grandes rasgos de este modelo: 


- Desverticalización, tercerización e informalidad:

prácticamente no hay empresas que realicen todas las actividades que supone la fabricación de una prenda. Ocupándose fundamentalmente del diseño y la comercialización, las firmas tercerizan tareas centrales como la confección, o directamente la totalidad de la producción a una vasta red de talleres que a su vez subcontratan a otros talleres más pequeños o a costureras domiciliarias. Se estima que en el país hay 150.000 trabajadores en la industria pero sólo una cuarta parte están registrados y entre ellos un muy pequeño porcentaje forma parte de estas “fabricas sin fábrica” que son hoy las marcas. En palabras de un empresario local: “Yo no soy un empresario textil, yo tengo una empresa de marketing”. 

Moda sustentable

-Trabajo intenso y precarizado:

ser trabajador de la indumentaria es sinónimo de pobreza. Los salarios de convenio (los formales) son los más bajos de la industria y entre los informales, la mitad ni siquiera llega al salario mínimo. Estos salarios contrastan con la alta intensidad laboral, ya que el 60% de los trabajadores tiene jornadas superiores a las normales (en muchos casos más de 12 horas), y alta presión para producir, condicionada por el pago a destajo (otra tradición decimonónica). En situaciones extremas, incluso no se les paga con dinero sino con vales o especies, o a cuenta de brindar alojamiento y servicios. En estos “talleres del sudor", destacan también las deficientes condiciones materiales que incluyen mala iluminación, equipamiento no ergonómico que con el tiempo genera problemas en la columna vertebral o las extremidades, cableados en malas condiciones, hacinamiento y ausencia de medidas para prevenir y combatir los incendios.

-Una industria de mujeres y migrantes:

por todos estos aspectos, es tradicional que la industria ocupe poblaciones particularmente vulneradas y vulnerables, en general mujeres pobres y migrantes. Fueron en su mayoría mujeres y niños quienes perecieron en el Rana Plaza de Bangladesh en 2013 y también en el taller de la más próxima calle Viale de Caballito en 2006. Son básicamente mujeres las decenas de miles en las barriadas del país, que con una máquina de coser y rodeadas de precariedad, reciben los lotes de tela y pasan largas noches en vela para entregarlas a tiempo con su costura o sus avíos. Ellas son también las que en los talleres registrados no van al médico para no perder los pagos por asistencia o puntualidad que representa el 20% de su salario, aunque luego terminan perdiéndolo por quedarse al cuidado de sus niños o sus maridos.

“Es deber de los consumidores averiguar bajo qué condiciones se producen y distribuyen los artículos que compran”.

No somos pocos los que consideramos que como sociedad estamos pagando demasiado caro por este paradigma de producción y consumo, pero son las mismas de siempre las que cargan con los mayores costos. Este modelo debe cambiar hacia una moda más sustentable para las personas y para el ambiente. En Argentina, esto implica que deben existir políticas que protejan a la industria de la competencia de países con salarios cada vez más bajos, y que además promuevan un desarrollo industrial genuino, que fomenten tanto la innovación y la creatividad como los derechos y los intereses de todos sus participantes.   

Libro Quien hace mi ropa
¿Quién hace tu ropa?, el libro editado por editorial Prometeo que coordinan ambos autores.


Un modesto primer paso en esta dirección es preguntarse y preguntar a las empresas quién hace la ropa que estamos comprando, reclamar que se apliquen políticas de trazabilidad que trasparenten el recorrido de nuestras prendas y certifiquen el cumplimiento de todas las normativas.

Esta idea por cierto tampoco es nueva. Existen ejemplos en la historia, donde las mujeres trabajadoras y consumidoras se unieron para conseguir este objetivo, como en la Estados Unidos de 1902, cuando la campaña de las mujeres de la Liga Nacional de Consumidores se sumó a la del Sindicato internacional de trabajadoras de la confección y a la Liga Nacional de Sindicatos de Mujeres (una lucha que en Argentina dio el “Sindicato de la aguja”) llevando progresivamente a la reducción de la subcontratación y a la mejora de las condiciones laborales.

En un texto de esta campaña decían aquellas mujeres: “La responsabilidad de algunos de los peores males que sufren los productores recae en los consumidores, que buscan los mercados más baratos, independientemente de cómo se produzca…es deber de los consumidores averiguar bajo qué condiciones se producen y distribuyen los artículos que compran, e insistir en que estas condiciones sean saludables y acordes con una existencia respetable por parte de los trabajadores". Un siglo después, todo indica que si queremos avanzar, tendremos primero que reorientar nuestros pasos en aquella misma dirección.

at Andrés Matta y Jerónimo Montero Bressan

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