viernes 23 de agosto de 2019

MODA | Hace 1 mes

El pensamiento: el mayor influyente en la vestimenta

Vestirse es un acto serio que conviene efectuar con levedad, dándole toda su importancia, pero sin tomarse a sí misma, o a sí mismo, en serio.

De esa aparente contradicción, Loulou de la Falaise fue sin duda un ejemplo acabado. Había entrado al mundo de la moda, via Yves Saint Laurent, apenas iniciados los años setenta. Importó el ímpetu y la desenvoltura de la movida joven y el aire de Londres al establishment parisino. Y se fue demasiado pronto, en 2011, dejando por legado brillante las reverberaciones de su originalidad, su humor chispeante, y su práctica lúcida de la frivolidad de alto vuelo. 

Huía de lo convencional, lo burgués, lo liso. Se pensaba libre, y traducía sus pensamientos en atuendos originales, singularizados por su señal de estilo: un uso desprejuiciado y sabio de las mezclas de colores decididos y texturas patentes sobre formatos, clásicos o folclóricos, siempre netos.

Vistiéndose compuso sucesivos autorretratos, las múltiples facetas de su imaginación en un juego, un permanente work in progress, que hoy perdura como guía de estilo.

Vestirse en armonía con lo que se piensa no es un privilegio, sino un derecho; no una cuestión de status, sino de sensibilidad, y de algo de rebeldía. Tal parece ser el caso de Carly Rae Jepsen. Su  puesto en la cima del estrellato pop, no deforma la imagen pública y artística, sorprendentemente natural, que ella pensó para sí, un chic suelto y accesible de chica norteamericana que mezcla sin prevenciones lo costoso, lo elaborado y lo popular, en clara consonancia con su relato musical.

Los ambientes profesionales donde el suceso personal depende en gran parte de una apariencia y  una seducción aptas para múltiples miradas y de los cálculos y de los artificios que las organizan, vestirse pensándose puede resultar difícil. Es la razón por la que tantas divas, actrices, o modelos, tienden a optar por los extremos: o bien se dan, no sin riesgos visibles, a la teatralidad o se abandonan, al contrario, y mucho más incautamente, al desaliño deliberado de las asiduas al gym. 

La estupenda y díscola Cara Delenvigne, que con toques de emoción y mirada inteligente da vida y alma a su perfección de muñeca victoriana, devino actriz y ya no realza las pasarelas. Una pena, ya que supo ser una de las raras profesionales de la moda que hacen del vestirse, aún cuando desfilan, un vehículo de expresión personal.  

Vale la pena ofrecerse el regalo de vestirse pensándose. Y es un regalo para las veredas que te ven pasar.  Da un sentido nuevo a un gesto obligado, y lo valoriza como medio de expresión de sí. Es también un modo bueno de quererse.

A lo largo del siglo XX, una función central de la moda fue la instalación de arquetipos de belleza, de estilo, propuestos como figuras ideales, modelos a imitar fielmente. Tarea obviamente imposible para una vasta mayoría de personas. Las frustraciones inducidas por la moda acarreron el boom de las industrias de la cosmética, la cirugía plástica, la dietética y la llamada buena forma física. 

En la República Argentina, tierra de espejismos rubios y otros engaños visuales, todavía son muchas (demasiadas) las mujeres que diseñan (y las clientas que llevan) ropa pensada desde la sumisión a la mirada masculina, lejos de su propio deseo, que en muchos casos ignoran u ocultan.

Hay sin embargo otras, por cierto cada vez más numerosas, que se visten pensando en sí mismas.

Aquí, tres de ellas, claramente dispares y a la vez ligadas por el modo en que cada una afirma su identidad. 
De Eugenia Rebolini, estilista y consultante, una foto basta para saber cómo se ve y en qué cree. Cultora del diseño de avanzada, asume con total naturalidad la amplitud mayúscula y la construcción patente del potente abrigo de Zito. Ya era suyo antes de ponérselo. Verlo y pensarse fue, apuesto, un solo flash. Consultar su Instagram.

Como así también el de Antito Perata, blogger y asesora de imagen, que inspiración e influencia a decenas de miles de seguidoras, atraídas por sus mix and match resueltamente pop – y también nac – con los que alegra, da color y trastoca en pasarela a la calle argentina.

Creadora bohemia, comprometida con el vestir sustentable, Flor Dacal, de Somos Dacal, crea básicos sin género determinado,  ya sea recuperando, reciclando y transformando stocks industriales de camisas de algodón, o bien fabricando, con cero desperdicio, y en colaboración con el Club Social de Costura, remeras de textiles naturales, de una cooperativa chaqueña o aún recuperando telas de lana para realizar capas impermeables sumamente chic, de talle único y universal.

Su próximo proyecto: la transformación de paraguas en impermeables, que serán donados. Vestido y pensamiento nunca han estado mejor fusionados. 

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