Todo es diferente, nada se parece a nada. Los paisajes confunden, los entornos desorientan y nada de lo que uno imagina antes de viajar hasta Atacama es como parece. Todo es más: más monumental, más árido, más hermoso, más inhóspito y más estrellado. La sequedad del aire, los días de sol intenso, la amplitud térmica y los cielos despejados son el telón de fondo que acompaña esta singular aventura chilena.
A una hora en auto del límite con Bolivia y a casi tres del Paso de Jama, que separa Argentina de Chile, se encuentra San Pedro de Atacama, la localidad que funciona como base para recorrer la zona.
Dicen que el desierto de Atacama es uno de los lugares del mundo que más se asemejan al paisaje de otro planeta. Es más, el suelo rocoso, la sal, la falta de vegetación y la radiación solar hicieron que el desierto se convirtiera también en un laboratorio natural para investigaciones vinculadas con Marte.
Es una de las regiones más secas del planeta, pero no es un desierto completamente muerto: en el altiplano viven vicuñas, llamas, flamencos y distintas especies vegetales adaptadas a la altura, al frío nocturno y a la escasez extrema de agua. Donde parece que no hay vida, hay, y es totalmente sorprendente.
Para llegar hay que volar al aeropuerto más cercano, el de la ciudad de Calama —si se viaja desde Argentina, habitualmente hay que hacer escala en Santiago de Chile—, y desde ahí recorrer en auto un camino de paisajes impactantes. El trayecto tarda alrededor de una hora y media, hasta encontrarse con algunas luces tenues que dan la bienvenida a San Pedro de Atacama.
Caminos inolvidables
Andar por los senderos y las rutas de esta región es una experiencia única. Los paisajes interminables, los colores y, sobre todo, sus diferencias llaman poderosamente la atención. Lo que sucede es que la zona de San Pedro de Atacama queda enmarcada por la cordillera de los Andes, la cordillera de Domeyko y la cordillera de la Sal, y esa geografía convierte al espacio en un caleidoscopio de imágenes inolvidables.
Entre las excursiones más destacadas se encuentran:
-Los Géiseres del Tatio: un paseo que dura medio día. Se sale de madrugada para llegar al alba, a más de 4.300 metros de altura en los Andes, y contemplar estas increíbles fuentes naturales de agua caliente y vapor. Hay que estar preparado y aclimatarse por la altura, además de abrigarse mucho, ya que allí arriba las temperaturas pueden llegar a los -10 °C.
Atacama tiene esa extraña capacidad de hacer sentir que no hay nada y, al mismo tiempo, que está todo. No hay ruido, no hay exceso, no hay distracciones, pero sí montañas, sal, viento, cielos infinitos y una naturaleza que obliga a mirar con más atención.
-El Salar de Atacama: ubicado a unos 2.300 metros sobre el nivel del mar, es una extensión inmensa de sal en la que aparecen lagunas y donde viven distintas especies de flamencos. El aroma a azufre es parte del paisaje, así como los inmensos cielos celestes que parecen ser infinitos.
-Ckamur: este sector del Valle de la Luna es una zona especial para recorrer, caminar, trepar y, al finalizar, contemplar el atardecer. Ubicado en la cordillera de la Sal, permite acercarse a algunos de los paisajes más impactantes de la zona y a las dunas de Atacama. Las vistas son impresionantes, así como la posibilidad de disfrutar de cerca las montañas de sal.
-Lagunas altiplánicas: ubicadas a más de 4.100 metros sobre el nivel del mar, Miscanti y Miñiques aparecen como enormes espejos de agua en medio de volcanes y paisajes prácticamente infinitos.
-Garganta del Diablo y quebrada de los Cardones: dos lugares que se asemejan más a la Puna argentina por sus quebradas, colores y vegetación.
Un oasis en la inmensidad
A cinco minutos del centro de San Pedro y lindante a una ladera de la cordillera de la Sal se encuentra Nayara Alto Atacama, un hotel cinco estrellas,, miembro de The Leading Hotels of the World, que se mimetiza perfectamente con el paisaje en su propio oasis verde. Con construcciones bajas y de adobe, el lugar ofrece servicios de alta calidad, además de un reducto repleto de buena hospitalidad y, ante todo, mucha tranquilidad.
Las habitaciones, en construcciones de adobe y con estilo atacameño —con materiales sustentables y orgánicos—, encantan por su amplitud y sus terrazas con vistas, ya sea hacia la cordillera de los Andes o la de la Sal. Las suites Tilo, las de mayor categoría, suman textiles inspirados en la cultura local y una ducha al aire libre para disfrutar bajo el cielo estrellado de Atacama.
El desierto de Atacama es uno de los paisajes de la Tierra que más evocan otro planeta. Además, está considerado el desierto no polar más árido del mundo.
El espacio que separa la recepción del restaurante Ckelar —que sirve desayuno, almuerzo y cena con ingredientes locales del norte chileno, además de una interesante variedad de vinos— cuenta con un sector donde vive un grupo de llamas. Las piscinas —algunas templadas— son ideales para descansar y contemplar la belleza del enclave.
Nayara Alto Atacama ofrece además su spa llamado Puri, un espacio de relax absoluto en el cual se puede disfrutar de jacuzzi, circuito de agua, sauna, masajes y tratamientos con productos y aromas de Atacama.
El lodge tiene todo organizado para poder disfrutar al máximo del destino, desde un transfer a San Pedro de Atacama hasta más de 35 excursiones guiadas, que incluyen trekking, recorridos en bicicleta, montañismo y experiencias de astronomía. Guías y camionetas especializadas ofrecen los paseos más distintivos del lugar, con servicio de comida y bebida en muchos de ellos y picnics al aire libre. El objetivo es conocer a fondo los paisajes de una manera sustentable y respetuosa con el medio ambiente.
Además, todas las noches, a pocos metros del hotel, se puede participar, en dos horarios, de la experiencia astronómica. En una pequeña colina se encuentra Ckepi —“ojo” en lengua kunza—, el mirador astronómico del hotel, equipado con un telescopio profesional. Allí, un especialista explica el espectacular cielo de este rincón del mundo, donde, incluso a simple vista, se puede contemplar una cantidad extraordinaria de estrellas, meteoros, la Vía Láctea y nebulosas.
Atacama tiene esa extraña capacidad de hacer sentir que no hay nada y, al mismo tiempo, que está todo. No hay ruido, no hay exceso, no hay distracciones, pero sí montañas, sal, viento, cielos infinitos y una naturaleza que obliga a mirar con más atención. Tal vez ahí esté parte de su magnetismo: en recordar que, cuando todo se reduce a lo esencial, la inmensidad alcanza para llenar el paisaje.
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