Hay encuentros capaces de definir una vida antes de que sepamos nombrarlos. Para Pilar Fernández Lerda, ese momento ocurrió a los 13 años, cuando ingresó por primera vez a un pequeño taller de cerámica en el centro de San Isidro. Una pared cubierta de esmaltes, un tablón con teselas de colores, herramientas distribuidas en vasos y un torno que pronto se convertiría en su mayor desafío conformaban aquel universo inaugural.
“Era el único lugar donde el tiempo no me importaba, donde el ruido en mi cabeza desaparecía”

Con el tiempo, empezó a crear objetos útiles, comprendió la paciencia que exige el oficio y trabajó como asistente de su profesora. Luego llegaron los primeros encargos y sus piezas comenzaron a adquirir valor para otras personas. Sin grandes revelaciones ni gestos solemnes, la cerámica terminó convirtiéndose en una forma de vida.
La trayectoria de Pilar se desarrolló entre Buenos Aires y Miami, dos ciudades que también marcaron momentos diferentes de su obra. En la Argentina se concentró principalmente en la producción de vajilla y en las clases que dictaba a través de Bendito Barro, el proyecto nacido en San Isidro que todavía continúa produciendo desde Estados Unidos.
Emigrar implicó revisar conocimientos que hasta entonces parecían automáticos. Cambiaron las arcillas disponibles, la humedad, el clima, las temperaturas de cocción y el mercado. También cambió su identidad como creadora.

“Emigrar te obliga a volver a preguntarte cosas que en tu país ya tenías bastante resueltas”, comenta la artista. En Miami encontró el espacio necesario para desplazar el eje de la producción funcional hacia una búsqueda más personal y consolidar su carrera como artista cerámica.
Sin embargo, la Argentina permanece en su formación, en los vínculos construidos y en su manera de comprender el oficio. La distancia no borró esa raíz: la convirtió en una memoria que atraviesa cada pieza.
Aunque la cerámica no forma parte de una tradición familiar, Pilar reconoce su práctica dentro de una historia colectiva mucho más antigua. Los pueblos originarios ya trabajaban la tierra para crear vasijas, urnas y objetos rituales. Para ella, sostener el oficio también significa preservar ese vínculo ancestral entre las manos, la naturaleza y la vida cotidiana.

Durante muchos años, su búsqueda estuvo asociada con la perfección técnica. Las piezas debían medir lo mismo, presentar superficies parejas y alcanzar resultados prácticamente idénticos. Haber dominado esa precisión fue motivo de orgullo, pero llegó un momento en que los objetos comenzaron a parecer fabricados por una máquina.
Dejó de lijar algunas superficies y empezó a conservar las texturas, las marcas de las herramientas y las huellas de sus propias manos. También comenzó a aceptar las transformaciones inesperadas del horno y a pensar el fuego como una suerte de coautor, especialmente durante las quemas a leña.
“La imperfección dejó de ser un error para convertirse en la prueba de que había una mano humana detrás”, señala. En esa transformación también aparece una de las ideas centrales de su trabajo: la belleza no se encuentra necesariamente en la perfección, sino en aquello que consigue sobrevivir al calor.
Trabajar con arcilla le enseñó que ningún proceso puede acelerarse de manera arbitraria. La materia impone sus propios tiempos: hay que saber esperar, tolerar la frustración y aceptar que siempre es posible volver a empezar.
Pero la cerámica también exige un compromiso corporal. Amasar, reciclar pasta, levantar peso y cargar o descargar hornos convierten al taller en un espacio de intensa actividad física. Esa dimensión conecta su producción artística con otra parte importante de su vida: el deporte.
Para la artista, la práctica deportiva y el trabajo frente al torno comparten una misma lógica: disciplina, constancia, capacidad para atravesar los imprevistos y decisión para levantarse cuando algo no sucede como se esperaba.
El oficio también modificó su relación con los demás. Si al comienzo predominaba la idea de que podía hacerlo mejor sola, el tiempo le enseñó que la cerámica es una práctica profundamente comunitaria. Desde la antigüedad, trabajar el barro implicó reunirse, buscar materiales, construir hornos y producir colectivamente.

“Es importante tener una comunidad cerámica para apoyarnos y mantener vigente la importancia de la disciplina”
Actualmente, Fernández Lerda presenta su obra en Miami como parte de The Living Part, una exposición compartida con la artista textil argentina Ruth Lastra. La muestra abrió el 6 de agosto en The Living Room Gallery y propone reflexionar sobre el descanso, el juego, la curiosidad y la necesidad de recuperar una vida que no transcurra únicamente en los márgenes de la jornada laboral.
La exposición pone especial atención en las mujeres, frecuentemente convertidas en sostén emocional de sus hogares, relaciones y comunidades, y plantea la necesidad de regresar al cuerpo, a la naturaleza y al deseo propio. Se realiza en una galería situada dentro de una casa, lejos de la lógica tradicional del cubo blanco, con la intención de devolverle al arte una experiencia cercana y habitable. The Living Part, The Living Room Gallery.
Además la artista participa con Resting Bodies, una serie de formas biomórficas que aborda el descanso como una experiencia física y emocional. Las obras reúnen varias de las preguntas que atraviesan su presente: qué ocurre cuando el cuerpo deja de responder a la exigencia, cómo la materia conserva las huellas de una transformación y de qué manera los espacios que habitamos pueden devolvernos a nuestro centro.

“Siento que estoy entrando en una etapa nueva” en esta serie ya no busca representar el cuerpo de manera literal, sino explorar los rastros que deja, su memoria y las experiencias que puede transmitir.
Su próximo horizonte aparece en esa tensión entre el control y la entrega. Después de años dedicados a dominar la técnica, Pilar parece interesada en todo aquello que sucede cuando permite que la materia también decida. Quizás porque trabajar con barro consiste justamente en eso: aprender a moldear sin borrar las marcas y aceptar que, algunas veces, la forma más honesta de crear es dejar una huella visible
at Federico Velenski
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