Hubo luces, música, cuerpos en movimiento y prendas pensadas para permanecer en la memoria. BAFWEEK volvió a La Rural con la energía de una celebración, aunque detrás de la escena el clima era otro. En cada colección se concentraron horas de taller, textiles, agencias de comunicación, proveedores, equipos creativos y decisiones empresariales tomadas en uno de los momentos más complejos para la moda argentina.
Por eso, leer esta edición como una sucesión de desfiles sería quedarse en la superficie. La temporada primavera verano 2026/2027, realizada del 24 al 28 de agosto, dejó una certeza menos luminosa, pero mucho más urgente: la industria resiste y lo hizo sin replegarse.

Las marcas presentaron colecciones, recuperaron archivos, investigaron materiales, construyeron escenografías y llevaron el desfile más allá de la pasarela para convertirlo en experiencia. En ese contexto, cada puesta en escena adquirió una dimensión política. Mostrar una colección fue también una manera de decir: seguimos acá.
El escenario no admite euforias ingenuas. Según el Boletín Económico Sectorial de julio de Fundación Pro Tejer, elaborado con datos del INDEC, en mayo de 2026 la actividad textil cayó un 26,2 por ciento interanual, mientras que la fabricación de prendas de vestir, cuero y calzado retrocedió un 14,7 por ciento. Ese mes, el sector textil trabajó apenas al 42,2% de su capacidad instalada. En el acumulado de enero a mayo, la utilización fue de sólo el 37,7%

Las cifras permiten comprender el peso de cada apuesta. En la Argentina de hoy, producir una colección, sostener un taller y poner una propuesta sobre la pasarela no constituye solamente una decisión estética. Es asumir un riesgo, defender conocimiento y mantener en movimiento una cadena de valor que necesita mucho más que creatividad para sobrevivir.
BAFWEEK regresó a La Rural, el predio que había sido su casa durante los primeros años, y recuperó parte de su liturgia más reconocible. El Pabellón 8 funcionó como sala fija, con pasarela y gradas, mientras que la Sala de Ventas recibió las propuestas más experimentales.

Hubo algo familiar en ese regreso, pero no nostalgia. La estructura miró hacia el pasado mientras el lenguaje escénico señalaba hacia el futuro.
El pre opening del había anticipado esa conversación entre legado y renovación. Fabián Zitta regresó a BAFWEEK después de quince años con Acto Número 2, una colección de prêt à couture inspirada en el arte cinético de Julio Le Parc. El movimiento atravesó siluetas livianas, transparencias y construcciones que parecían transformarse con el andar.

En la misma jornada, GNZ González, una firma con 106 años de historia, debutó en la plataforma y presentó por primera vez una línea femenina junto a su tradicional sastrería masculina. Su lema, Tailored for Time, concentró una de las ideas más interesantes de la semana: innovar no siempre exige romper con todo. A veces, también significa proteger aquello que todavía tiene valor y encontrar una nueva forma de hacerlo circular.

El encuentro entre una marca centenaria y un diseñador que regresaba después de más de una década condensó el espíritu de la edición. La moda argentina no necesita borrar su historia para ser contemporánea. Puede trabajar sobre ella, interrogarla y volverla relevante para una nueva generación.
Una de las claves de esta edición fue la expansión del desfile hacia otros lenguajes, ocho firmas incorporaron performances a sus presentaciones: María Cher, Lulú Martins, Top White, Sadaels, Decrisci, Luz Ballestero, Vanesa Krongold y Luján Sáez.
No se trató de un recurso ornamental. La danza, la música, la iluminación y las intervenciones en vivo ampliaron el sentido de las prendas. La ropa dejó de aparecer como un objeto aislado para formar parte de un universo narrativo. El desfile tradicional, simplemente, ya no parecía suficiente para contar todo lo que una colección quería decir.

María Cher llevó esa premisa a su escala más ambiciosa. Para celebrar sus 25 años, Cher creó una experiencia dividida en cinco escenas, donde las prendas del archivo histórico dialogaron con la danza, la música original y las proyecciones de época.
La puesta tuvo dirección general de la diseñadora, trabajo escénico e iluminación de Sergio Lacroix, coreografía de Andrea Servera y música de Migue Castro. El recorrido culminó con Verano 2027, la colección número 51 de la firma. Más que una revisión nostálgica, el archivo se convirtió en materia viva: una forma de leer el presente y proyectar lo que viene.
Lulú Martins también construyó un mundo propio. Inspirada en el cuento japonés El Puente de Tanabata, la marca montó montañas pintadas a mano, marionetas de pájaros en movimiento y mariposas mecánicas de papel. La escena recreó el encuentro entre Vega y Altair, dos estrellas separadas que solo consiguen reunirse durante una noche.
En su propuesta convivieron la costura, la artesanía y la fantasía. Tres dimensiones que la velocidad de la producción masiva suele dejar afuera y que, en este caso, recuperaron su lugar como parte esencial de la experiencia de vestir.

Top White miró hacia la cultura nocturna porteña y organizó su desfile como una obra en cuatro actos: el ingreso, el corte, la salida del boliche y The Walk of Shame. Con Walk on the Wild Side, de Lou Reed, como banda sonora, la marca llevó a escena ese instante incierto entre la euforia de la noche y la exposición de la mañana, cuando el personaje se desarma y aparece algo más íntimo.
Sadaels eligió otra forma de poner la individualidad en primer plano. Su desfile adoptó la estructura de un talent show: cada modelo quedó recortada por un haz circular de luz y algunas se detuvieron para cantar, bailar o tocar un instrumento. La identidad dejó de ser una pose cuidadosamente construida para transformarse en acción.

Decrisci llevó al centro una de las grandes pasiones populares argentinas: el automovilismo. En articulación con la ACTC, presentó uniformes reinterpretados, gráficas de competición y prendas inspiradas en el universo de los boxes.
La escenografía funcionó, al mismo tiempo, como un detrás de escena abierto. Los cambios de vestuario sucedieron frente al público y aquello que la moda suele ocultar para preservar la ilusión quedó expuesto. Mostrar el proceso fue también una manera de mostrar el trabajo.
Luz Ballestero estructuró Fuera de Ruta en cuatro momentos: alba, día, atardecer y noche. Las variaciones de luz, temperatura y sonido acompañaron un viaje en el que importaba menos la llegada que la transformación provocada por el camino.
Vanesa Krongold convirtió la Sala de Ventas en un teatro para presentar La Ópera. Alta costura y ready to wear se encontraron en prendas realizadas con textiles recuperados, materiales no convencionales y desarrollos propios. La propuesta volvió a poner en discusión la idea de lujo: no como acumulación, sino como tiempo, investigación y singularidad.

Luján Sáez, en su debut como marca bajo el legado de ONA SÁEZ, incorporó una performance musical en vivo de Lisa Scha. Su aparición marcó el nacimiento de una nueva identidad sin negar la historia que la precede. En una industria donde las marcas también atraviesan ciclos, herencias y transformaciones, el gesto tuvo una resonancia particular.
La resistencia apareció de muchas maneras. Estuvo en la elección de los materiales, en la recuperación de técnicas y en la decisión de convertir la memoria en diseño.
Valentina Schuchner presentó Oda al Olvido, una colección surgida de su investigación sobre los ajuares que las mujeres argentinas confeccionaban y heredaban entre fines del siglo XIX y comienzos del XX. En diálogo con la obra textil de Louise Bourgeois, la diseñadora recuperó labores domésticas históricamente consideradas menores para devolverles su dimensión simbólica, afectiva y política.

En esas piezas, la costura apareció como lenguaje y también como archivo. Bordar, remendar y conservar dejaron de ser gestos silenciosos para convertirse en formas de narrar la experiencia de las mujeres.
Delfos trabajó desde una memoria familiar. El recorrido de la diseñadora por el Camino de Santiago hasta Piñeiro, el pueblo del que partieron sus antepasados antes de emigrar a la Argentina con el oficio textil, se tradujo en denim, cruces, figuras de torero y símbolos de protección.

La colección habló de fe, coraje y pertenencia, pero también de la fragilidad de un conocimiento transmitido entre generaciones. Un saber que hoy corre el riesgo de desaparecer si no existen las condiciones necesarias para sostenerlo.
En N.1, Luján Sáez combinó denim, sastrería, grunge, rock y deporte con reciclaje e intervención manual. Pucheta Paz puso el cuerpo en el centro de ANATOMÍA y construyó una secuencia de capas que se desprendían hasta revelar una silueta más esencial.

Las Pepas, por su parte, convirtió la pasarela en una pequeña calle inspirada en Los Feliz, Los Ángeles. La colección avanzó como una secuencia cinematográfica habitada por distintos personajes. Lenguajes diferentes, pero una voluntad compartida: hacer de la moda un relato propio y no una repetición obediente de tendencias ajenas.
BAFWEEK dejó una imagen contundente de la industria nacional. Marcas centenarias convivieron con proyectos emergentes. Los archivos volvieron a circular. Aparecieron textiles recuperados, oficios familiares, alianzas con otras industrias y diseñadores dispuestos a seguir creando aun cuando el contexto invita a reducir, postergar o desaparecer.
La semana confirmó que el diseño argentino conserva voz, pero también demostró que, incluso en la adversidad, es capaz de construir belleza sin desconectarse de aquello que sucede afuera.

Pero celebrar esa resistencia no significa naturalizarla, detrás de cada pasarela hay empleo, conocimiento, inversión y una red productiva que no puede sostenerse indefinidamente sólo gracias a la voluntad de sus creadores. No alcanza con aplaudir el último look mientras los talleres pierden actividad y las máquinas permanecen detenidas.
El cierre de María Cher, con su archivo transformado en escena y la colección Verano 2027 abriendo un nuevo capítulo, ofreció una síntesis precisa. La historia no apareció como museo, sino como plataforma.
En una edición que volvió a sus raíces para ensayar otros lenguajes, BAFWEEK confirmó que la industria argentina resiste. El desafío es que esa energía no quede condenada a resistir, sino que vuelva a tener espacio para crecer.
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