Si hay algo que caracteriza a Nueva York Fashion Week, es la forma en que la esencia de la ciudad existe entre los tejidos, las siluetas y la profunda inspiración que nace de las calles.
La moda americana poseé una naturaleza particular, es posible reconocerla en los abrigos que rozan el asfalto y la sastrería recupera la estética de los edificios.
Entre destellos metálicos, transparencias estratégicas y un layering de intención escultural, la estética neoyorquina reafirma su carácter pragmático y directo, siempre en movimiento.
Desde abrigos cuya precisión asemeja a la arquitectura, hasta detalles de glamour citadino que resplandecen sobre un paisaje de tonos neutrales, este invierno es de contrastes calculados, viaja entre la estructura y la ligereza; si bien hay una constante hacia las siluetas definidas, la feminidad de lo etéreo también se hace presente.
Es una temporada donde el clima nos invita a explorar el romanticismo contenido, a hacer una declaración de estilo a través de los colores, del cuero pulido y texturas poderosas, siempre apoderándose del carácter de la elegancia contemporánea.
Christian Cowan
Christian Cowan convirtió la pasarela en un estallido cromático. Plumas saturadas, lentejuelas hiperbólicas, siluetas ceñidas que celebran el exceso con convicción pop. El otoño deja de ser sobrio; adopta una teatralidad vibrante, pensada para quien entiende la moda como espectáculo personal.

Elena Vélez
Elena Vélez trazó un invierno áspero, casi industrial, donde el metal parece respirar junto al cuerpo. Corsetería expuesta, denim erosionado, texturas que rozan la oxidación: la silueta emerge como una armadura emocional. Hay tensión en cada costura; una sensualidad cruda que no busca complacencia, sino intensidad.
Pamella Roland
Pamella Roland apostó por el dramatismo nocturno. Cristales suspendidos sobre terciopelo profundo, transparencias que capturan la luz con precisión casi arquitectónica. La temporada se inclina hacia el brillo controlado, hacia la mujer que entra en una sala como si el espacio le perteneciera desde siempre.

Patricio Campillo
Campillo propuso una elegancia contenida, casi ceremonial. Sastrería de líneas puras, abrigos que caen con precisión estudiada, una paleta sobria atravesada por gestos históricos. La tendencia apunta hacia una masculinidad refinada que dialoga con códigos clásicos sin perder contemporaneidad.

Frederick Anderson
Frederick Anderson delineó un guardarropa urbano de porte impecable. Abrigos amplios, tejidos densos, un ritmo pausado que sugiere confianza madura. La colección privilegia la estructura; cada look sostiene una presencia firme, elegante sin estridencia.
Ulla Johnson
Ulla Johnson imaginó un invierno orgánico. Volúmenes suaves, estampados que evocan paisajes lejanos, capas superpuestas con naturalidad instintiva. Predomina una feminidad terrenal, casi artesanal, que encuentra sofisticación en la textura más que en el artificio.
Coach
Coach abrazó la nostalgia americana con actitud relajada. Cuero envejecido, shearling envolvente, vestidos lenceros bajo abrigos de aire colegial. Surge una tendencia clara: el lujo cotidiano, ese que mezcla herencia deportiva con guiños románticos sin perder frescura.
Michael Kors
Michael Kors defendió el glamour citadino. Cashmere en tonos neutros, siluetas limpias, destellos estratégicos que iluminan la noche invernal. El minimalismo adquiere calidez; la opulencia se expresa desde la sobriedad calculada.

Carolina Herrera
Carolina Herrera insistió en la silueta como declaración. Cinturas marcadas, faldas amplias, rojos intensos que atraviesan la temporada. La colección respira disciplina estética; cada pieza afirma una feminidad segura, consciente de su poder escénico.

Private Policy
Private Policy presentó una visión afilada del invierno. Sastrería deconstruida, cuero pulido, referencias urbanas que remiten a la energía nocturna de Nueva York. El resultado: una estética precisa, crítica, alineada con una generación que convierte la moda en postura política.

Esta temporada, Nueva York Fashion Week es una apuesta con carácter; la sastrería recupera protagonismo, el brillo se vuelve estratégico, lo minucioso adquiere peso en cada pasarela y nos invita a entender el invierno como un concepto directo, vanguardista y ambicioso, tal como lo es la ciudad.
at Darío Modotti
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