La ciudad promete algunos de los partidos más importantes del Mundial. Pero cuando el calor sobre Manhattan se vuelve insoportable, existe otro circuito posible a unas tres horas de Nueva York. Playas silenciosas, hoteles frente al mar, restaurantes sobre acantilados y viñedos construyen el costado más relajado del verano estadounidense en Long Island.
Lejos de la postal clásica de los Hamptons, Montauk, Sag Harbor y Greenport se consolidan como algunos de los destinos favoritos para quienes buscan una experiencia más tranquila, estética y conectada con la naturaleza. Hacia el Atlántico aparece Montauk con su espíritu surfero; hacia el norte, Sag Harbor ofrece una versión más residencial y serena del lujo costero.

Montauk y el lujo relajado
Montauk suele compararse con José Ignacio, aunque con una diferencia importante: acá el internet vuela y el home office desde la playa es completamente posible. Entre surfers, cafés y casas frente al océano, el pueblo se convirtió en uno de los refugios favoritos de quienes buscan bajar el ritmo sin desconectarse del todo.
Uno de los espacios más comentados de la zona es Marram Montauk, un hotel boutique frente al mar que combina diseño minimalista, privacidad y una estética extremadamente cuidada. Desde los amenities de Le Labo hasta sus livings vidriados y las clases diarias de yoga, todo parece pensado para construir una experiencia atravesada por la calma.

El restaurante argentino sobre la playa
Entre las paradas obligadas aparece Mostrador Marram, el restaurante de Fernando Trocca instalado frente al mar. La propuesta mezcla espíritu relajado con una cocina mucho más sofisticada de lo habitual para un parador de playa.
El menú cambia todos los días según los productos de temporada e incluye desde pastas y milanesas hasta una mesa dulce que ya se volvió uno de los grandes atractivos del lugar. El alfajor con dulce de leche, convertido casi en un símbolo argentino dentro de Long Island, es uno de los favoritos.

Gigi’s y las cenas frente al Atlántico
Sobre un acantilado de Montauk aparece Gigi’s, uno de los restaurantes más buscados de la región. Desde su terraza cubierta se ve el Atlántico romper varios metros más abajo mientras el atardecer transforma el cielo en tonos anaranjados.
La cocina combina influencias americanas, francesas, italianas y japonesas en platos donde el mar ocupa el centro de la escena. Entre las especialidades más comentadas aparece el Lobster Tagliatelle, convertido en uno de los íconos gastronómicos del lugar.

Sag Harbor, la versión más tranquila de los Hamptons
Más residencial y menos ostentoso que otros puntos de la zona, Sag Harbor mantiene una identidad mucho más relajada. Allí se encuentra el Sag Harbor Inn, un hotel sobre el agua con balcones al puerto y una ubicación ideal para recorrer el pueblo caminando.
La experiencia mezcla cierta nostalgia americana con comodidad contemporánea: habitaciones amplias, desayuno incluido y vistas abiertas que invitan a bajar el ritmo después de varios días en Nueva York.
Atardeceres y viñedos en North Fork
En el North Fork de Long Island, el paisaje cambia por completo. Allí, las olas del Atlántico desaparecen y los viñedos empiezan a dominar la ruta hacia Greenport.
Uno de los puntos más recomendados es The Halyard, el restaurante del hotel Soundview, especializado en cocina farm to table y productos locales. Ostras frescas, vinos de la región y vistas abiertas hacia Connecticut convierten el lugar en uno de los mejores spots para ver caer el sol.
La región cuenta además con más de 60 bodegas y viñedos como Bedell, Kontokosta y Paumanok, ideales para quienes buscan combinar playa, vino y escapadas de verano durante el Mundial 2026.
at Ash Mateu
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