Miami ardía en más de un sentido. La ciudad respiraba Mundial 2026 —camisetas argentinas en Collins Avenue, pantallas gigantes en cada esquina, bocinazos después de cada gol— y en medio de esa fiebre futbolera me tocó vivir una experiencia de otro tipo: pasar 48 horas en el flamante Delano Miami Beach, el hotel que acaba de reabrir sus puertas tras seis años de cierre y una restauración de aproximadamente 100 millones de dólares.
Llegué una tarde de calor húmedo, de ese que solo Miami sabe ofrecer, y la primera impresión fue exactamente la que uno espera de una leyenda: la fachada Art Déco original, restaurada al detalle, y ese lobby que en los noventa —cuando Ian Schrager y Philippe Starck lo convirtieron en el epicentro social de South Beach— definió una era. Las clásicas cortinas blancas siguen ahí, reinterpretadas, envolviendo las paredes. También la icónica silla "Leda" de Salvador Dalí, la silla Calvet de Antoni Gaudí y hasta el piano acrílico de Lenny Kravitz. Uno camina por ese hall y siente que la historia del hotel le habla al oído, con un paisaje sonoro diseñado a medida y una fragancia exclusiva que flota en el aire.
Dormir entre curvas, luz y mar
Mi habitación era un refugio perfecto para escapar del vértigo mundialista. El Delano cuenta con 171 habitaciones y suites, todas con ventanales amplios pensados para maximizar las vistas al mar, paletas neutras y detalles arquitectónicos curvos que transmiten calma. Los más afortunados pueden optar por los Poolside Bungalows de dos niveles —con salas que se abren directamente al restaurante junto a la piscina— o por las dos nuevas Penthouse Suites que ocupan el piso 14 completo, con terrazas privadas, cocinas exclusivas y hasta bar propio en el caso de la City View.
Después de una mañana de playa y noticias de la Selección, el ritual fue siempre el mismo: bajar a la histórica piscina, restaurada con la elegancia que la hizo famosa, hoy convertida en el corazón de la experiencia gastronómica de Gigi Rigolatto.
Italia frente al Atlántico
Si algo define esta nueva etapa del Delano es el desembarco de Paris Society, el grupo de hospitalidad parisino que hace su debut en Estados Unidos con dos de sus conceptos más celebrados. Gigi Rigolatto, que ya conquistó Saint-Tropez, París, Dubái, Roma y Bodrum, despliega su estilo de vida Alla Grande desde el primer nivel del hotel hasta la arena misma: restaurante interior, mesas junto a la piscina, cabañas en la playa y hasta una concept store.
Ahí probé un Spaghetti Limone e Caviale que todavía recuerdo, y en el Bellini Bar, entre el hotel y el mar, el clásico cóctel veneciano se disfruta con la brisa del Atlántico de fondo. Todo bajo la dirección creativa del arquitecto franco-mexicano Hugo Toro: mármol Siena, piedra coral clarísima, flecos bohemios y una convivialidad que se siente espontánea aunque esté pensada al milímetro.
Una noche en la Osaka de los años veinte
La otra gran apuesta gastronómica es Mimi Kakushi, el aclamado restaurante japonés inspirado en la Osaka de la década de 1920, ubicado en el cuarto nivel y de acceso exclusivo para huéspedes y miembros del club. El lugar es un viaje en sí mismo: biombos de madera, paredes pintadas a mano, texturas que evocan el Art Déco Oriental y una curaduría musical que une los sonidos de Osaka con la energía de Tokio.
Del menú, imposible olvidar el Wagyu and Foie Gras Gyoza con mantequilla de soya trufada y el emblemático Miso Black Cod. Pero la joya es la carta de cocteles Kintarō, inspirada en el actor del cine mudo Sessue Hayakawa: pedí el Nara Nara, un martini con Botanist Gin servido dentro de un bloque de hielo a -20 °C, considerado uno de los martinis más fríos del mundo. No es un dato menor: Mimi Kakushi ocupa el puesto 36 en The World's 50 Best Bars y es el Mejor Bar de Medio Oriente por tercer año consecutivo.
El regreso del Rose Bar y lo que viene
Antes de dormir, la última parada era obligada: el mítico Rose Bar, junto al lobby, con apenas ocho asientos, sus lámparas Narcisso de cristal de Murano restauradas y una carta que reinterpreta el glamour de la vida nocturna de los años ochenta. Iluminación íntima, terciopelo, mármol Rosso Lepanto: un rincón que condensa todo lo que el Delano fue y vuelve a ser.
Me fui con la sensación de que esta reapertura es mucho más que la vuelta de un hotel. Con el Delano Members Club —una comunidad curada de figuras del arte, el cine, la moda y los negocios—, el spa social The Source by Delano que abrirá este otoño con una sauna para 22 personas, la tienda Nothing Finer y un programa de arte que exhibe a artistas emergentes locales curado por Nicola Green, el ícono de 1685 Collins Avenue no volvió para vivir de la nostalgia: volvió para volver a marcar el pulso de Miami Beach.
Y mientras la ciudad seguía gritando goles, yo entendí que hay otra forma de vivir la fiebre de Miami: entre cortinas blancas, martinis bajo cero y un Art Déco que, treinta años después, sigue siendo el verdadero dueño de South Beach.
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