Hay historias que, aun en su escala más íntima, logran abrir preguntas universales. El último gigante, la nueva película de Marcos Carnevale que acaba de estrenarse en Netflix, se mueve precisamente en ese territorio: el de los vínculos que vuelven, incomodan y obligan a mirar hacia atrás para poder avanzar.
Protagonizada por Oscar Martínez junto a Matías Mayer y Inés Estévez, la película se sitúa en el paisaje imponente de las Cataratas del Iguazú para contar una historia de reencuentro entre padre e hijo, atravesada por el peso de lo no dicho y la posibilidad —siempre incierta— del perdón.
En ese marco, conversamos con Inés Estévez sobre su personaje, los matices emocionales del relato y por qué este tipo de historias siguen resonando en un presente donde lo personal y lo vincular vuelven a ocupar el centro.

—En la película se cruzan dos universos tuyos: la actuación y la música. ¿Cómo fue esa experiencia?
Fue muy lindo que convergieran. Es la primera vez que trabajo con Marcos Carnevale y que me convocara para un personaje que además tenía que cantar fue algo inesperado. No es que el personaje se dedique a la música, pero canta como parte de su personalidad, de su desfachatez.
Tenía, además, un momento muy clave dentro de la película —sin spoilear—, y eso le daba un peso especial. Elegimos los temas juntos y fue una experiencia muy grata. Lo grabamos prácticamente en una sola toma, y quedó esa.
—Tu personaje tiene algo desfachatado, incluso hippie. ¿Hay algo de eso que te conecte con ella?
No, ojalá (risas). Me gustaría. Quizás lo único que siento como punto en común es algo de lo provinciano. Es un personaje que no es de Buenos Aires y que termina en Misiones.
Pero sobre todo, lo que me une es el arrojo. Es un personaje que toma una decisión muy fuerte en función de su estabilidad emocional, más allá de sus deseos o del amor que siente. Se va sola con un hijo a un lugar recóndito, y eso me parece muy potente.
A mí me gustan mucho los personajes desarmados, los personajes rotos. Estoy un poco saturada de los personajes femeninos tan prolijos, tan bien peinados desde que se levantan hasta que se acuestan, tan alejados de la realidad. Me interesa construir personajes más humanos, más imperfectos.

—¿Qué rol tuvo el entorno, las Cataratas, la selva misionera, en la construcción del personaje?
Muchísimo. Cuando llegué a Misiones me ayudó a terminar de armarlo. Hay algo caótico en el personaje, y ese entorno tan exuberante también tiene algo de caos.
Salir de Buenos Aires, de lo estructurado, y estar en un lugar más enrevesado, me permitió ubicar al personaje en esos estados. El espacio físico influye mucho, como el vestuario o el maquillaje: termina de completar la conducta del personaje.
—La película habla de vínculos, especialmente entre padres e hijos. ¿Te resonó en lo personal?
Sí, mucho. Me hizo pensar en mi vínculo con mi padre. Fue un vínculo muy constructivo, muy reparador. Teníamos una especie de acuerdo tácito, un entendimiento profundo, aunque no fuéramos de hablar demasiado.
Y creo que eso es lo que también busca el personaje de Oscar en la película. Es una historia que habla de vínculos, y eso inevitablemente interpela.

—También aparece un tema muy fuerte: la decisión sobre el final de la vida. ¿Qué reflexión te generó?
Lo hablábamos mucho durante el rodaje. Creo que en realidad no le tenemos miedo a la muerte, le tenemos miedo al deterioro, a perder la autonomía.
Me parece que son decisiones que deberían poder contemplarse y debatirse. Cuando no son legales, la situación se vuelve muy compleja, tanto para quien sufre como para quienes lo rodean. Es un tema muy vigente, que necesita ser pensado.
—¿Qué otros temas te dejó la película?
Para mí, lo central son los vínculos y la comunicación. Cómo la falta de comunicación destruye, y cómo el intento de volver a comunicarse —aunque sea torpe, imperfecto— puede volver a unir. Nadie está exento de conflictos
at Fernando Gomez Dossena
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