La joyería dejó de ocupar un lugar secundario. En las colecciones de 2026, los accesorios ganan escala, volumen y presencia, hasta convertirse muchas veces en el elemento alrededor del cual se construye todo el conjunto.
Collares contundentes, brazaletes escultóricos, aros XL y broches aparecen incluso sobre prendas simples y siluetas depuradas. La idea ya no es solamente sumar un detalle al final, sino utilizar la joya como una herramienta de estilo capaz de modificar por completo una prenda conocida.

Los collares vuelven a tomar protagonismo
Después del predominio de las cadenas finas y los diseños casi imperceptibles, los collares recuperan presencia.
Cadenas de gran tamaño, piezas rígidas, materiales inesperados, formas orgánicas y collares largos aparecen como una de las maneras más simples de transformar una camisa, un vestido o incluso una remera básica.
El contraste es parte de la propuesta: cuanto más sencilla sea la ropa, mayor espacio puede ocupar la joya.
Una camisa blanca cambia por completo con un collar escultórico. Un vestido negro puede adquirir otra identidad a partir de una pieza metálica. Incluso una remera básica puede funcionar como fondo neutro para un diseño de mayor impacto.
Más que acumular elementos, la clave está en decidir qué pieza va a conducir el look.

Brazaletes y aros XL
El volumen también llega a muñecas y orejas.
Los brazaletes anchos y rígidos vuelven a aparecer como piezas protagonistas y ya no necesariamente se llevan directamente sobre la piel. Una de las formas más interesantes de incorporarlos es colocarlos sobre sweaters, camisas o prendas de manga larga, convirtiéndolos casi en parte de la silueta.
Los aros siguen una lógica similar. Formas geométricas, superficies metálicas, curvas orgánicas y diseños de gran tamaño enmarcan el rostro y pueden cambiar la percepción de un look sin necesidad de sumar demasiados elementos.
Esta manera de entender la joyería recupera una idea que grandes diseñadores exploraron durante décadas: la joya como objeto de diseño y no solamente como adorno.
Uno de los ejemplos más emblemáticos es el trabajo de Elsa Peretti para Tiffany & Co. Sus formas orgánicas y escultóricas, como el célebre Bone cuff, pensado para acompañar los contornos naturales de la muñeca, modificaron la relación entre cuerpo y joyería.

El regreso del broche
Si hubo una pieza durante años asociada a una estética clásica, fue el broche. En 2026, sin embargo, regresa completamente resignificado.
Ya no se limita a la solapa de un blazer. Aparece sobre sweaters, camisas, pañuelos, vestidos e incluso como recurso para ajustar o modificar la caída de una prenda.
Chanel continúa incorporándolo dentro de su universo, pero el fenómeno atraviesa distintas colecciones y estilos. Flores de grandes dimensiones, piezas metálicas y diseños con piedras convierten al broche en uno de los accesorios más versátiles del momento.
Su atractivo también tiene que ver con una forma diferente de consumir moda: permite transformar aquello que ya existe en el placard sin necesidad de incorporar una prenda nueva.
Un blazer conocido puede parecer otro con un broche inesperado. Lo mismo sucede con un sweater sencillo o una camisa masculina.
Cómo llevar joyería protagonista
La ventaja de esta tendencia es que no exige cambiar por completo el estilo personal.
Una de las fórmulas más efectivas consiste en elegir una sola pieza de impacto y dejar que el resto del conjunto funcione como marco.
Un collar XL puede acompañar una camisa blanca; un brazalete escultórico, transformar un sweater negro; unos aros grandes, darle otra personalidad a un vestido de líneas simples; y un broche puede convertirse en el elemento central de un blazer.
También es posible combinar distintas joyas. En ese caso, el equilibrio no necesariamente significa discreción: puede aparecer a partir de una repetición de materiales, formas o tonalidades que conecten las piezas entre sí.
La joyería como expresión de estilo personal
El protagonismo de las joyas también dialoga con una búsqueda que atraviesa buena parte de la moda actual: vestirse de una manera cada vez más personal.
En un contexto marcado por tendencias que circulan y se replican rápidamente en las redes sociales, los accesorios ofrecen una posibilidad diferente. Una joya vintage, una pieza heredada, un diseño de autor o algo encontrado durante un viaje pueden aportar una historia imposible de reproducir exactamente.
Y ahí aparece quizás la diferencia más interesante.
Una joya no tiene por qué seguir la misma velocidad que la ropa. Puede pasar de una persona a otra, reaparecer años después, combinarse de maneras distintas y seguir teniendo sentido incluso cuando las tendencias cambian.
Por eso, en 2026 la joyería ya no necesariamente llega al final del look.
También puede ser el lugar desde donde todo empieza.
at Milagros Cabrera.
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