La primavera de Christian Dior llega cubierta de transparencias, flores y tejidos que parecen guardar el movimiento incluso cuando el cuerpo permanece quieto. Una colección donde la feminidad ocupa un lugar central y Jonathan Anderson encuentra una manera más ligera de acercarse a los códigos de la maison, dejando que la ropa se abra, se desplace y revele aquello que normalmente permanece oculto.
La transparencia aparece una y otra vez. En faldas que dejan entrever las piernas, vestidos construidos en capas y prendas que parecen suspendidas sobre el cuerpo. Esa sensación de ligereza se extiende incluso hacia la sastrería: los sacos aparecen abiertos, las camisas pierden parte de su estructura y las prendas interiores se convierten en una capa visible del look.

Los tejidos plisados, arrugados y vaporosos hacen, además, que cada conjunto adquiera una dimensión diferente cuando comienza a moverse.
Los códigos de Dior están ahí, pero tienen permiso para desordenarse. La cintura continúa siendo importante, el peplum permanece y las flores conservan su lugar dentro del imaginario de la casa. Sin embargo, una chaqueta puede llevarse abierta, una falda caer de manera irregular y una capa transparente alterar por completo la lectura de una silueta.

El peplum es uno de los ejemplos de esta transformación. Su capacidad para marcar la cintura permanece, pero la construcción se vuelve más suave, menos arquitectónica, casi como si hubiera perdido peso. Acompañado por tejidos ligeros y nuevas proporciones, permite que la silueta se mueva en lugar de quedar perfectamente dibujada sobre el cuerpo. Anderson toma así una referencia profundamente ligada a Dior y la lleva hacia un lugar más relajado.
Las flores también abandonan su lugar habitual. Algunas se convierten en aplicaciones tridimensionales que sobresalen de chaquetas y faldas; otras aparecen fragmentadas entre costuras y capas transparentes, como pequeños pétalos que parecen desprenderse de la ropa mientras el cuerpo avanza. La naturaleza deja de ser solamente una imagen sobre el tejido para participar de la construcción de las prendas.

Flecos, plumas, volantes y superficies plisadas acompañan piernas y brazos, creando una colección que necesita del cuerpo para terminar de revelarse. Las prendas cambian con cada paso, las transparencias dejan aparecer nuevas capas y los volúmenes se modifican según el movimiento de quien los lleva.
La paleta acompaña esa búsqueda. El negro, el blanco y los grises conviven con rosas suaves, azules pálidos y tonos metálicos, mientras algunos estampados florales introducen momentos de mayor intensidad. Sin embargo, son las texturas las que terminan dominando la imagen y hacen que una misma gama de color pueda sentirse completamente distinta según el material.
Hay algo especialmente femenino en esta colección, pero no porque Dior intente reconstruir una idea clásica de elegancia. Anderson permite que los códigos históricos de la maison vuelvan a relacionarse con el cuerpo de una manera más libre.

La sensualidad aparece en la piel que se alcanza a ver debajo de una transparencia, en una camisa abierta, en una cintura marcada o en una falda que se mueve alrededor de las piernas, sin necesidad de convertir ninguno de esos gestos en una declaración excesiva.
Jonathan Anderson continúa así descubriendo qué puede hacer con la herencia de Dior. Esta vez, la respuesta parece estar en una belleza que acepta cierta imperfección. Las flores, el peplum, la cintura y la sastrería permanecen, pero dejan de sentirse estáticos.
Todo puede abrirse, moverse, transparentarse y volver a su lugar. Los códigos permanecen; lo que cambia es la libertad con la que se los habita.
at Darío Modotti
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