Cuando desde Marie Claire exigimos mejores condiciones para las mujeres —mejores salarios, más oportunidades profesionales, licencias parentales más justas y mayor protección frente a la violencia doméstica—, sabemos que en gran medida le estamos hablando a quienes ya están convencidas.
Por eso, les pedimos a cuatro autores que reflexionaran sobre las complejidades de ser mujer hoy: desde el poder de la amistad femenina hasta el terreno cada vez más incierto del dating moderno, y el rol que pueden tener los aliados para ayudarnos a resistir.

Bek Day: por qué ser mujer sigue siendo lo mejor, a pesar de todo
No muy lejos de donde vivo hay una cascada que, como diría mi abuela, “es un verdadero dolor llegar hasta ahí”. No hay dónde estacionar.
Hay que trepar por piedras resbalosas del río, pulidas por siglos de agua. Una vez terminé con una sanguijuela enorme pegada detrás de la rodilla, lo que hizo que mi compañera de caminata gritara de asco. Otra vez me equivoqué de camino y terminé en una plantación de bananas. No suena como el plan perfecto para un día libre. Y sin embargo.
Cada vez que el sendero finalmente se abre hacia la pileta verde salpicada de luz que se forma bajo la cascada salvaje, se me hace un nudo en la garganta. Arrastro a cada visita que viene a verme para que haga la caminata conmigo y lo vea. Les digo: “Esperá un poco. Vale la pena el esfuerzo”.
Es un mantra que también aplica a la experiencia de existir en el mundo como mujer. El dolor muchas veces es el precio de entrada. Pero lo que hace que ese dolor sea soportable es lo que produce entre nosotras. Porque aunque el costo de ser mujer es alto, el retorno es colectivo.
Está lo físico: el parto, la lactancia, la endometriosis, el largo túnel de la perimenopausia. Mucho de esto sigue siendo ignorado por una medicina históricamente misógina, más interesada en desarrollar Viagra masticable que en investigar tratamientos para lo que se sigue llamando “problemas de mujeres”.
También está el dolor existencial: el burnout, la carga mental, el síndrome del impostor, la culpa materna… o la culpa por no ser madre. Y después está el dolor sistémico: una epidemia de violencia doméstica que convierte nuestros propios hogares en los lugares más peligrosos.
Incluso nuestras redes de contención se están debilitando: la brecha salarial de género sigue siendo un fantasma persistente en nuestras cuentas bancarias, empujándonos hacia un futuro en el que las mujeres mayores de 55 son el grupo que más rápido crece entre las personas sin hogar.
Ser mujer quizás sea la descripción de trabajo menos atractiva que existe. Pero igual volvería a postularme mil veces.
Porque también están los beneficios.
Los pequeños beneficios: el alivio profundo después de llorar a mares, Sephora, la charla con tu mejor amiga frente a un plato de papas fritas finitas y tres limoncello spritz cada una. La primera vez que ves a Jacob Elordi sin remera. Las work wives. Las letras de Joni Mitchell. Un tampón que pasa discretamente por debajo de la pared del baño. Esos tres puntitos que aparecen en el chat grupal después de que alguien escribe: “¿Puedo decir algo mala onda por un segundo?”

Ver a una amiga enamorarse. Enamorarte de una amiga.
Los años más difíciles de mi vida fueron suavizados y salvados por mujeres. La amistad femenina —firme como un diamante y igual de preciosa— fue tanto ancla como vela en mi vida.
Cuanto peor se pone el mundo, más me refugio en la comunidad de mujeres que me rodea. Y resulta que ese impulso tiene base científica.
Hace décadas, la profesora de UCLA Shelley Taylor descubrió que la mayoría de las investigaciones sobre el estrés estaban basadas en hombres. Nos habían vendido la idea del “fight or flight”: pelear o huir. Pero Taylor encontró que muchas mujeres responden de otra forma: “cuidar y vincularse” (tend and befriend).
Cuando el mundo se incendia, las mujeres liberamos oxitocina, lo que nos impulsa a cuidar y buscar apoyo social. Es por eso que las mujeres somos arquitectas de resiliencia colectiva.
Convertimos el trauma compartido en una confianza tan sólida que podemos apoyarnos en ella.
Y una vez que sabés esto, empezás a verlo en todas partes: la risa que te deja sin aire en la fila del café, el mensaje que llega el aniversario de un aborto espontáneo: “Estoy pensando en vos”. La mano que te aprieta el brazo debajo de la mesa de una reunión. En un funeral. Después de firmar los papeles de un divorcio.
Para las mujeres, el camino y el destino suelen ser lo mismo.
Esperá un poco.
Vale la pena el dolor.

¿Qué pueden hacer los hombres? Jonathan Seidler sobre el verdadero significado de ser aliado
Yo soy muy de los grandes gestos.
Siempre creí que la mejor manera de demostrarle a una mujer que te importa era a través de demostraciones exageradas. ¿Para qué mandar flores si podés escribir un poema épico? ¿Para qué ir a un restaurante en San Valentín si podés cerrar uno entero y diseñar un menú especial?
Durante años confundí sinceridad con espectáculo.
Pero con el tiempo aprendí que la verdadera alianza no está en los grandes gestos, sino en escuchar.
No hay premios por dejar dormir a tu pareja mientras vos te levantás a las cinco de la mañana con los chicos. Tampoco por escuchar algo injusto que le pasó sin tratar inmediatamente de “arreglarlo”.
La verdadera alianza es un trabajo cotidiano. Consiste en entender que las vidas de las mujeres suelen ser más complejas y más injustas que las de los hombres y encontrar pequeñas maneras de aliviarlo.
No hace falta una escena de película.
Hace falta corresponsabilidad, igualdad salarial y ejemplo en el trabajo.
Tal vez eso no sea tan cinematográfico, pero seguramente es lo que las mujeres de nuestras vidas van a recordar.

¿En qué momento mantener la chispa se volvió tarea de las mujeres?
Sabemos cómo empieza una relación intensa.
Contra. La. Pared.
Después llega el matrimonio. La vida. Dos trabajos. Dos hijos. Una hipoteca.
La intimidad empieza a ralentizarse, después se pausa… y finalmente queda enterrada bajo pilas de ropa para lavar.
Y aun así, la pregunta de “cómo mantener viva la chispa” sigue flotando en el aire. Y curiosamente suele apuntar a las mujeres.
Porque la intimidad en relaciones largas muchas veces se convierte en una tarea.
No en un deseo compartido.
Algo así como reciclar.
Con el tiempo, las mujeres terminamos siendo las directoras de crucero del mantenimiento de la intimidad: iniciar el sexo sin parecer necesitadas, seguir siendo atractivas, programar el romance entre agendas llenas.
Pero el deseo no funciona bajo demanda.
La intimidad no es una tarea.
Es algo que dos personas construyen juntas con el tiempo.
Heterofatalismo: por qué tantas mujeres heterosexuales están cansadas de salir con hombres
He dicho “terminé con los hombres” más veces de las que puedo contar.
Y cada vez que lo digo, una mesa llena de mujeres asiente.
Ese sentimiento tiene nombre: heterofatalismo.
El término describe el cansancio, la ironía y la resignación con la que muchas mujeres heterosexuales hablan hoy del dating.
No significa que realmente abandonemos a los hombres. Más bien refleja una cultura de citas que promete igualdad y libertad, pero muchas veces no cumple.
Después de 15 años saliendo con gente, estoy cansada.
No me decepcionó el dating porque no creyera en el amor.
Me decepcionó porque sí creía en él.
Hoy muchas mujeres sienten que el problema no es la falta de opciones, sino la falta de compromiso real.
El resultado es una sucesión de primeras citas mediocres y relaciones indefinidas —situationships— que dejan a muchas preguntándose por qué siempre parecen ser ellas las únicas que intentan sostener algo.
Decir “todos los hombres son basura” no es un rechazo al amor.
Es más bien una forma de rechazar arreglos que se sienten como una mala inversión emocional.
“Igual terminé con los hombres”, digo.
Todas asienten.
Mientras tanto, yo sigo mirando el celular, esperando que ese chico finalmente me escriba.
Este artículo se publicó originalmente en MC Australia.
at redacción Marie Claire
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