Comodidad, exclusividad, colorido, historia y cercanía con la naturaleza. Ciudad de Panamá lo tiene todo. Y lo mezcla sin pedir permiso: despliega rascacielos como “El Tornillo”, el edificio de 52 pisos que gira sobre su propio eje retorciendo la silueta contra el cielo del distrito financiero, mientras a pocas cuadras un perezoso dormita en Amador y un mapache camina por las barandas turquesa que bordean el Pacífico. Un poco más allá, el Casco Antiguo - adonde se trasladó la ciudad en 1673, tras el ataque del pirata Henry Morgan- sigue de pie, con sus balcones de rejas onduladas mirando al mismo mar. El famoso Canal, que conecta dos océanos, traza su corte exacto en el horizonte.
Ofrece, además, postales singulares como la de un buque de treinta metros de manga que entra en la esclusa de Miraflores con apenas un metro de margen a cada lado, para ser elevado por un sistema alimentado de agua dulce del Canal de Panamá y descargar su mercancía de millones de dólares en productos, a minutos del distrito financiero y de la selva que lo rodea. Las locomotoras eléctricas, apodadas “mulas“ lo sostienen y guían milimétricamente mientras se eleva veintiséis metros y se despega del nivel del mar. Para quienes conforman la base operativa del Canal esto es rutina: ocurre cerca de 14 mil veces al año y mueve el 5% del comercio marítimo mundial. Para cualquiera que lo presencie de cerca, es pura tensión contenida, dimensiones que cuesta internalizar y un espectáculo único. La obra de ingeniería partió el istmo en dos y convirtió a Panamá en dueña de una de las llaves del planeta. Alrededor suyo creció una ciudad que no tuvo que elegir entre la selva y la modernidad: los tiene a los dos, en un resultado único en el mundo.
La Bahía de Panamá, humedal de importancia internacional, recibe cada año entre uno y dos millones de aves playeras migratorias de más de 30 especies.
Identidad panameña
Panamá es inexplicable sin su canal. Por eso vale la pena visitar El Museo del Canal Interoceánico, en un edificio colonial que supo ser sede de gobierno: cuenta la fiebre por unir los océanos, las vidas que costó, la soberanía que se jugó y se ganó. De ahí se sale entendiendo la escala real de esa hazaña de ingeniería.
El Casco Antiguo -Patrimonio de la Humanidad- es el otro imán ineludible. Caminando por las callejuelas convive la alta cocina, el lujo y la sofisticación con la historia, las artesanías indígenas y las ferias callejeras. La identidad panameña se asoma en la artesanía de los pueblos emberá y wounaan, que legaron un oficio que hoy se exhibe como arte mayor: el tejido en fibra de chunga, impermeable, de manos casi exclusivamente femeninas, y las tallas en cocobolo que alcanzan estatus de escultura. Mientras el Museo de las Molas exhibe los textiles multicolores de la cultura guna, capas de tela que narran cosmogonía y resistencia. Y hay una dulzura que también es patrimonio: los huevitos de leche envueltos en papelitos de colores, los suspiros de clara de huevo y azúcar, la cocada de coco y miel. Sabores singulares persisten en la memoria mucho después del viaje.
Desde las alturas
Basta mirar su silueta para entender por qué en los círculos financieros e inmobiliarios de la región llaman a Ciudad de Panamá el Dubai de las Américas: la torre del JW Marriott Panama (70 pisos, 284 metros de altura y una fachada curva en forma de vela desplegada) recuerda de inmediato a los hoteles-ícono del Golfo Pérsico, y corona un perfil urbano que no tiene comparación en el resto de Latinoamérica.
Si el día se reparte entre museos, ferias y talleres de cacao, la noche tiene una parada obligada: la cumbre del JW Marriott Panama, que acaba de renovar por completo sus habitaciones -hoy un santuario más conectado con la tecnología que exige el viajero actual- y estrenó, en el piso 66, su gran novedad. Alma, un sky bar donde la coctelería se piensa como ritual íntimo. Signature cocktails de baja graduación, clásicos reinterpretados, spritz luminosos y una colección Zero sin alcohol pero de altísima complejidad conviven en una carta de autor que traduce el ingrediente local (cacao, maíz, mariscos del Pacífico, ají chombo) al lenguaje de la alta coctelería. Al caer la tarde, el sunset desde Alma invita a brindar sin prisa. La cocina acompaña esa ambición: platos como el carpaccio ahumado con cremoso de maíz o los langostinos al ajillo sobre espuma de yuca brillan gracias a una técnica que marida sabores locales con exquisiteces internacionales. El carpaccio, de hecho, es una clase de historia culinaria: nace de la técnica tradicional del interior, donde la carne se cura y se seca al sol, reinterpretada aquí en un corte New York curado una hora con sal especial del chef ejecutivo y ahumado con la misma paciencia. El resultado dialoga, con la cocina chino-panameña en su salsa, un cruce cultural con historia real: la comunidad china llegó en 1854, cuando 705 trabajadores desembarcaron para construir el ferrocarril transístmico.
Negocios con vista al Pacífico
Panamá entiende el turismo mixto mejor que casi ningún otro destino de la región: es, a la vez, hub aéreo de las Américas, plaza financiera y punto de encuentro para convenciones internacionales. Quienes se aventuran a conocerla, se encuentran con plazas de lujo como el JW Marriott que apuestan fuerte a ese viajero híbrido: sus salones de doble altura, con capacidad para 800 personas, celebran convenciones, lanzamientos y eventos sin resignar arquitectura, elegancia y servicio premium. La jornada ideal tiene ese sabor mixto: snorkel a la mañana entre corales del golfo, a 40 minutos en ferry, una recorrida por plantaciones de piña al mediodía, y de noche, un brindis que cierra un negocio en el sky bar, con la ciudad desplegada a los pies.
La capital entiende el turismo mixto mejor que casi ningún otro destino de la región: es, a la vez, hub aéreo de las Américas, plaza financiera y punto de encuentro para convenciones internacionales.
Por su parte, el W responde con lógica propia: nueve salones, casi 1400 metros cuadrados de espacio para eventos, un Great Room para 700 invitados en formato teatro y una terraza con bar en la piscina donde un cóctel cierra un trato. Si el JW construye autoridad, el W construye actitud: negocios con hedonismo, la misma alianza sellada pero con los pies cerca del agua y el sol cayendo sobre el Pacífico. El servicio se dedica a la personalización: cada huésped define, antes de pisar una sala de eventos o el spa, la experiencia que mejor se adapta a lo que busca, del ritual de bienestar a la coctelería. No hay un molde único: hay un huésped, y el hotel diseña para cada quién: el lujo, después del lujo.
Un paisaje para desconectar
A pocos minutos en lancha desde el corazón urbano, el paisaje cambia de códigos por completo. La más cercana es Taboga, la “Isla de las Flores”, a apenas media hora de ferry desde el muelle de Amador: ahí, entre casas de pescadores y callejones sin autos, todavía está en pie la iglesia de San Pedro, construida en 1524 y considerada la segunda más antigua del continente americano. Un poco más lejos, el archipiélago de las Perlas - más de 200 islas dispersas en el golfo, con Contadora como puerta de entrada y la Isla del Rey como la mayor de todas- funciona como santuario donde conviven monos aulladores, capuchinos y perezosos con una biodiversidad que parece no haberse enterado de que la ciudad de rascacielos irrumpe el paisaje. Ahí se hace snorkel entre arrecifes de coral, con el Canal todavía visible en el horizonte. Además, la Bahía de Panamá, humedal de importancia internacional, recibe cada año entre uno y dos millones de aves playeras migratorias de más de 30 especies - hasta un tercio de toda la población mundial del playero occidental pasa, literalmente, por acá-, un fenómeno que no se repite en ningún otro punto de Centroamérica. Ese compromiso ambiental atraviesa también a la hotelería de punta: sostenibilidad como estándar, no como excepción.
at Malen Lesser
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