(Anastasiia Litvinova)
Foto: Anastasiia Litvinova
Foto: Anastasiia Litvinova
Foto: Anastasiia Litvinova
Elena Rose, cantante y compositora venezolana: “El mundo siempre está listo para algo genuino”
Elena Rose es una de las nuevas voces del pop latino y atraviesa un momento clave en su carrera. En esta entrevista, habla de la nostalgia como motor creativo, su transición de compositora a artista y cómo sostiene su identidad en una industria que no deja de acelerarse.
En la previa de su llegada a Buenos Aires, donde se presentará el próximo 7 de mayo en el C Art Media, Elena Rose habla con la calma de quien aprendió a habitar el vértigo sin perderse en él. No es casual. Antes de convertirse en una de las nuevas voces del pop latino, la artista venezolana escribió para otros: construyó hits, afinó sensibilidad, entendió el pulso de una industria que hoy la tiene en primer plano. Pero lo que más resuena en su presente no es la exposición, sino la forma en la que elige atravesarla.
Hay algo muy interesante en ella: incluso en medio del ruido de la industria, su relato sigue sonando íntimo. Como si cada canción, cada respuesta, cada pausa, naciera del mismo lugar. “Lo vivo con mucha gratitud” dice. Y no suena a frase hecha. Habla de su casa, de lo cotidiano como refugio. Hay algo en su manera de contar que desarma cualquier idea de personaje: Elena no parece interesada en construir una versión ideal de sí misma, sino en sostener su humanidad incluso cuando todo alrededor escala.
Ese mismo registro aparece cuando recuerda Caracas en el 2000, una de sus canciones más significativas. Lo que empezó como una idea casi casual (“Lo que yo daría por una vaina así”, apunta) terminó convirtiéndose en un himno para una generación atravesada por la nostalgia. “Fueron mis amigos los que me dijeron que era algo especial”, cuenta. El momento en que entendió que la canción había trascendido llegó después, con el reconocimiento de la industria. Pero el origen sigue siendo el mismo: algo profundamente personal que, sin proponérselo, se volvió colectivo.
Su música nace de una sensibilidad profundamente personal que, sin proponérselo, se vuelve colectiva. Más que dar respuestas, busca generar emoción, conectar con aquello que muchas veces no puede ponerse en palabras.
Quizás ahí esté una de las claves de su vínculo con el público. Sus canciones no buscan explicar, sino hacer sentir. “Me encanta cuando escucho algo que no sé poner en palabras”, dice. Y en esa lógica también escribe: a veces para vaciarse, a veces para jugar, a veces para intentar “la canción más bonita del mundo”, aun sabiendo que ese proceso puede ser exigente y hasta doloroso.
Su recorrido como compositora, trabajando con artistas como Selena Gomez, Becky G, Tini, Jennifer Lopez, o Rauw Alejandro, le dejó una certeza: nadie crece en soledad. “Tienes que rodearte de grandes personas”, resume. Habla de equipos, de maestros, de una red que sostiene incluso cuando las dudas aparecen. En un medio que muchas veces refuerza la idea del talento individual, su mirada pone el foco en lo colectivo.
Capa y vestido (Zimmermann).
Fuera del estudio y de los escenarios, sus anclas son simples: el mar, la naturaleza, su perro Pegaso, el tiempo en casa. Pinta, corta, arma, desarma. “Un atacazo artístico”, define entre risas. También hay rituales más silenciosos: caminar sola, leer, hacer yoga, que aparecen y desaparecen según el momento. Nada parece rígido en su rutina; todo responde a una búsqueda más intuitiva.
Esa misma lógica atraviesa su relación con la moda. Lejos de pensarse como un mandato, la vive como otra forma de expresión. Hay una herencia (la elegancia de su abuela, el ritual de mirar revistas juntas) y también una exploración más libre, donde conviven diseñadores consagrados y talentos emergentes. “Me gusta verme bonita de adentro hacia afuera”, resume. Y en esa frase hay toda una declaración de principios.
Cuando mira hacia atrás, no habla de éxito ni de reconocimiento, sino de decisiones. Su recorrido está atravesado por la elección constante de sí misma, entendiendo que el camino implica renuncias.
En tiempos donde la exposición es constante, Elena Rose también habla de los límites. De aprender a decir, pero también a callar. De entender que no todas las respuestas están afuera. “En el silencio hay muchas cosas”, reconoce. Y aunque siempre fue alguien expresiva, hoy elige con más conciencia cuándo, cómo y con quién compartir lo que le pasa.
Esa sensibilidad se vuelve especialmente clara cuando se refiere a la comunidad LGBTQ+. Ahí aparece también su vínculo con Emma, la artista trans a quien nombra sin dudar como su “hermana”. Desde ese lugar cercano, real, no intenta dar respuestas grandilocuentes ni ubicarse como portavoz, pero sí acompañar, sostener, empujar. Cree en la autenticidad como motor, incluso en contextos hostiles, y en la importancia de ser red para quienes tiene al lado. “El mundo siempre está listo para algo genuino”, dice. No porque sea fácil, sino porque, como demuestra la historia, todo lo que logra mover algo de verdad nace desde ahí.
Vestido de flecos (María Gorof).
Cuando se le pregunta qué le diría a la joven que empezaba a escribir, no habla de éxito ni de reconocimiento. Habla de elección. De entender que el camino también implica renuncias, pero que, aun así, vale la pena. “Estás eligiéndote a ti”, resume. Y quizás esa sea la idea que mejor condensa todo su presente.
Hoy, con una carrera en expansión y un vínculo cada vez más sólido con su público, Elena Rose no parece apurada por llegar a ningún lugar en particular. Sus sueños siguen en movimiento. Prefiere seguir probándose, cambiando, explorando. Habla de cantar en otros idiomas, de abrir nuevas puertas, explorar nuevos sonidos, pero sin esa ansiedad por definir el próximo paso. Tal vez porque entendió algo clave: que no todo tiene que estar claro todo el tiempo. Y que, en medio de una industria que empuja a ir cada vez más rápido, lo verdaderamente difícil (y también lo más valioso) es no perder el eje.
FOTOS: Anastasiia Litvinova.
ESTILISMO: Ash Mateu.
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