(Veronica Gonzalez Castro)
Nuevos modelos de familia en Argentina: cómo cambiaron las formas de amar y criar.
Este concepto está en plena transformación y cada vez se aleja más de responder a una estructura única. La constante es la construcción de un proyecto de vida, el cuidado y la ternura. Un repaso por algunas de las formas del amor.
Si tomáramos una foto del modelo de familia en 1986, casi la mitad de los hogares argentinos respondía a la ecuación mamá, papá e hijos, hoy son menos de un tercio (CIPPEC, 2019). Durante siglos, la familia funcionó como una unidad política, productiva y comercial: se armaba por conveniencia, tierra o herencia, no por amor. Recién en las últimas décadas empezó a pensarse como un espacio de deseo y cuidado emocional. Hay que decir que en 1987 se sancionó la ley de Divorcio Vincular (23.515), que permitió disolver el matrimonio y volver a casarse.
De ahí en más empezaron a multiplicarse las familias ensambladas: hogares donde conviven hijos con distintos orígenes, bajo distintos apellidos. Como Diego, administrativo en un hospital, que tiene una: Mateo, de su primer matrimonio; Lucio, hijo de Gisel, su mujer actual; y Máximo, el que tuvieron juntos. “Tenemos códigos, límites en lo que podemos opinar y lo que no cuando no se trata de nuestro hijo, pero también es bueno que podemos ser más objetivos cuando opinamos y aconsejamos al otro con su propio hijo”, dice él.
No obstante, la metamorfosis de las familias no se debe a un solo fenómeno. Se unen varios movimientos que tienen algo en común: la búsqueda de construir lejos del mandato y cerca del deseo propio. Lo plantea sin rodeos la activista Lala Pasquinelli en Maternidad: ¿deseo o mandato?: buena parte de lo que se asume como instinto materno funciona, en realidad, como mandato social, y en su propia encuesta, siete de cada diez mujeres consultadas admitió arrepentirse en algún sentido de haber sido madres. Eso sí, el corrimiento del esquema clásico no es exclusivo de las mujeres.
“Creo que los hijos no son de uno, son de la vida, uno los trae, los cría y después buscarán sus propias verdades“.
El psicólogo Mauricio Girolamo, terapeuta de parejas, lo extiende también a la paternidad: “ser padre o madre - sostiene- no requiere un vínculo afectivo romántico previo, sino el deseo compartido de dos adultos sanos de criar juntos“. Y entonces, atravesado por diversas transformaciones y certezas que fueron saliendo a la luz, los grupos humanos se animaron a cambiar, a fundar sus vidas basados en otras convicciones, distintas a las que los habían sostenido hasta allí.
Más de un lector habrá oído del caso de figuras públicas que eligieron iniciar un tratamiento para engendrar, o coincidieron en tiempo y deseo con un amigo o amiga para iniciar la aventura de ser padres en conjunto pero por fuera de un vínculo sexoafectivo. Por nombrar algunos, la actriz e influencer Juana Repetto fue madre en 2016 de esa manera, sin tener pareja, con su primer hijo: lo contó públicamente varias veces. Luego formó pareja con un arquitecto, Sebastián Graviotto, con quien luego tuvo dos hijos más. O el actor Guillermo Pfening, que en 2014 fue padre junto a su mejor amiga, Cynthia Pinasco, sin que mediara entre ellos vínculo romántico. “No hace falta un vínculo tan pasional para darle amor a un hijo”, dijo entonces, y agregó que lo que sí hacía falta era “amor, compañerismo y responsabilidad”. También aseguró que le pareció “mucho más sano y lógico” que seguir esperando un ideal pasional para animarse a ser padre. Bautizó su propia experiencia con el nombre que hoy utiliza buena parte de la bibliografía sobre el tema: copaternidad. El fenómeno no es solo argentino: en inglés se lo llama platonic parenting, y crece con aplicaciones dedicadas a conectar socios de crianza sin romance de por medio.
Es evidente que hubo un desplazamiento a la hora de pensar la familia que pasó del mandato al deseo, de cumplir con una expectativa ajena a alcanzar una más singular. Ese cambio tiene, además, historia y marco legal. En 2010, la Argentina fue el primer país de América Latina en sancionar la Ley de Matrimonio Igualitario, y habilitó - de hecho y de derecho - a pensar y a formar concretamente la familia por fuera de la heteronorma. Tampoco la pareja quedó como única unidad de partida: el 1,4% de la población adulta practica o practicó poliamor, contra el 0,6% en 2019 (Encuesta Delfos, 2021) y comenzó a hacerse conocido el término “pareja abierta“. Un estudio realizado en Argentina, México, Colombia y Brasil, encontró que el 52% de los argentinos consultados ya experimentó por fuera del formato de pareja tradicional; el 26% mencionó específicamente las relaciones abiertas (La Nación, 2025). Ese movimiento es el hilo que atraviesa las historias que siguen.
Hay muchas maneras de maternar
La guionista Natalia Torres (Tafí Viejo, En el Barro, El Marginal) no recuerda haber sentido el deseo genuino de ser mamá en términos clásicos. Lo que sí recuerda, con precisión es el momento en el que una frase la alcanzó. Se la dijo una amiga y regresó a sus pensamientos durante meses: “hay muchas maneras de maternar“. Y allí, se coló por una grieta una sensación, una idea, un pensamiento o todo eso junto, por donde empezó a filtrarse otra idea acerca de ello. Así comenzó a darle forma a un deseo nuevo, personal y singularísimo en un inicio. Tenía una necesidad, así la nombra ella, de “ahijar, de cuidar a otro ser, de anidar“. Por su edad, ser madre por la vía biológica iba a requerir tratamientos, y ella no quería eso. Se terminó de decidir al escuchar un diálogo entre un médico y una mujer que estaba en un proceso similar. El profesional le preguntó qué quería: “¿embarazarse y parir, o ser mamá? Si lo que querés es ser mamá, con la adopción tenés el 100% de posibilidades de lograrlo”.
Junto a su compañero de vida, Sebastián, encontró entonces en la adopción algo más parecido a una posibilidad que abría puertas, lejos de lo que socialmente se asocia con una renuncia: era una elección. “Unía la realidad de un niño o niña cuyo derecho a crecer en una familia le fue vulnerado y nuestras ganas de ser familia. Encajaba perfecto”. La espera duró menos de un año. Después llegó Celeste, en brazos de su cuidadora, y con ella el día que “cambió para siempre la vida de los tres“, cuenta detrás de su contagiosa sonrisa Natalia.
Edulcorar el trámite no es posible: hay que escuchar las historias de los chicos y las chicas que esperan, algunos durante años, y hay 9.000 en situación de adoptabilidad en el país, el 75% mayores de 8 años (SENAF, 2024). Tampoco hay, para Natalia, una jerarquía entre maternidades. “Una familia es un nido, un abrazo apretado, un centro vital. Es tu primer lugar de pertenencia. Y al que siempre podés volver porque en realidad nunca te vas, lo llevás con vos”. Y no tiene nada que ver ni con la biología, ni con la sangre, ni con la forma social de lo que debe ser, por supuesto. Pero no niega la diferencia: “la maternidad por adopción no es igual a una maternidad biológica pero eso no significa que es una maternidad menor, es diferente”. Hoy su casa es un caos de juguetes, música y griterío. Y en medio de ese vértigo revoltoso, a Natalia no le importa que Celeste no tenga sus ojos. Le importa que fue “elegida, buscada y es profundamente amada“. Para siempre.
“Ser padre o madre no requiere un vínculo afectivo romántico previo, sino el deseo compartido de dos adultos sanos de criar juntos“.
Familia desde el día uno
Las mediáticas empresarias, influencers y comunicadoras Sofía Elliot y Valentina Godfrid formaron una familia casi al instante de conocerse. “Cuando pasas tantos conflictos o sensaciones de incomprensión en tu familia de origen, y de repente te sentís en sintonía y total seguridad en un vínculo con alguien afuera, no tardas en querer quedarte ahí: el día que la conocí ya era mi familia“, dice Sofía sobre el encuentro con Valentina. Durante unos pocos meses fue solo una amistad, pero pronto se transformó en algo más. “Desde ahí le dije a Valen: yo no soy de esconderme y arrancó todo lo que hasta hoy sigue siendo una familia que no para de crecer“.
Las chicas se conocieron en el 2015, se enamoraron y se casaron en 2017. Con el transcurso de los años apareció el deseo de ser mamás. No obstante no fue sencillo porque Sofi siempre había querido ser madre y Valentina no. En la pandemia, con esa experiencia extrema de cercanía e intimidad al borde de un fenómeno tan enorme, Valentina cambió de idea. Pero ahí su pareja retrocedió. Recién dos años después sintonizaron ese deseo y trajeron al mundo a su pequeño hijo, que ya cumplió 3 años mediante tratamiento y una experiencia inicial con sinsabores porque nació prematuro.
Ambas señalan que la unión consolidada de unos años antes de la llegada del bebé y el hecho de haber desafiado el mandato de la heteronorma desde el inicio, ya las colocaba en una situación de ventaja cuando fueron madres. “La nuestra es una familia construída por fuera del mandato completamente, basada solamente en el deseo, y contra la corriente. Lo digo como algo positivo“, se ríen las dos.
El pequeño fue concebido y parido por Sofi de común acuerdo. Ahora Valentina está iniciando un camino para poner ella el cuerpo esta vez e intentar agrandar la familia de nuevo. “Lo loco es que hasta ese momento en Argentina nadie había salido a mostrar en la vida pública a dos lesbianas casándose, y nosotros decidimos desde el amor y por amor a la comunidad, que teníamos que mostrarlo. Desde el inicio nuestro, casi en vivos semanales en You Tube, contamos citas, cotidianidad, propuestas de matrimonio….un poco para ser referentes, para incitar a otros modelos de amor, y que a nadie le de vergüenza ni sienta el impulso de ocultar lo que siente porque no es lo que se supone que esperan los demás“. Al principio se llamó “Cómo salir del clóset“, porque contábamos como lo habíamos hablado he ido contando a nuestros íntimos. Después- actualmente- se llama “Valen y Sofi“. Trabajamos juntas en eso y en muchos proyectos más, además del proyecto familiar, cuentan.
Casi a dúo opinan: “No necesitás tener hijos ni nada específico para ser familia, nuestro hijo no vino a completar nada, siempre nos sentimos familia“. Valentina define que para ella la familia es tranquilidad, es paz, amor y crecimiento. Sofi agrega que el amor no tiene ni explicación ni condiciones, y que amar a otra persona es hacerlo tal cual es: haya días malos, buenos o más o menos. Las formas, las inventan cada día, pensando en ser más felices, acompañarse más e ir por los deseos que van naciendo de ese amor que las flechó.
Siete de cada diez mujeres consultadas admitió arrepentirse en algún sentido de haber sido madres. Eso sí, el corrimiento del esquema clásico no es exclusivo de las mujeres.
Felices los cuatro
Pablo y Cecilia son pareja hace más de 20 años, y abrieron la relación hace 16 años. Florencia y Sebastián se sumaron después. Todos conviven y Flor ya tenía un hijo biológico cuando decidieron armar una familia. Sin embargo, ellos diferencian el interés sexoafectivo entre ellos de la familia. Puede estar uno sin el otro. “La distinción es porque uno la familia no la forma siempre con su interés sexoafectivo: esta persona es mi pareja y esta persona quiere formar una familia conmigo son dos cosas distintas”, remarca Cecilia. Las tenemos unidas por mandato, pero son dos cuestiones que pueden coincidir o no, aseguran. Es la misma tesis que desarrollan en su propio libro, La revolución sexoafectiva (Ediciones Urano, 2024) de los propios entrevistados, Cecilia Daniela Figlioli y Juan Pablo D’Orto: “la fidelidad, el matrimonio y el amor romántico no son leyes naturales, sino construcciones que cambiaron según las normas y las estructuras de poder de cada época“.
Dedicados a la divulgación del poliamor- y Cecilia a las Ciencias Políticas y al pensamiento científico académico-, los chicos abren foros de discusión e invitan a cuestionar los mandatos actuales para formar familia desde un grupo en donde analizan casos, aconsejan y comparten temas que les van surgiendo con canales en Youtube, instagram y actividades presenciales y a distancia.
Es que el ejercicio de pensarse en el momento en el que ellos comenzaron a cuestionarse su pareja, les dejó muchos aprendizajes que se propusieron compartir.
“Aunque no siempre la tenemos clara“, advierte Pablo. Las problemáticas que aparecen son tan novedosas como estas formas que van cuestionando los modelos rígidos del pasado. “El hijo biológico de Flor que todos cuidamos y amamos ttiene demasiadas miradas sobre él. Entonces necesitamos ir a terapia para hablar de cómo guiarlo, acompañarlo y educarlo porque estaba super consentido, por ejemplo. Al mismo tiempo hay una red de sostén en la que nadie está saturado, agotado y dejando de lado sus proyectos de desarrollo personal para maternar o paternar, hay grupo de whatsapp, organización y planificación para unificar criterios. Hay cuatro personas haciéndose responsables de los cuidados, yendo a los actos del colegio, ocupándose de que esté bien“, señala Cecilia. Pablo, por su parte, refiere que la familia tal como la formaron es un aprendizaje diario, que también discuten y tratan de hacerlo sin que el niño lo perciba para “presentarle a él un frente común. En la monogamia, la competencia está a flor de piel, en cambio en las relaciones abiertas la regla es la cooperación, por eso todo es más fluido“.
Cecilia nunca se había planteado ser madre pero llegó Florencia. Y entonces apareció la pregunta interna a partir de la cual profundizó e indagó. Luego de mucho pensarlo, este año decidieron en conjunto que ella buscara un hijo junto con los dos varones. Y están en el proceso de que ella sea madre biológica. “Es un proyecto compartido, sola no lo haría, sé que implica responsabilidades y cuidados además de todo lo lindo“. Pablo subraya: “Creo que los hijos no son de uno, son de la vida, uno los trae, los cría y después buscarán sus propias verdades“.
Es innegable que las familias son una forma social que cambia a toda velocidad, más allá del análisis académico que las señala como una unidad política, productiva y comercial, lo cierto es que hace ya décadas que esa célula se entiende como un espacio de desarrollo, de libertad, para cuidar emociones, sentimientos y ser felices.
Y así, lejos de moldes estáticos y rígidos, muchos se proponen repensarla lejos de romanticismos, y conceptos como fidelidad, matrimonio o sexualidad y deseo definidos de una vez para siempre, entre otros.
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