Porto (Marie Claire)

Viajes | Hoy 07:02

Porto en 48 horas: qué ver, dónde comer y los lugares que vale la pena descubrir

Entre calles empinadas, fachadas cubiertas de azulejos, gastronomía portuguesa y las históricas bodegas de Vila Nova de Gaia, Porto conserva una manera particular de recorrer una ciudad europea: caminando y sin demasiado apuro. Una guía para descubrirla desde las dos orillas del Duero.

Sofía Alurralde

Porto hace tiempo dejó de ser un secreto. El turismo crece y la ciudad se consolidó como uno de los destinos más buscados de Portugal, pero todavía conserva algo que resulta cada vez más difícil de encontrar en las grandes ciudades europeas: una escala que invita a caminar, detenerse y dejar que el paisaje aparezca de a poco.

Construida sobre las colinas que dominan la desembocadura del río Duero, su historia se extiende por más de dos mil años. Los romanos la llamaron Portus, “puerto”, y su desarrollo estuvo siempre ligado al comercio y al Atlántico. Hoy, ese pasado convive con hoteles contemporáneos, una gastronomía en plena renovación, proyectos culturales y, por supuesto, la tradición del vino de Porto.

 

 

Despertar frente al Duero

Hay una razón para empezar el recorrido del otro lado del río. Ubicado sobre una de las colinas de Vila Nova de Gaia, entre las históricas bodegas de vino de Porto, The Yeatman ofrece una de las perspectivas más impactantes de la ciudad. Desde sus terrazas, el Duero atraviesa el paisaje y, enfrente, el centro histórico se despliega con el puente Luís I como protagonista.

Miembro de Relais & Châteaux, el hotel está concebido alrededor de la cultura del vino. Sus habitaciones y suites tienen terraza o balcón y muchas de ellas están intervenidas con piezas y objetos vinculados con distintos productores portugueses. Más que funcionar como un refugio aislado, el hotel parece diseñado para mirar Porto desde otra perspectiva.

El Wine Spa continúa esa misma idea con tratamientos inspirados en la vid, mientras que sus piscinas panorámicas —una interior y otra exterior— permiten entender la particular geografía de la ciudad casi sin moverse del lugar.

Y si hay una noche para quedarse a cenar en el hotel, probablemente sea en su Restaurante Gastronómico, dirigido por el chef Ricardo Costa y distinguido con dos estrellas Michelin. Su propuesta parte de la cocina portuguesa y sus productos, reinterpretados desde una mirada contemporánea, con el vino ocupando un lugar central en la experiencia.

A eso se suma un detalle difícil de reproducir en otro lugar: ver cómo Porto empieza a iluminarse del otro lado del Duero mientras avanza la cena.

 

 

El Porto que hay que caminar

Desde Gaia, el siguiente movimiento es cruzar hacia el centro histórico. Declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1996, el corazón de Porto se entiende mejor caminándolo: calles empinadas, fachadas revestidas de azulejos, ropa tendida en algunos balcones y escaleras que aparecen cuando menos se esperan.

Una primera parada puede ser la estación de São Bento, cuyo vestíbulo está revestido por alrededor de 20.000 azulejos pintados por Jorge Colaço, con escenas de la historia y la vida portuguesa.

Desde allí, el recorrido continúa hacia la Sé do Porto, la catedral cuyos orígenes se remontan a los siglos XII y XIII y en la que conviven elementos románicos con intervenciones góticas y barrocas.

Después aparece la Iglesia y Torre de los Clérigos, uno de los grandes símbolos de la ciudad. Con casi 76 metros de altura y unos 240 escalones hasta el mirador, la subida exige algo de esfuerzo, pero recompensa con una vista panorámica sobre los techos de Porto y el Duero.

El descenso lleva naturalmente hacia Ribeira, donde la ciudad cambia de escala. Las fachadas de colores, las terrazas y los barcos sobre el río hacen de esta zona una de las imágenes más reconocibles de Porto, pero también un buen lugar para simplemente sentarse y observar.

Para almorzar, Cantina 32, sobre Rua das Flores, propone una cocina portuguesa de espíritu contemporáneo en un ambiente relajado, una pausa que funciona bien en medio del recorrido por el centro.

 

 

La hora clave sobre el Duero

Por la tarde, vale la pena volver hacia el río y cruzar el puente Luís I por su tablero superior. Diseñado por el ingeniero Théophile Seyrig, colaborador de Gustave Eiffel, conecta Porto con Vila Nova de Gaia y ofrece una perspectiva privilegiada de ambas orillas.

No conviene atravesarlo con prisa. El mejor momento llega cuando empieza a bajar el sol, las fachadas de Ribeira toman tonos dorados y las luces comienzan a encenderse junto al agua.

Ya del lado de Gaia, una copa de Porto o un vino blanco en alguna de las terrazas frente al río alcanza para cerrar la tarde. En una ciudad cuya identidad estuvo siempre atravesada por el vino, a veces no hace falta demasiado más.

 

 

WOW: una mirada al nuevo Porto

El segundo día puede comenzar en WOW, World of Wine, el distrito cultural que recuperó antiguas bodegas de Gaia y las transformó en un complejo dedicado al vino, la gastronomía, la historia y distintas expresiones de la cultura portuguesa.

Entre sus espacios se encuentran The Wine Experience, Planet Cork, The Chocolate Story, Pink Palace, Porto Region Across the Ages y The Bridge Collection, además de propuestas vinculadas con la moda portuguesa y el Atkinson Museum, que recibe exposiciones temporarias.

La clave es no intentar verlo todo. Conviene elegir dos o tres experiencias, caminar por el complejo y dejar algo de tiempo para su plaza central, desde donde vuelve a aparecer el Duero como telón de fondo.

Para quienes quieren entender la importancia del vino en Portugal, The Wine Experience funciona como una introducción completa. Planet Cork, en cambio, explica por qué el corcho ocupa un lugar central dentro de la economía y la cultura del país, mientras que The Chocolate Story recorre el universo del cacao y su transformación.

Un último brindis en un lugar histórico

Para terminar el viaje hay pocas escenas más ligadas a la identidad local que las bodegas de Taylor's Port, una casa cuya historia comenzó en 1692 y que forma parte de la tradición que convirtió al vino de Porto en uno de los grandes símbolos de la región.

La visita permite recorrer sus bodegas y acercarse a la historia y elaboración de este vino fortificado. Pero el final más memorable probablemente ocurra afuera.

Con una copa de Tawny o Vintage en el jardín y la silueta de Porto extendida al otro lado del río, la ciudad vuelve a parecer más pequeña, tranquila y cercana.

Porto ya no es aquella ciudad que pocos conocían. Tampoco necesita serlo. Su atractivo está en otra parte: en la posibilidad de recorrerla a pie, cambiar de orilla, mirar el Duero desde arriba y permitir que la ciudad se revele sin seguir necesariamente una lista de imprescindibles.

Quizás esa sea, todavía, su mejor manera de diferenciarse.