(Mila Moura)
Belleza positiva: la nueva tiranía de quererse y aceptarse todo el tiempo
Lo que nació como una revolución para liberar los cuerpos de mandatos opresivos hoy corre el riesgo de convertirse en otra forma de exigencia. Entre el algoritmo, el bienestar convertido en marca personal y la autenticidad rentable, la verdadera rebeldía quizás sea más simple: habitar un cuerpo sin tener que celebrarlo, exhibirlo ni explicarlo.
Lo que nació como una revolución para liberar a los cuerpos de mandatos opresivos hoy corre el riesgo de ser domesticado por el algoritmo digital y el nuevo statement del personal branding. De la militancia offline a la trampa de la ´autenticidad rentable´: el mercado nos exige que nuestra paz sea fotogénica. Mientras, nosotras queremos seguir ejerciendo el derecho a habitar un cuerpo sin rendir examen.
A veces, una palabra o un concepto, repetidos demasiadas veces, empiezan a perder su verdadero significado. Desde hace unos años, esto pasa seguido en la industria de la belleza. Sobre todo, con términos como amor propio, autoaceptación, confianza, bienestar, autenticidad y, últimamente, incluso la ya no tan creíble positividad de la belleza. Criterio que al principio tenía como objetivo reducir la imposición por verse bien y se transformó de a poco en una nueva forma de presión. Más sutil, elegante y, precisamente por eso, más difícil de reconocer. En el templo de este dogma, todo parece bello, pulido, positivo. Quizás demasiado positivo.
Durante años, la industria cosmética impulsó estándares de belleza imposibles. Luego algo cambió. Surgieron términos como autenticidad, positividad corporal y piel real. Por un momento pareció que el mercado se volvía más humano y realista. Sin embargo, hoy esa misma narrativa parece haberse desviado hacia algo distinto. Ya no se nos pide que seamos perfectas; solo llamativas. También equilibradas y audaces, radiantes sin tanta algarabía, tranquilas modo zen y más potenciadas que Julia Garner en Ozark. Todo al mismo tiempo. Ok. Una vez dominada la situación, si todavía no colapsamos, falta encarar el tema belleza. La piel ya no solo tiene que verse bien. Debe irradiar luz. El cuerpo ya no necesita ser delgado o con curvas, también tiene que lucir saludable. La rutina beauty deja de ser solo un buen hábito. Es imprescindible volverse una eminencia del autocuidado. Y así es como, de repente, el bienestar no sólo corre el riesgo de convertirse en otro objetivo estético; sino que nos deja agotadas con solo pensarlo.
El nuevo discurso obliga a desdoblarse: ya no somos simplemente personas que habitamos una piel de la que estamos orgullosas, sino empresas con el deber de gestionar nuestra imagen pública de manera estratégica.
La nueva estética de la felicidad
El problema no es el autocuidado en sí. Todo lo contrario. El asunto empieza a ser preocupante cuando deja de ser espontáneo y se convierte en otro Post-it con la lista de tareas diarias. Rutinas de cuidado de la piel de diez pasos, suplementos interminables, Pilates a las 7 de la mañana, escribir un diario, meditar, tomar matcha. Todo se presenta como equilibrante y beneficioso. Pero ¿estamos realmente seguras de que lo es? A veces, el riesgo es que la cultura de la belleza contemporánea ya no nos dice: ´Cuidá tu cuerpo´, sino más bien: ´mejora constantemente, pero hacelo con placidez´. Y esa presión es mucho más difícil de reconocer porque viene disfrazada de bienestar.
¿Y el derecho a no ser siempre la mejor versión de nosotros mismos? Porque si hay algo agotador es que la cultura de la belleza moderna ya no deje espacio para la neutralidad. `Estás en tu era de brillo, reseteando tu vida, trabajando en vos misma, sanando. Te estás convirtiendo en tu mejor versión´. Pero ¿y si simplemente estamos cansadas? ¿Y si no tenemos ganas de convertir cada gesto en otra forma de superación personal? Ese es precisamente el punto. La belleza debería hacernos sentir mejor, no constantemente optimizadas.
Desde hace un tiempo se habla mucho de la piel real y la aceptación de las imperfecciones: textura, poros, ojeras y manchas. Pero incluso esta idea de realidad empieza a parecer artificial. Las marcas de cosmética descubrieron que el positivismo funciona bien en las redes. Es una forma estética de vulnerabilidad. Y la verdad es que hay días en que la tez luce apagada y gris, otros en que nos sentimos hinchadas, agotadas o abrumadas. Días en que no tenemos ni el tiempo ni la energía para cuidar nuestra piel, tomar dos litros de agua o convertir nuestro malestar en contenido motivador. Y lo que nos pasa en la vida real también debería estar contemplado en el concepto que se tiene de aceptación. Sobre todo, en un momento en el que no dejamos de escuchar que tenemos que construir nuestro propio éxito a partir de nuestra imagen.
Caption
El bienestar no está en venta
Hoy invade las redes una nueva generación de sonrientes seriales, hordas de gurúes del autocuidado, apóstoles del bienestar que nos ayudan a aprender a querernos más. Y la frutilla de la torta: el nuevo concepto estrella con más loop en las redes que las citas de Chanel: la imagen como marca personal. Es justamente en este punto cuando el body positivity comienza a chocar contra la exigencia de sostener un personaje corporativo. Y para colmo, esa pose de seguridad y felicidad absoluta con todas nuestras imperfecciones, que se construye para el afuera, además hay que sostenerla sin francos ni feriados en la vida real. ¿Hoy se notan más las arañitas de las piernas? Ni se nos ocurra quejarnos y a seguir usando la minifaldita porque es parte de nuestra marca registrada, ¿conjuntivitis?, no importa: van las pestañas en azul cobalto como todos los días. Y a sonreír, como le aconseja Marge Simpson a su hija en el episodio “La depresión de Lisa”, que siempre finja una sonrisa porque lo que cuenta es lo que se ve en el exterior.
La realidad es que la positividad corporal empezó con las mejores intenciones. Pero el giro más complejo radica en su evolución histórica. Su tercera ola explotó con fuerza en las redes sociales alrededor de 2012 con el auge de Instagram y los primeros hashtags de diversidad corporal. Sin embargo, sus raíces políticas reales se remontan a fines de 1960 con el Fat Liberation Movement. En los ´70, la activista Judy Freespirit coescribió el Fat Liberation Manifesto para denunciar cómo la industria de las dietas lucraba con la culpa de las mujeres, usando la medicina para patologizar sus cuerpos.
Hoy, muy lejos de ese origen militante, el movimiento que nació para liberar los cuerpos de normas opresivas, corre el riesgo latente de ser atrapado por nuevas lógicas del consumo.
El nuevo discurso obliga a desdoblarse: ya no somos simplemente personas que habitamos una piel de la que estamos orgullosas, sino empresas con el deber de gestionar nuestra imagen pública de manera estratégica. En el ecosistema digital contemporáneo, la autoaceptación ya no se vive como un refugio íntimo, sino como un mandato de exposición, una puesta en escena más calculada que el vestuario de Miranda Priestley.
Amigarnos y mostrar las imperfecciones corporales con orgullo deja de ser una liberación total si lo hacemos por decreto marketinero, transformándose en lo que los sociólogos definen como la mercantilización del amor propio: el uniforme de una autenticidad rentable. Frente a esta presión, cobra un valor enorme el legado de la filósofa Iris Marion Young, quien en su libro On Female Body Experience rescató el disfrute genuino de sentirnos y lucir como se nos antoje. Un acto de soberanía pura: nada menos que ejercer el derecho a cambiar de peinado todos los días si eso es lo que queremos, o aferrarnos a un solo color de labial, aunque no sea el de temporada sin estar aterradas de que nuestra ´marca personal´ se declare en bancarrota.
El algoritmo no es neutral: premia la vulnerabilidad estética porque rinde económicamente. Mostrar la `imperfección´ genera mayor engagement,
El derecho a ser o no ser
“El mercado dice: exhibí tu celulitis, dejá crecer tus canas, vendé tu aceptación. Pero cuando decidimos poner un límite y plantarnos con un: ´hoy no tengo ganas de mostrar mi cicatriz’, ‘hoy descubrí que me cansé del pelo gris, negro o rubio´, le estamos ganando al sistema decidiendo nosotras. Porque la verdadera transformación es el derecho a la intimidad y a cambiar de opinión todas las veces que queramos sin rendirle cuentas a un algoritmo”, asegura la socióloga Jessica Cwynar-Horta, autora del libro The Commodification of the Body Positive Movement on Instagram. Y agrega que la revolución más sensata hoy reside en la soberanía de elegir como lucir cada día.
El positivismo corporal mal digerido por el mercado termina por generar una tiranía psicológica. Al desplazar el foco de la opresión social al plano individual, el mensaje que reciben las mujeres es, incluso, peligroso: ´si te sentís insegura, el problema no es un sistema que te bombardea con ideales arbitrarios, sino tu propia incapacidad para ser resiliente y amarte a vos misma´, nos dicen. “Porque sentirse mal con el propio cuerpo ya no es solo una respuesta natural a una cultura hostil; ahora, además, resulta que es una preocupante falta de voluntad personal”, comenta la socióloga británica Rosalind Gill. En sus investigaciones sobre el trabajo estético, la especialista nos invita a leer entre líneas y detectar mensajes peligrosos envueltos en sahumerio relajante.
“Básicamente, si no estás exultante con tu corporalidad los 365 días del año, la culpa es tuya por no haber meditado de cinco a seis de la mañana. No importa si esa mañana no hay corrector de ojeras que oculte la falta de sueño, hay que correr a buscar a los chicos al colegio, ir a trabajar y todo eso subidas a unos tacos que nos están regalando una ampolla histórica. Todo sea por el mandato exigiéndonos que seamos positivísimas siempre”, agrega la doctora Gill.
Esta sutil domesticación comercial es analizada en profundidad por la socióloga Brooke Erin Duffy en sus estudios sobre las economías de plataformas. Duffy demuestra que el algoritmo no es neutral: premia la vulnerabilidad estética porque rinde económicamente. Mostrar la `imperfección´ genera mayor engagement, lo que significa que el mercado se da el lujo de concedernos el derecho a la diversidad siempre y cuando cotice en la bolsa de los likes. La trampa final de este bienestar de diseño corporativo es que nos dejó más cansadas que antes. La resistencia ya no consiste en exigirle al mercado que deje de juzgarnos, sino en reclamar el derecho a la neutralidad corporal: la libertad de habitar un cuerpo en paz, sin la obligación de tener que celebrarlo ni convertirlo en contenido social las veinticuatro horas del día como si fuera mercancía.
Nuestro propio equilibrio
Sería injusto, sin embargo, demonizar la legítima búsqueda de visibilidad digital. “Construir una identidad en redes no es para todos un acto de frivolidad, sino un recurso de supervivencia y un espacio para explayarse a gusto. En ese sentido, el body positivity original operó como una revolución democratizadora sin precedentes: le arrebató el monopolio de la belleza a las pasarelas tradicionales y permitió que cuerpos históricamente invisibilizados reclamaran su derecho a ser vistos, celebrados y valorados”, comenta la socióloga de la moda Elizabeth Wissinger.
Utilizar las plataformas para mostrar la diversidad es un paso adelante fundamental. El matiz peligroso, advierte Wissinger, no está en la herramienta, sino en la manipulación que se realiza de ella. El riesgo latente es que esa valiosa búsqueda de libertad se deforme bajo la presión del rendimiento corporativo, transformando la autoaceptación en un producto de góndola.
El valor terapéutico de esta corriente se activa cuando dejamos de entender el cuerpo como una imagen para ser exhibida y empezamos a habitarlo como el vehículo de nuestra existencia.
La dosis en la que administramos la autoaceptación pertenece a nuestro patrimonio, no al de la humanidad. Tampoco se trata de reducir el positivismo corporal a su versión algorítmica. Sería injusto con su verdadero potencial transformador. “Existe una contracara vital, un territorio donde el movimiento opera como un auténtico dispositivo de salud mental y reparación colectiva, totalmente divorciado de las métricas del personal branding y es cuando funciona como una liberación”, señala la psicóloga británica Phillippa Diedrichs, experta en imagen corporal.
La pregunta es inevitable. ¿La cultura de la belleza contemporánea realmente nos ayuda a sentirnos mejor o solo nos enseña nuevas formas de actuar mientras aumenta la ansiedad y la sensación de insuficiencia con el body positivity? Porque si cada gesto debe llevarnos hacia una versión más brillante, saludable, tranquila y eficiente de nosotros mismos, incluso el bienestar corre el riesgo de convertirse en una forma de control. La verdadera rebelión consiste en desacelerar y ser. Hoy, el acto más sincero no es tener la rutina perfecta, sino dejar de tratarnos como proyectos interminables de superación personal.
ILUSTRACIÓN: Mila Moura.