Verdad e inteligencia artificial. (Marie Claire)
Fake news e IA. Foto: Marie Claire
Fake news e IA. Foto: Marie Claire
Fake news e inteligencia artificial: por qué ya no sabemos qué es real en redes
Entre imágenes generadas por IA, recortes fuera de contexto y algoritmos que premian la reacción, la verdad compite en desventaja. El desafío ya no es solo detectar una mentira, sino aprender a mirar cómo circula la información antes de compartirla.
Las redes sociales se convirtieron en un verdadero laboratorio de la credibilidad. Abrimos Instagram, X o WhatsApp y ya no sabemos con certeza si estamos frente a una noticia, una opinión, una publicidad, un recorte malicioso, una imagen generada por inteligencia artificial o una escena real presentada como ficción.
Durante mucho tiempo hablamos de fake news como si el problema fuera simplemente la mentira. Pero hoy esa expresión parece quedar chica. El conflicto no está solo en distinguir qué es verdadero y qué es falso, sino también en entender quién recortó una frase, quién editó un video, quién sacó una imagen de contexto, quién eligió ese título y por qué ese contenido llega hasta nosotros justo cuando estamos más dispuestos a reaccionar.
La verdad ya no compite solamente contra la mentira. Compite contra el entretenimiento, la velocidad, la identidad, el algoritmo y el deseo de pertenecer. En la era de la viralidad, la verdad no siempre pierde frente a la falsedad: muchas veces pierde frente a la reacción y al negocio que esa reacción genera.
Cuando la viralidad produce una sensación de verdad
Una de las grandes mutaciones culturales de nuestro tiempo es que la viralidad no reemplaza la verdad de manera directa: hace algo más sofisticado. Produce una sensación de verdad. Si todos lo comentan, lo repostean, se indignan o sospechan, entonces “algo debe haber”. Ese “algo debe haber” es uno de los grandes triunfos del desorden informativo.
En 2017, la investigadora Claire Wardle y el analista Hossein Derakhshan propusieron hablar de “desorden informativo” para ampliar la discusión más allá de las llamadas fake news. La diferencia importa: el problema no es solo si un contenido es falso, sino también cómo circula, quién lo recorta, con qué intención y a qué velocidad se esparce.
En ese ecosistema también aparecen los fads, fenómenos de popularidad intensa y breve que se expanden a gran velocidad. El caso del arquero caboverdiano Vozinha, que pasó de tener una comunidad relativamente pequeña a reunir cerca de 30 millones de seguidores durante el Mundial 2026, muestra cómo una figura puede transformarse en un fenómeno global en pocas semanas. Años antes, el filtro de perro de Snapchat había seguido una lógica parecida: estuvo en todas partes, definió una estética de época y luego perdió centralidad. No todo lo viral es desinformación, pero la velocidad con la que algo se vuelve omnipresente puede hacernos confundir popularidad con relevancia o certeza.
Wardle y Derakhshan distinguen tres formas del desorden informativo. La información errónea puede ser falsa y compartirse sin intención de dañar; la desinformación es falsa y se crea deliberadamente para engañar; y la malinformación puede partir de hechos reales, pero se utiliza fuera de contexto o con el propósito de perjudicar. Una frase verdadera puede mentir si está recortada. Una imagen puede ser auténtica y, aun así, participar de una ficción.
El problema, entonces, no es solo la mentira. Es el contexto, la intención, la edición y la velocidad.
Los algoritmos no verifican: amplifican
Patricia Pomies, directora de empresas, consultora y ex COO de Globant, lo explica desde el corazón del funcionamiento tecnológico: “Los algoritmos no entienden qué es verdad y qué es mentira. Lo que entienden es qué contenido genera más interacción”. La frase ordena la discusión. El algoritmo no funciona como un editor periodístico que se pregunta si una información fue verificada. Se parece más a un megáfono automático: amplifica aquello que más personas están mirando, comentando, compartiendo o discutiendo.
Ahí aparece una paradoja incómoda. Las falsedades suelen estar diseñadas precisamente para sorprender, asustar o indignar. Una noticia equilibrada necesita contexto. Una investigación necesita tiempo. Una verdad compleja suele venir llena de matices. La mentira, en cambio, puede llegar vestida como un spot publicitario: más corta, más emocional, fácil de compartir y con un impacto casi programado.
Un estudio publicado en Science en 2018 por Soroush Vosoughi, Deb Roy y Sinan Aral analizó la circulación de noticias verdaderas y falsas en Twitter entre 2006 y 2017. La conclusión fue contundente: las falsedades se difundían más lejos, más rápido, más profundamente y de manera más amplia que la verdad. Los autores también observaron que la información falsa tendía a parecer más novedosa y a provocar más sorpresa, dos factores capaces de impulsar su circulación. El fenómeno no podía atribuirse solamente a los bots: el comportamiento humano tenía un papel central.
La mentira de la nueva era no busca explicar el mundo: busca activar una reacción.
Cuando la desinformación aprende el idioma de la publicidad
La publicidad tiene mucho que ver con este universo, no porque haya creado la desinformación, sino porque la desinformación aprendió su idioma. Desde hace décadas, la publicidad sabe que no alcanza con decir algo: hay que hacerlo sentir. Sabe que una imagen puede vender una sensación física y emocional, que una frase puede activar un deseo, que la repetición construye familiaridad y que una emoción puede empujar una decisión antes que un argumento.
Antes la publicidad fabricaba deseo. Hoy la viralidad fabrica certezas.
La mentira ya no necesita parecerse a una noticia. Muchas veces se comporta como una campaña: tiene título, impacto, público objetivo, timing, estética y promesa emocional. Incluso se volvió habitual compartir contenidos en los que todavía no creemos o que no entendemos del todo para decir “yo también estoy con esta causa”, “yo también sospecho” o “yo también pertenezco a esta hinchada”. La pregunta de fondo es otra: ¿a qué grupo le estoy hablando cuando lo comparto? Desmentir una falsedad tampoco siempre alcanza porque, muchas veces, ese contenido ya dejó de cumplir una función informativa y empezó a cumplir una función social. Hay relatos que no se sostienen en pruebas, pero aun así conquistan la opinión pública.
Las plataformas lo saben. O, mejor dicho, lo miden.
Cada usuario deja señales que parecen mínimas: el tiempo de visualización, una pausa, una reproducción, un clic, un “me gusta”, un comentario, un guardado o un envío por privado. Esas acciones, casi automáticas, se convierten en datos de comportamiento. Y esos datos se interpretan como interés. Positivo o negativo, pero interés al fin.
Pomies lo resume con una claridad incómoda: la mayoría de las plataformas no están diseñadas para responder “qué es lo más importante que deberías saber hoy”, sino “qué contenido tiene más probabilidades de captar tu atención”. Así, dos personas pueden abrir la misma red social al mismo tiempo y recibir versiones completamente distintas de lo que está pasando. No vivimos simplemente conectados a internet: habitamos una especie de periódico personalizado, editado por nuestros hábitos, nuestros miedos, nuestros deseos y nuestras vulnerabilidades.
El riesgo es evidente: podemos creer que estamos mirando el mundo cuando, en realidad, estamos mirando una versión del mundo diseñada para disparar alguna emoción y lograr que permanezcamos un poco más.
La atención es el verdadero producto
Sería demasiado cómodo pensar que la tecnología es la única responsable. Las plataformas amplifican comportamientos profundamente humanos: reaccionar rápido, buscar confirmación de nuestras creencias, compartir aquello que nos emociona, exhibir una posición moral, indignarnos o sentirnos parte de una conversación colectiva.
La red no inventó la credulidad. La volvió medible, rentable y escalable.
He ahí el corazón del negocio: las fake news no son el producto; la atención es el producto.
El verdadero negocio de las plataformas no depende de que una noticia sea verdadera o falsa, sino de que la miremos, la comentemos, la compartamos y volvamos al día siguiente. Informar puede ser una consecuencia, pero el modelo busca retener nuestra atención. En ese sistema, la emoción suele ganarle terreno a la reflexión porque la reflexión es lenta y la velocidad se retroalimenta con los algoritmos.
En un mundo saturado de información, pensar se volvió casi un acto de resistencia.
Pensar antes de reaccionar
Por eso la educación también tiene que cambiar. Ya no alcanza con enseñar a buscar información: hay que aprender a leer su circulación. De dónde viene una imagen. Quién la publicó primero. Qué fecha tiene. Qué parte fue recortada. Qué emoción intenta activar. Qué estamos sintiendo antes de compartirla. La alfabetización del presente no consiste solo en distinguir una fuente seria de una dudosa. Consiste también en reconocer nuestra propia reacción como parte del problema.
En 2025, la UNESCO impulsó la campaña AI Can Make Mistakes para recordar la importancia de la alfabetización mediática e informacional en tiempos de inteligencia artificial. El mensaje es básico y urgente: las herramientas pueden producir contenido casi infinito, pero el criterio sigue siendo humano.
Tal vez esa sea la gran ventaja competitiva de esta época: no acceder a más contenido, sino desarrollar más criterio.
Pomies lo plantea de manera precisa: “Quizás el gran desafío de nuestro tiempo no sea aprender a usar la tecnología, sino aprender a pensar mejor antes de reaccionar”. La frase podría funcionar como una ética mínima para vivir en redes: antes de compartir, pensar; antes de indignarnos, verificar; antes de creer, mirar el contexto; antes de sumarnos, preguntarnos qué estamos alimentando con nuestra atención.
Podemos discutir qué significa un hecho: interpretar sus alcances, debatirlo y pensar sus consecuencias es parte de vivir en democracia. Lo que no podemos es reemplazar los hechos por el alivio emocional de tener razón. Sería dejar que nuestras ganas hagan el trabajo que debería hacer el criterio.
A veces vivimos como si sentir intensamente fuera lo mismo que saber con certeza. Pero una cosa es sentir algo con fuerza. Otra, muy distinta, es creer que ese sentimiento constituye una verdad.