(Marcelo Dubini)

Foto: Marcelo Dubini

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Lifestyle | Hoy 08:12

Un refugio francés en pleno Retiro: la casa donde el arte lo atraviesa todo

En un edificio de fines del siglo XIX en Retiro, Marcelo Lucini y Ariel Estanga transformaron un antiguo piso familiar en una casa serena, ecléctica y vivida, donde el arte, la memoria y la mezcla conviven con naturalidad.

Es martes, media tarde, y sobre la avenida todo avanza con el pulso impaciente de la ciudad: oficinas, colectivos, turistas, pasos apurados. Pero alcanza cruzar la puerta de este edificio francés a pasos de Plaza San Martín para que el clima cambie por completo. Adentro hay otra cadencia. La luz entra a raudales por los ventanales, el ruido se apaga y la sensación es inesperada para una dirección tan urbana: no la de un departamento en pleno centro, sino la de una casa amplia, silenciosa y a la vez con mucha vida. Es el refugio de Marcelo Lucini y Ariel Estanga, quienes dieron con esta joya hace 14 años, cuando todavía conservaba la lógica de una familia numerosa. Desde entonces la fueron transformando en un espacio propio de impronta ecléctica, donde cada ambiente tiene uso, historia y carácter.

Ariel, Marcelo y Zafiro, su yorkshire, en el living íntimo.

 

Una casa habitada

La planta original, pensada para una familia numerosa, exigía una relectura. Los ambientes estaban compartimentados y respondían a otra época, por lo que debieron adaptarlos: algunos cuartos se unieron, otros cambiaron de función, y así la casa empezó a acomodarse a una vida distinta, más flexible y contemporánea. Con casi 500 m2, podría pensarse como un espacio difícil de habitar en su totalidad. Pero ocurre lo contrario. “Es muy loco, porque la casa es enorme, pero la usamos toda”, cuenta Marcelo. No hay sectores cerrados ni ambientes que queden como fondo de escena: todo tiene un uso, un momento, una razón.

El comedor, muy señorial. La araña era de los propietarios anteriores y fue incluida en la escritura. 

“Esto no es un museo", resume. La dinámica es casi orgánica. Se desayuna en el cuarto principal, se almuerza en el comedor, el living puede convertirse en espacio de entrenamiento o de encuentro según el día. La biblioteca funciona como oficina, otro ambiente se destina a ver películas y la cocina, por la noche, se vuelve punto de reunión. Esa idea de casa viva también define su estilo. Aquí no hay fidelidad a una época ni a una corriente, sino más bien a una sensibilidad. “Podés tener un sillón imperio y atrás un Warhol de los 70, o una lámpara de los años 30 con una mesa de los 50.

El arte es omnipresente en toda la casa. Aquí, una fotografía de Marcos López sobre un mueble heredado. 

No pasa por el estilo sino por la belleza de la pieza”, explican. El resultado es una convivencia natural entre objetos de distintas procedencias y tiempos, donde dialogan lo clásico y lo contemporáneo. Hay, sin embargo, un espacio que concentra algo particular. El comedor con boisserie señorial, una de las marcas más claras de la historia de la casa, mantiene la araña original de la que los dueños anteriores no querían desprenderse. La escena terminó siendo tan decisiva que quedó asentada en la escritura ("si no se queda la araña, no compramos", indicaron Marcelo y Ariel). Hoy ese ambiente no solo conserva su carácter, sino que funciona como imán. “Tiene una envoltura que te hace sentir cuidado”, dice Marcelo, que cuenta que la mayoría de las reuniones terminan sucediendo ahí.

Una forma de mirar

Esa libertad para mezclar, intervenir y volver a armar no es casual. Es la misma forma en la que trabajan desde hace años. Lo que empezó como una inquietud personal de Marcelo (la necesidad de correrse de un camino más estructurado) terminó convirtiéndose en un proyecto que hoy cruza diseño, interiorismo y producción de objetos con una impronta muy definida. “Siempre tuve tres pasiones en la cabeza: ser marchand de arte, tener un hotel y diseñar objetos”, cuenta Marcelo. Durante años, sin embargo, su vida profesional estuvo ligada al mundo financiero, hasta que la crisis de 2001 marcó un punto de inflexión. A partir de ahí empezó a viajar por el país en busca de materiales, técnicas y oficios. Y lo que encontró fue una materia prima rica, diversa y poco explorada en ese momento.

“Lo que hacemos en Airedelsur tiene que tener identidad.”

“En los 90 todo era importado, no mirábamos lo que teníamos acá”, dice. Ese recorrido derivó en las primeras piezas de Airedelsur. Un bolso con muestras, una comida con amigas en Miami, tres locales que quisieron comprar en el momento y una decisión tomada sin tener del todo claro cómo ejecutarla terminaron de definir su segunda vida: “Dije que sí a los pedidos y después vi cómo hacerlo”, recuerda. Cumplió. Y al poco tiempo, llegó un cliente clave: Barneys, en Nueva York. Así empezó un crecimiento que con los años se volvió internacional. La incorporación de Ariel amplió esa mirada.

Una chimenea preside el living y dialoga con molduras, techos altos y rasgos arquitectónicos de fines del siglo XIX. 

Con formación en diseño y un recorrido que incluyó Londres, España y su paso por Zara diseñando calzado, aportó método, velocidad y una escala mayor. “En todos mis trabajos tenía que generar mucho, muchísimas ideas. Ese ritmo lo traje acá”, explica. Más adelante, su experiencia en el equipo de Karl Lagerfeld terminó de consolidar una mirada global que hoy se traduce en cada proyecto. Juntos construyeron un estudio que se mueve sin fórmulas rígidas. Pueden trabajar en un departamento clásico en Recoleta, en una casa contemporánea en Zona Norte o en proyectos para hoteles en ciudades como Londres, Nueva York o Hong Kong.

En la biblioteca conviven tanto libros de diseño como objetos que hablan de la historia de Marcelo y Ariel. 

“Nunca digo que no a algo que me gusta, aunque me dé vértigo”, dice Marcelo. La clave, coinciden, está en avanzar, ajustar en el camino y rodearse del equipo necesario. Esa forma de hacer también se traduce en los objetos. En Airedelsur, cada pieza conserva algo de su origen: materiales nobles, trabajo artesanal, pequeñas variaciones que la vuelven única. “Al principio costaba explicarlo, porque no había dos iguales. Pero ahí está el valor”, dicen. Entre lo local y lo cosmopolita, entre el oficio y el diseño, encontraron un lenguaje propio. El mismo que, de algún modo, también atraviesa su manera de habitar.