Foto: Alexandre Macieira (Riotour - Alexandre Macieira)
Foto: Alexandre Macieira Foto: Alexandre Macieira
Foto: Rafael Catarcione Foto: Riotur - Rafael Catarcione
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Foto: Alexandre Macieira Foto: Riotour - Alexandre Macieira
Foto: Alexandre Macieira Foto: Riotour - Alexandre Macieira
Foto: Prensa Sheraton
Foto: Prensa Sheraton
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Clásicos y nuevos lugares para redescubrir Río de Janeiro
A diez años de los Juegos Olímpicos, la cidade invita a descubrir su cara más renovada. Del Boulevard Olímpico y el Museu do Amanhã a nuevos espacios gastronómicos, hoteles frente al mar y los clásicos de siempre, un recorrido por una ciudad que nunca pierde su encanto.
Volver a Río de Janeiro es siempre es una buena idea. No importa la cantidad de veces que se suba al Corcovado, ni pasado el rato en un bar para tomar la mejor caipirinha mirando el mar, la ciudad se las arregla para mostrar algo nuevo. Están las postales, claro, pero también todo lo que aparece cuando uno se corre un poco del recorrido conocido: un barrio que cambió, un museo, una mesa con una vista inesperada o simplemente la vida en la calle, que acá tiene un ritmo propio.
Esta vez empezamos por una zona que hace algunos años casi no figuraba en los recorridos. El puerto cambió mucho y el Boulevard Olímpico es un buen punto de partida. Se puede caminar sin demasiado plan, con la bahía de un lado y, del otro, antiguos edificios, enormes murales y algunas de las caras más nuevas de la ciudad.
Ahí está el Museu do Amanhã, imposible de ignorar con su arquitectura blanca sobre el agua. En 2026, cuando se cumplen diez años de los Juegos Olímpicos de Río, una de sus exposiciones vuelve sobre aquel acontecimiento y el legado que dejó en la ciudad. Después vale la pena recorrer Praça Mauá y seguir caminando entre los murales del puerto. Es otra manera de conocer Río, lejos de la playa y de sus imágenes más repetidas.
Museo del Mañana. - Foto: Alexandre Macieira.
El Jardín Botánico cambia por completo el ritmo. Apenas se entra, el ruido queda atrás. Están las famosas palmeras imperiales, pero no hace falta obsesionarse con verlo todo. Lo mejor es caminar. Hay senderos rodeados de una vegetación exuberante, lagos, orquídeas y, el Cristo Redentor que aparece entre los árboles. Un buen lugar para tomarse un par de horas sin apuro.
EL MAR DESDE LA VENTANA
Y después está el mar. Porque uno puede proponerse descubrir un Río diferente, pero tarde o temprano termina buscándolo. Esta vez lo tuvimos enfrente incluso al regresar al hotel.
El Sheraton Grand Rio Hotel & Resort está sobre Avenida Niemeyer, muy cerca de Leblon, entre la montaña y el Atlántico y con acceso directo a la playa. Sus 538 habitaciones, entre ellas 61 suites, tienen balcón y vista al océano. Acá no es un detalle: correr las cortinas a la mañana y encontrarse con el mar cambia el comienzo del día. Este hotel no parece urbano. Ayudan el verde, las piscinas frente al océano y, sobre todo, la posibilidad de bajar directamente a la playa. Hay días para salir temprano a recorrer la ciudad y otros en los que desayunar sin mirar demasiado el reloj y quedarse un rato junto al mar también forma parte del viaje.
Sheraton Grand Rio Hotel & Resort.
A la noche ni siquiera hace falta salir para comer bien. En el piso 26 está L’Étoile, con una cocina francesa que suma ingredientes y sabores sudamericanos. En la carta conviven clásicos como la Bouillabaisse, el magret de pato o el filet Rossini con foie gras, con pescados del Atlántico, pulpo a la parrilla y platos más contemporáneos. También hay un menú degustación de siete pasos. Detrás de la propuesta está la experiencia de Jean Paul Bondoux, con más de cuatro décadas de trabajo entre Francia y Sudamérica. Para los argentinos su cocina no resulta desconocida, pero en Río el escenario cambia por completo: se cena frente al océano, con la ciudad iluminada a lo lejos.
Después hay que volver a la calle, y Santa Teresa merece unas horas. Calles que suben y bajan, antiguas casonas, talleres, bares y el bondinho amarillo que todavía atraviesa el barrio. Lo mejor es caminar alrededor del Largo dos Guimarães y acercarse hasta el Parque das Ruínas. Desde ahí aparece otro Río, más urbano, algo caótico y muy diferente al de las playas.
Muy cerca está la Escadaria Selarón, siempre llena de gente y de teléfonos buscando la foto. Desde allí se puede seguir hacia Lapa o Pedra do Sal, un lugar estrechamente ligado a la historia afrobrasileña y a la samba carioca. Si hay una roda de samba, vale la pena quedarse. Música, gente en la calle, algo para tomar y pocas formalidades.
Jean Paul Bondoux.
UNA MESA CON VISTAS
Comer también es parte del recorrido. Una feijoada, un jugo de frutas al paso, algo en la playa y, por qué no, una visita a la histórica Confeitaria Colombo. Pero la ciudad tiene además una escena gastronómica contemporánea que vale la pena conocer.
Xian es un buen ejemplo. Está en lo alto del Bossa Nova Mall, al lado del aeropuerto Santos Dumont, y apenas se llega es difícil no quedarse mirando por los ventanales. La Bahía de Guanabara, el Pan de Azúcar y los aviones que despegan y aterrizan prácticamente enfrente forman parte del almuerzo.
La carta recorre distintos sabores asiáticos, con sushi, dumplings, ostras, pokes y platos como el pad thai de langostinos. Es un lugar para pedir varias platitos y compartir. Si se puede elegir, conviene llegar cuando todavía hay luz: mientras van llegando los platos y algún cóctel, Río empieza a encenderse. Y cuando un avión despega con el Pan de Azúcar detrás, por unos segundos todos dejan de mirar la mesa.
Río cambia permanentemente. Recupera barrios, suma museos, aparecen nuevos restaurantes y siempre queda algún lugar por conocer. Pero hay algo que permanece: esa convivencia bastante particular entre ciudad y playa, sofisticación e informalidad, naturaleza y vida urbana.
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